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Una discusión porteña: De cómo la caida de Berlín afectó a Caballito. Eco-Marxistas vs. Facho-consumidores


Fuente:
 palermonline
Sección: palermo porteño
Fecha: 27 de enero 2010


Vecinos Agrupados de Caballito

Eco-Marxistas vs. Facho-consumidores...esa no debe ser la discusión!

Nos dirigimos a Uds. con relación a v/columna del 18-01-2010 de autoria del Sr. H. Nuñez Castro titulado "De cómo la caída del muro de Berlín afecto Caballito", donde se han incluido imágenes de nuestra agrupación vecinal y por añadidura se nos incluye en conceptos tergiversados sobre nuestra actividad, queremos expresar nuestra preocupación por el ensañamiento hacia la participación vecinal, y mas aún, que desde un medio barrial no se propicien vínculos de acercamiento entre los vecinos, los legisladores y los funcionarios, a fin de encarar las soluciones de manera integral.

Entendemos que rotular "Eco-marxistas" a quienes defienden una mejor calidad de vida para patrocinar enfrentamientos de posturas en contra de aquellos inducidos por el consumo y otros amenities, que a modo de ejemplo bien podrían llamarse "Facho-consumidores", no generará mayor interés sobre el tema, en cambio aunar elementos como Urbanismo y Ecología, no sería excluyente y redundaría en mayores beneficios a toda la comuna 6, que de eso se trata.

Asimismo, recordamos que desde Vecinos Agrupados de Caballito sin apoyos económicos, respaldamos la protección del Patrimonio arquitectónico, Cultural y Natural desde el barrio de Caballito, hacia toda la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Hacemos votos para concretar caminos de encuentro y como sociedad, augurar dejar de lado las divisiones.

Atentamente.

Prensa.

Vecinos Agrupados de Caballito.

vecinosagrupadosdeCaballito@ gmail.com

(Palermonline Noticias del Barrio de Palermo 27 de enero de 2010)

Nota de la Redacción:
Aquí publicamos un texto de un anticomunista porteño de caballito.

 

DE CÓMO LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN AFECTÓ A CABALLITO

En 1989 caía el Muro de Berlín. Este fue uno de los hechos más importantes del Siglo XX.
Fue el principio del fin de una etapa del mundo, signada por el miedo a un conflicto nuclear, la exportación de «revoluciones socialistas» y las fugas de ciudadanos del bloque oriental, no equiparadas jamás por similares actitudes de los del bloque occidental. Lo cual deja flotando la incógnita de: si las agencias de turismo comunistas eran superiores a las capitalistas.

Fue, también, el comienzo del fin de una utopía.

Utopía que resultó ser extremadamente gravosa para algunos millones de ciudadanos que sufrieron el régimen comunista. Basta con preguntarle a un húngaro, a un croata o a un checoeslovaco, que opinan del antiguo sistema. Aunque no se entienda húngaro, croata o checo, va a comprenderse que el apelativo HDP es universal.

A poco menos de dos años del derrumbe físico del Muro, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dejaba atrás un régimen político desgastado, resquebrajado y con mal olor. Más de 74 años de comunismo habían transformado a esa nación y a sus repúblicas esclavas en una mala caricatura del proyecto económico de Marx, en verdad en una pésima imagen de un país desarrollado.

Tras el derrumbe del Muro de Berlín, que demostró fehacientemente las siniestras consecuencias del comunismo, las elites de la inteligentzia de izquierda, fuertemente marxistizadas, pasaron de pregonar las bondades del totalitarismo comunista, a revolver entre los cascotes del muro. Buscaban alguna idea residual con la que seguir manteniendo su hegemonía moral, o al menos justificar sus ambiciones políticas. Ocurre que, irse a vivir al Museo del Comunismo en Cuba, resultaba en cierta pérdida de beneficios que tiene la decadente sociedad capitalista. Es que lo de ellos es un apostolado (con perdón de la opiante palabra).

Así, pasado un corto tiempo, descubrieron un eufemismo disimulante ante un mercado poco dispuesto a comprar comunismo, el apelativo: progresista.
También rescataron de entre los escombros un aceptable salvavidas del cual aferrarse: Ernst Bloch, uno de los pocos marxistas que superan la concepción utilitarista de la naturaleza. Allí, en las ruinas del Muro, nace el ecomarxismo.
Sin embargo, aunque el autodenominarse «progresistas», no les demandó ningún esfuerzo intelectual excesivo, y fue comprado por las nuevas generaciones; el flamante pilar ideológico del ecologismo, les requirió abjurar de ciertas verdades ex catedra de su «pope» ideológico: Karl Marx.

