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Libro de relatos de Rolando Martiñá. La paciente impaciente, inspirado por 30 años de experiencia psicoterapéutica. Será el 1/7 a las 19.30 en La boutique del libro, Thames 1762.


Fuente:
 palermonline
Sección: Palermo rolando
Fecha: 16 de junio 2009

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A cada forma literaria, los lectores le exigimos una entrega particular. Al cuento le pedimos que sintetice una situación, una idea, una vivencia que nos ponga en contacto con alguna célula íntima, real o fantástica, de la experiencia humana. Los vein tiún relatos que Rolando Martiñá nos ofrece en esta obra, son una muestra generosa de esas células vivas.

Desde la Introducción, el autor nos invita a seguir un derrotero poblado de experiencias personales. Habiendo sido convocados  a compartir las vivencias de un terapeuta a lo largo de su labor cotidiana, lo observamos desde el comienzo en los afanes que prodiga a sus pacientes, las ansiedades y preocupaciones que el trabajo le genera y la multiplicación reflexiva que esa tarea promueve en él. Todo ello está condensado en "Alta", y será uno de los ejes que sostendrán la unidad de la obra. Pero cada cuento, cada célula, tiene lo suyo. Sin embargo, "Alta" lleva la marca del optimismo, de la labor realizada. Es la epifanía del libro.

A medida que progresamos en la lectura, notamos una marcada coherencia, que está dada más por el espíritu que alienta a cada cuento, que por el escenario de lo que ocurre en la psicoterapia. Ese espíritu emana de la vocación para indagar en la mente y en los meandros de la existencia (alguna vez , el mentor del autor, fue A. Camus.), donde se nutre la sustancia de los relatos. No hay sorpresa, entonces, en la confesión de Rolando de que su inspiración en los 90´ ha sido ese maestro de la filosofía de la calle y el café, que fue Roberto Fontanarrosa. Ese maestro que seguramente hubiera disfrutado como propio, "El origen de la demanda".

Los personajes son definitivamente seres que encontramos en nuestro diario vivir, como en "Parejas2" o "Antesala", aunque, con una asombrosa naturalidad, se deslizan a la metafísica, como en "Cura de almas", donde leemos que "la verdad, lo que se dice la verdad, es casi imposible de descubrir."

Seguimos avanzando, y se hace evidente que el autor se presenta ante nosotros mucho más que como un terapeuta. En realidad, el dispositivo de la psicoterapia, le brinda la posibilidad de abrirse como persona. En diversos esbozos autobiográficos, lo identificamos en historias acuñadas en patios de inmigrantes ("Migraciones"), jugando a la pelota ("Futbol"), recorriendo etapas vitales ("Primer dolor"), dejándonos saber su amor por los libros y el gusto por las palabras. Esto último no necesita ninguna ilustración, porque está presente en toda la obra. Tanto como el resabio de una honda ternura.

La palabra es el tema central de este libro de cuentos. En ella radica la fuerza del ser humano, para decir, y también para ocultar. Hay quienes no paran de hablar, como en "Tapsi", y hay quienes callan como en "Isa" o en "Entrenamiento". Y las pasiones están detrás de estas historias o anudadas a ellas. Amor, esperanza, tragedia, la unidad de la obra estalla al mismo tiempo en múltiples rostros y circunstancias. Claro que el amor prevalece. Ocupa un lugar central, necesario, difícil, esquivo, misterioso.

Bien vale afirmar que Rolando Martiñá se nos presenta como un romántico. No sólo por la exaltación de lo amoroso, sino por esa recurrencia a lo onírico. Muchas historias transcurren y progresan en la penumbra de la vigilia, en las profundidades del sueño, y en las sombras que acompañan el despertar.

Algo más atraviesa los cuentos: el humor. El terapeuta nos habla de su trabajo y dice que recurre a él en su labor cotidiana. Pero al leer su obra, uno adivina, sin mucho esfuerzo, que el sentido del humor está presente en la vida del autor, más allá del uso que haga de él en el consultorio.

Dos notas para cerrar esta presentación: podemos también descubrir en estos relatos una intención educativa, un ánimo pedagógico, en un guión con otro origen pero tan importante como el terapéutico. Y que el gusto por lo literario y las frecuentes referencias a los maestros de la literatura son un testimonio elocuente de que para Rolando los libros son un imprescindible alimento cotidiano. Todos quienes compartimos con él esta pasión, nos sentiremos intensamente convocados desde estas páginas.

