Migré y Perón, un solo corazón. Acerca de la telenovela como etnografía, en manos de un maestro del género

Por Jorge Pinedo

Entre los carteles de propaganda que pululan a la vera de las rutas uruguayas, aparece uno que reza: “Los derechos de autor son el salario del creador”. No está firmado y se supone que ha de corresponder a la asociación de escritores orientales. La frase es del argentino Alberto Migré (1931- 2006), pronunciada al asumir en 2004 la presidencia de Argentores. Desapercibida función política entre la rotunda popularidad que supo cosechar con sus masivos radioteatros, primero, y telenovelas, después: Rolando Rivas, taxista; Piel naranja; Una voz en el teléfono, entre los últimos.

Reconocido por sus contemporáneos como María Elena Walsh, Manuel Puig, Leonardo Favio y una audiencia de millones pertenecientes a todas las clases sociales; denostado por cursi y sensiblero por cierta intelligentzia, Migré sigue siendo algo más que el “maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país”. Así lo caracteriza el subtítulo de la biografía escrita por Liliana Vila, editora del suplemento Soy del diario Página/12, directora de colecciones literarias, especialista en diversidad sexual, exquisita pluma.

Migré, el libro, acaso otorga un plus al Migré creador de éxitos masivos. Aporta algunas claves en torno a la capacidad de generar “esa ilusión de bondad, torpe y heroica, frente a una avanzada moralista que ya desde los tiempos de Onganía venía designando a la fuerza lo correcto, lo normal, el buen gusto y las buenas costumbres”. Sin desilusionar el más intenso de los cholulismos, la biografía de Viola constituye un relevamiento etnográfico de las construcciones ideológicas de esa entelequia llamada clase media argentina, a la que la historia reciente le ha deparado oscilar entre la pobreza y una breve capacidad de acumulación. También, de la visión que esa clase posee de si misma y de su relación con los restantes sectores de la sociedad.

A tal fin, Liliana Viola ejerce una práctica de la biografía como “la suma de todo lo que no se pudo oír”. Disecciona la ardua faena del Migré investigador, capaz de sumirse en los más variados grupos en pos de sus hábitos, modos de lenguaje, modelos relacionales, sistemas de asociación y parentesco, materia prima de la cual extrae el zumo “y tira la cáscara”. Alguna vetusta escuela antropológica le llamaría “investigación participante”. Conglomerado mayor, que en forma paulatina intercala en sus historias, en condición de pionero. También acontecimientos que son noticia cotidiana, o que pasan —algunos— a formar parte de la Historia. Lo notable es que Migré lo transmite mediante un habla inventada a conciencia, señala Viola, “bien diferenciable del lenguaje hablado”, con lo que construye parlamentos verosímiles “para cada oficio y cada linaje” en una cruzada de “defensa de la palabra”, tan próxima al lenguaje escrito que pone en serias dificultades a los actores responsables en pronunciarlos.

Sin pretender el ejercicio de paradigmas teóricos, Viola descubre un modelo que Migré parece replicar en sus escenas. Es la transmisión que inaugura la televisión argentina, el 17 de octubre de 1951, cuando Perón y Evita se dirigen a las masas congregadas en la avenida 9 de Julio y el General advierte: “Compañeros, como la señora está un poco débil… para no esforzarse demasiado… guarden el más absoluto silencio mientras ella les dirige la palabra”. Ella susurra: “Yo no valgo por lo que hice, yo no valgo por lo que he renunciado; yo no valgo ni por lo que soy ni por lo que tengo. Y tengo una sola cosa que vale, la tengo en mi corazón, me quema el alma…”. Estilo, el de Evita, que secciona las frases “en una cadencia poética y artificial como lo eran muchos parlamentos que Migré le hace decir a sus personajes cuando dan discursos sobre lo que sienten o sobre lo que les ha pasado”. Frases potentes que se amalgaman a la célebre imagen de aquél “abrazo poco convencional: de espaldas, primer plano al rodete perfecto y rubio, la parte más saludable de ese cuerpo frágil que se hunde en la impecable camisa blanca del marido”, recorta Viola. La estética de Migré y la peronista entablan una ida-y-vuelta que les retroalimenta, aún sin que sus respectivos protagonistas alguna vez hayan llegado a saberlo, y así se “recobra una marca pueblo, una cultura propia de los pobres”.

Pesquisa profunda y sistemática, la de Migré el libro acude no sólo a las fuentes tradicionales: cronologías, testimonios directos e indirectos, documentos, referencias primarias y secundarias, en fin, las que las reglas del arte dictan. Se vale de registros y comentarios de la vida cotidiana, palabras al pasar, observaciones de fans y detractores en distintos foros, aún de relatos contradictorios debidamente aclarados. Lejos de explicar, el texto de Viola habilita conclusiones, como cuando destaca otra de las claves de la máquina migreniana: la exageración. Es el caso de la visión de las clases altas, descriptas como grupo que vive en forma desmesurada, “se desmaya, le duele la cabeza y lo soluciona con psicofármacos”. Dispositivo empático que impone la eficacia sobre la verosimilitud, pese a lo disparatado de lo que proclama el recurso. Construye verdad, democratiza un discurso amoroso de clase, lo torna cuestión de Estado: con Rolando Rivas el país se detenía. La estructura dramática Viola la devela a partir de la telenovela Piel naranja, donde observa una relación canónica, donde Naturaleza y Pasión se oponen a las instituciones Iglesia y Familia. O cuando hace extensible la idea al conjunto de la producción, “Migré no ataca las reglas, las hace valer en el mercado de valores contemporáneo. No es un libertino, es un conservador que se adelanta, y no tanto a las ideas de su tiempo, como a lo que su tiempo considera material apto para televisión”. Mutatis mutandis, una suerte de comunidad organizada de la industria catódica. No azarosamente la actriz y cantante Marilina Ross equipara “la fuerza y la pasión” del autor de telenovelas con la del cura Carlos Mugica, asesinado por la Triple A. En la misma dirección, argumenta Liliana Viola, el más célebre de los personajes, Rolando Rivas, encarna “todos los ‘debería’ de los hombres comunes: el orgullo por un oficio que no debió ser despreciado, la nobleza de un barrio que no debió desaparecer, la capacidad de arreglar el país repartida entre los muchachos de la barra. Rolando era todos los que no podían llegar a ser alguien”.

Así como muchas veces el arte no se encuentra dentro de los museos sino en las ferias artesanales de la plaza de enfrente, o la investigación política tampoco reside en la academia sino en el periodismo, la cultura política popular se escabulle dentro de “esa atención desatenta con que se mira televisión”, más allá de las aulas, más acá del zaguán.

FICHA TÉCNICA

MIGRÉ

Liliana Viola

Buenos Aires, 2017

383 págs.
Fuente: elcohetealaluna.com

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