Marx entendía la naturaleza exclusivamente como un recurso a explotar. Tanto para Marx como para Engels, el dominio de la naturaleza era un prerrequisito para la emancipación de la clase obrera. El medio ambiente quedaría reducido a su acepción de recurso (materia prima) para la producción de objetos, y así crear límites supuestamente apoyados por la ciencia para aplicar una agenda política.

Una vez más el sempiterno capitalismo es el culpable de la degradación del medio ambiente, los cambios climáticos, la pobreza de los indios wichi, y un largo etc. El nuevo enemigo será el progreso a partir del capital privado. Las nuevas víctimas a salvar: serán los restos de los pueblos originarios, los aborígenes de Tasmania y algunas especies de animales en extinción, entre algunos otros más.
Demás está decir que los grupos existentes de los «pueblos originarios» y los aborígenes de Tasmania, se sentirían más a gusto con un trabajo en blanco en una multinacional, una casa de material con aire acondicionado, y una 4 x 4 en la puerta de la misma (¡hay que vivir en el Chaco o en Tasmania!). A cambio sólo reciben unas monedas por dejarse fotografiar para formar parte de la iconografía de los luchadores ecologistas de turno, quienes no se hacen cargo de su miseria. Ningún publicista engorda a su modelo estrella, con tres kilos de bombas de crema diarias.
Los animales en vías de extinción no fueron consultados, pero no parecen demasiado preocupados por adelantárseles a los seres humanos un par de años, en dejar definitivamente la vida sobre el planeta.
El discurso contradice la propia historia del comunismo, cuando fue gobierno.
Para demostrar esto cabe recordar que durante la glasnot, y con la apertura de Rusia hacia occidente, se pudo conocer que, no sólo en los países capitalistas se destruía el medio ambiente y se abusaba de los recursos naturales, también en la U.R.S.S. y en los países de la Europa del Este, se habían generado los mismos problemas, y aun mayores que en Occidente.
Se puede recorrer la tundra aunque no toda, debido a las numerosas zonas «calientes» que dejaron las pruebas atómicas, o visitar el Atlántico Norte, ahí nomás de Noruega, donde un par de submarinos soviéticos, en una clara muestra de superioridad tecnológica, yacen hundidos con sus reactores todavía «vivos».

Alcanza con preguntarles a los habitantes de la región de Chernobil. Al menos los países capitalistas no cuentan entre sus numerosas máculas, con un caso similar.

Todo lo dicho, es una muestra cabal de la preocupación por el medio ambiente por parte del marxismo.

A 21 años de la estruendosa caída del Muro de Berlín, que se llevó puesto al «paraíso socialista», tenemos hoy entre nosotros a los mismos perdedores de siempre pero agiornados en ecologistas, y queriendo demostrar a diestra y siniestra (mejor a siniestra) que, a Karl Marx le faltó «un poquito así» para fundar Green Peace, luchar por la supervivencia del oso panda, o jugarse bienes y honores por la ballena austral.

Pero, dejemos tan altos análisis filosófico-políticos, y vamos al pedestre barrio de Caballito.

Hace casi 189 años que éste lugar era un paraíso ecológico. En verdad el paraíso se extendía hasta la actual avenida 9 de Julio, donde empezaba un caserío con el pomposo autotítulo de «ciudad»: Buenos Aires.
Los pumas, los yaguaretés y los ñandúes, ya se habían alejado hacía algo más de un siglo (se ve que no estaban dispuestos a socializar con los españoles); la inmensa, vacía y ecológica pampa circundante se extendía sin fronteras.
Pero con ese afán de aumentar la plusvalía, que tenía la generación del ’80, en 1857 llegó el ferrocarril. Poco pudieron explotar a los obreros, ya que el pasaje era muy caro. No llevaba, pues, aquél Camino de Fierro del Oeste, a las masas proletarias hasta las humeantes fábricas (no existían ni las unas, ni las otras). Más bien transportaba a perfumadas señoritas con sombrillas y a atildados señores, con ganas de pispear algún tobillo y con galera; hasta las exóticas tierras de La Floresta. Todos en franco tren de paseo. Todos de la alta sociedad porteña.
Pasaron los años y, de aquellas verdes planicies, quedaron tan sólo algunas quintas. Lo demás: loteado.