Dr. Héctor Fernández  Álvarez


(Palermonline Noticias del Barrio de Palermo 16 de junio de 2009)

Libro de relatos La paciente impaciente , ed. DelNuevoExtremo, inspirado por 30 años de experiencia psicoterapéutica. Será el 1/7 a las 19.30 en "La boutique del libro", Thames 1762.

EL ORIGEN DE LA DEMANDA

In memoriam, "Negro".

"La verdad? Yo creo que decidí consultar al psicólogo porque le falló el diagnóstico al Cachilo. El Cachilo es un habitué del famoso café de Palermo "La Y griega", nombre que algunos parroquianos atribuyen a cierto predominio étnico en la zona y otros a que "la y griega es la última antes del final"... Esto, entre otras cosas, hizo que en el café se formaran desde hace mucho dos bandos, denominados por algunos neutrales - entre los que me encuentro, o quizá debería decir mejor me encontraba - "los troesmas" y "los del verso".

"Los troesmas" y "los del verso" no son sólo dos barras como las que suelen formarse en los barrios. Son dos formas de vida. Dos modos de ver, de sentir, de pensar y de actuar.

Ante cualquier tema o situación, aparecen las diferencias. Por ejemplo, cuando la gran inundación del 85, "los troesmas" esgrimieron sus razones - nunca mejor llamadas así - con gran solvencia: el arroyo Maldonado, la falta de dragado del río en la salida del gran tubo; la falta de mantenimiento crónica, etc. etc. "Los del verso", en cambio, se limitaron a ver llover. Y a declarar, de vez en cuando, a falta de mejor tema y bajo la influencia discepoliana del lugar: "y bueno, este quilombo también empezó con un diluvio..."

En ambos grupos había hinchas de diferentes equipos mezclados, lo que complicaba un poco las cosas, sobre todo los lunes. Luego, el "efecto fútbol" se iba atenuando, y llegaba a su punto más flojo el miércoles, que por esa razón era uno de los días de mayor producción de los grupos en sus áreas específicas. La presión comenzaba a subir hacia el viernes por la noche y ya el sábado y el domingo la gente estaba reagrupada según la camiseta, que como se sabe, es una de las pocas cosas en la vida que no se negocian ni se cambian: uno puede cambiar de nacionalidad y hasta de sexo, pero a la pregunta "de qué cuadro sos?" responde siempre lo mismo , de la cuna a la tumba. Por lo menos, si es varón...

Siempre me resultó difícil de entender pero muy atractiva esta dinámica interna del café. Este juego de afinidades y rechazos, de semejanzas y diferencias, que de un modo natural, sin que mediara acuerdo o norma explícita alguna, funcionaba así desde hacía por lo menos quince años. Los que eran capaces de sesudas argumentaciones racionales en otros temas, se manifestaban, de pronto, como dicen que dijo un filósofo, "humanos, demasiado humanos". Y ponían al desnudo, no su irracionalidad - que en verdad, no lo era , salvo que llamemos así a casi todo pensamiento, lo que es claramente un despropósito -   sino su inagotable ingenio para justificar lo que su adhesión previa ya había decidido para siempre.

Había, sin embargo, algo en lo que coincidían todos: la forma de la "y griega" - como casi todo en la vida - aludía a la sexualidad. Claro que aún ahí se manifestaba una sutil pero profunda diferencia de interpretación: para "los troesmas", la letra era un diseño sintético de la zona centralmente erótica de una mujer. Para los otros, en cambio, era la representación de una copa... "la copa del alcohol hasta el final..." Que puede incluir "su bata de percal", y "el gusto a miel del corazón", pero que sin duda no es lo mismo que hablar de mera anatomía...

  Yo, tímido y callado, formé parte durante mucho tiempo del grupo de los neutrales; quizá, realmente, de puro indeciso, ya que de a ratos me sentía francamente seducido por las límpidas argumentaciones de unos y de a ratos me dejaba llevar por las etéreas e impredecibles figuras de los otros. Oscilaba entre disfrutar plena y públicamente de las sedantes explicaciones de" los troesmas" o internarme en los inquietantes vericuetos de los cultores del misterio y la fatalidad.