Luego, con ese afán de no mojarse los pies que tienen los seres humanos calzados, y ante la renuencia de algunos inmigrantes (sobre todo italianos) de montar a caballo; se adoquinaron las calles y vino el tranvía.
Para imitar a los arquetipos imperiales británicos, llegó el subte. Lo cual dio prestigio a una creciente población de empleados administrativos, bancarios y de los otros. Esa inevitable burguesía que se transformó en la fauna autóctona del barrio.
Más tarde, a pesar de sus tradiciones anarquistas, traídas en el fondo de sus baúles; aquellos inmigrantes compraron los lotes y construyeron esa casas romanas cortadas al medio, que en estas tierras cárnicas llamaron «casas chorizo».
Olvidados de su folklórica hambre europea. Bajo un techo propio, sobre su tierra de 8,66 x 25,00 metros. Con algún hijo en una facultad gratuita, y a punto de ser «doctor»; se dedicaron al anarquismo en charlas de sobremesa, mientras digerían los «tres platos, postre y café» (imposibles en Europa). Así di Giovanni o Durruti, volvieron al fondo de los baúles.
Es muy probable que, los tanos, los turcos, los judíos y los gallegos; parados a la puerta de sus casas «chorizo», en una calle cualquiera de Caballito; se dijeran a si mismos: ¡Sí que progresaste! Eso era el progreso.
Luego, las casitas bajas se cotizaron, y les dieron lugar a los edificios altos. Otros vecinos, más recientes, también querían disfrutar del progreso de Caballito.

Así el tano, el turco, el judío y el gallego; vendieron. Se compraron una casa más moderna, y con el sobrante ayudaron al hijo a tener la suya, o se aseguraron las vacaciones con un departamentito en Mar del Plata. Eso también fue progreso.

Pero, cayó el Muro…

Entonces el barrio vio aparecer a las «Pasionarias» del siglo XXI. Los luchadores esclarecidos que venden un saldo de inundación, como un tesoro único y apetecido: los ecomarxistas.
Se agrupan en asociaciones mini vecinales (mini porque no tienen más de diez vecinos). Tienen un componente totalitario decisivo. De ahí que, en lugar de elegir para sus campañas eslógans en clave positiva, como: «¡Decile sí a los árboles, chabón!», «¡Defendamos al sapo de zanja!», o «¡Ama la naturaleza, carajo!; prefieran otros mensajes más contundentes y siempre negativos, como: «¡No a los edificios altos!», «¡No al Shopping!», «¡No a la sombra!», «¡No al asfalto, pongan los adoquines!» (aunque todos los adoquines están debajo del asfalto, ya que no había suspensión que los aguantara), «¡No al gris!», y variados otros «noes».

Y ¡guay! De los que piensen diferente. El escarnio, la diatriba, la difamación, la mofa y, (si se pudiera) un tiro en la nuca a la «cheka»; los espera ante el menor disenso.

Es que a pesar de travestirse de verde como un druida celta, siguen vistiendo, debajo del traje de ecologistas, el capote gris con vivos rojos de la KGV.

Entonces nos tienen hasta el moño con cuentitos de terror para que comamos la sopa. Esa sopa tan soviética, tan de remolacha y leche agria, que sólo le puede gustar a un mujik hambreado por los burócratas. Eso sí, cuando al mujik le pusieron Mc Donalds en Rostov, tiró la sopa a la… pileta del baño.

Cuentos tales como que la mitad del agua potable está contaminada y que como en el futuro va a estar contaminada el 90% van a venir a llevarse el agua del acuífero guaraní.
Un disparate tal que oculta que el precio de una tonelada de agua de mar potabilizada cuesta 50 centavos de dólar. Y si se llevan el agua del acuífero hacia el hemisferio norte, cada carga de 100.000 toneladas costaría 2 millones de dólares. ¡Cuando por sólo 50.000 dólares se puede obtener esa agua directamente del mar!

También hacen política a través de la plantación de zapallitos, achicoria, o el más «viajero» ajenjo. Todo ello en el medio de la extensamente asfaltada ciudad de Buenos Aires. El cuento es, en estos casos: «Produzcamos nuestros propios alimentos, no le demos ganancia a las multinacionales». Posiblemente lo de multinacionales se deba a que los paisanos de Evo Morales, son los quinteros proveedores de verduras y hortalizas.

Ni por asomo dejan esta contaminada y contaminante ciudad, para ir a enseñarles a plantar rabanitos a los wichis, por así decirlo. Será porque no es lo mismo plantar pepinos en 130 metros cuadrados, mientras se alucina un buen reggae, que agachar el lomo en cuatro o cinco hectáreas, para alimentar a unas doscientas personas; que ni siquiera conocen a Marx.

Pero el caballito de batalla es el recalentamiento global. Allí si que los ecomarxistas se ponen intransigentes, duros e histéricos.
El fenómeno climático es provocado por el capitalismo, los EE.UU, el ratón Mickey, y sin duda el último proceso militar.

Entre 1965 y 1990, en cambio, sí que se apreció un cierto incremento de las temperaturas mínimas en Europa y Siberia, pero entonces la izquierda estaba ocupada en buscar la playa debajo de los adoquines, leer el libro rojo de Mao, hacer la revolución sexual, protestar contra la guerra de Viet Nam, y exportar la guerra revolucionaria a Angola, Argentina y Bolivia; con lo que la tragedia climática le pasó desapercibida. En verdad quedó opacada por la desaparición del «Che».

Y así, andan sueltos por Caballito. Cortando un carril de Rivadavia (¡es lo que hay!), en busca del orticón o del micrófono más cercano; y repitiendo el ¡No!

No a las construcciones en altura, no al Shopping, no, no, no…
Y el eslogan preferido, por duro y combativo. Casi con la contundencia del puño izquierdo en alto, frente al Palacio de Invierno en San Petersburgo: ¡Caballito no se vende!

Bien, en primer lugar es necesario desbrozar si la oración se ha de entender en sentido reflexivo o imperativo. Dado que Caballito no existe como sujeto jurídico, difícilmente puede venderse a sí mismo, así que tendremos que entender el eslogan como una orden tajante a todos los propietarios de bienes raíces, para que eviten hacer uso de su derecho de propiedad sin el visto bueno de estos supremos vigías de la ortodoxia ecomarxista.

Los esclarecidos nos advierten, a los vecinos, que en los últimos años se han construido desmesuradas torres en Caballito y que ahora, en el colmo de la brutalidad capitalista, quieren construir un Shopping, en un baldío lleno de ratas de toda especie.
Cualquier persona sensata encontraría en ese aserto un motivo de satisfacción, por lo que supone para el desarrollo y el bienestar de los caballitenses. En cambio, para la cosmovisión ecomarxista, se trata del efecto nocivo de un modelo económico inaceptable, no por el daño medioambiental, dado que Caballito ya está urbanizado desde hace casi un siglo, y la única fauna autóctona que queda son los hinchas de Ferro; sino porque hay gente que está haciendo mucho dinero y ese es el mayor pecado para una mentalidad marxista, que tiene su razón de ser en la envidia igualitaria.
Por lo tanto, el ¡No! Puede dejar en baldío lo que es baldío y en ratas lo que son ratas. Usted, vecino: ¡a joderse!

Porque mejor no dejar hacer y, si se detecta alguna sobrecarga en la infraestructura de servicios existentes, que se presente un estudio ambiental, si se construye contra la ley, al juzgado caiga quien caiga. Mientras tanto, dejen a los ciudadanos hacer uso de su propiedad libremente, como si estuviéramos en un Estado de Derecho. Pero en su elevada concepción no pueden tomar en cuenta esas nimiedades como son los intereses individuales.

Si se les explica que el 72% de los vecinos aledaños al futuro centro comercial, apoyan su construcción, contestarán sintiéndose Vladimir Illich iluminado bajo la blanca nieve moscovita: : «No nos importa lo que opinen los vecinos. Nosotros apuntamos más alto, nuestros objetivos están más allá de los vecinos».

Es probable que, en Caballito, algunos se hallan olvidado que en 1989 cayó el Muro de Berlín. Por suerte muchos otros, no.

Héctor Núñez Castro

- Fecha de publicación: 18 Jan 2010
- Publicado por: horizontecaballito

 

DE LA REDACCION DE PALERMONLINE

Es probable que, en Caballito, algunos se hallan olvidado que en el 2001 Argentina y en 2009 cayó el la burbuja capitalista mundial dejando un tendal, ma que, millones de desocupados. Por suerte muchos otros, no.

> Comente esta nota

chiche 27 de enero de 2010 11:54
a Hector Nuñez Castro que lea bien los textos de historia y comience a reflexionar sobre los hechos reales de esa historia que critica, que no escriba gratiutamente pavadas en un diario digital por puro amiguismo,Palermonline te ha llevado muchos años instalarte cuida tu capital barrial

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