Neutral por apatía; irresoluto por avaricia o, simplemente, convencido de las bondades de una posición que me permitiera disfrutar en paz de todo el juego, había sin embargo un subgrupo de los neutrales al que estaba seguro de no querer pertenecer: el de los "groseros". Ellos - que ahora, al relatarlo, me doy cuenta de que eran mayoría - me resultaban francamente despreciables. Eran incapaces de seducir. Podían escandalizar ( y a menudo lo hacían), podían ser gritones, guarangos, burlones, obvios...Podían hasta resultar unánimemente graciosos, alguna vez, en la expresión de un resentido sarcasmo hacia los "ilustrados". Pero no podían seducir. Muchas veces, después, me pregunté por qué perduraban . Ahora pienso que quizá, para recordarnos, cada tanto, quiénes éramos: chicos comunes, de barrio, con ganas de putear, de referirnos obscenamente a las cosas de la vida para escandalizar a los adultos. Porque - ahora lo sé - aunque "es lo único en la vida que se pareció a la vieja", el lugar siempre funcionó, más que nada, para escapar de las "viejas", ya fuera en su versión madre o en su versión esposa ... Era cambiar "una vieja por otra"? Era - como me dijo el primer psicólogo que consulté y al que abandoné sigilosamente mientras dormía, deseoso de encontrar "en esa tarde gris" alguien con quién hablar - "un ámbito homosexual sublimado"? No lo supe, no lo sé, ni quiero saberlo... Pero era un lindo juego. Y eso bastaba.

Uno de los juegos más interesantes era el que se desarrollaba en torno al Cachilo. Quizá, porque en una de "esas mesas que nunca preguntan", el Cachilo preguntaba. Aunque la pregunta fuera siempre la misma, fuera cual fuese la cuestión.

Taciturno, indiscutido, formaba uno con la silla y la mesa del rincón, junto a la ventana. A la vez, símbolo del lugar y de un estar más allá de él, su silencio y su inmutabilidad parecían provocar en los demás una donación automática de confianza, y esto lo fue convirtiendo, con los años, en una especie de gran oreja, gratuita, discreta e incondicional. Porque si algo sabía hacer el Cachilo, era escuchar. Escuchaba durante horas historias de todo tipo: siempre había algún muchacho con gastritis o tristeza; con tedio o sin trabajo; con intestino flojo o demasiado avaro. El escuchaba, escuchaba. Escuchaba durante horas y finalmente lanzaba su clásica pregunta. Y recuerdo muy bien que gracias a mi respuesta afirmativa y mi persistencia en ella y en la existencia indudable de ese mal indefinido que me aquejaba, dejé de ser neutral y pasé decididamente al bando de "los del verso". En verdad, fui literalmente derivado por el Cachilo, mediante un gesto de sus cejas levantadas y sus manos abiertas y la frase: "esto es para chamuyo..."

En este punto, necesito hacer un paréntesis, porque siento avanzar en mí un creciente sentimiento de injusticia para con nuestro tan estimado oráculo de entrecasa. En realidad, su técnica no era tan esquemática como podría desprenderse de lo dicho hasta acá. Es cierto que su pregunta era excluyente, por sí o por no, y creaba dos grupos de personas a los que él trataba de distinto modo: a los que respondían negativamente a su pregunta, les aplicaba el mismo gesto de cejas y manos, como queriendo decir "Y entonces, qué querés?" Pero no se limitaba a eso; ya que en caso necesario, transformaba su habitual silencio en una sucesión de sugerencias expertas acerca del tema en cuestión.

           Su trabajo se complicaba con los que, como yo, respondíamos afirmativamente a su pregunta. En primer lugar porque su experiencia le decía que en muchos casos, y tras unas pocas y agudas inquisiciones que manejaba con destreza, la afirmación se deslizaba al menos a la duda , cuando no a una plena y vergonzosa negativa. Y esto, de por sí, para sus valores de bohemia y su medida del costo de las cosas, era trabajo extra y además superfluo. En segundo lugar - ahora lo pienso - porque sospecho que, en el fondo, el Cachilo lo único que quería era demostrar su teoría monocausal del padecer humano. Eso y sólo eso. Y "minga "de solidaridad... O no?

Mi incursión en el ámbito de "los del verso" no fue afortunada. Descubrí, por ejemplo, y a mi costa, que una cosa es jugar con imágenes plenas de ingenio y hasta de cierta belleza; sobrevolar tristezas incorpóreas; o celebrar derrotas en batallas que nunca existieron, y otra, muy otra , es vérselas cara a cara con el dolor. Presenciar el espectáculo de alguien que dice, con todo su cuerpo, que, solo, no puede más.

Ni qué hablar de mi intento desesperado de probar con "los troesmas". Ellos, tan racionales, tan objetivos, se manifestaron del todo incapaces, en principio, de reconocer su propia compulsión a explicar todo y rápido. La inmensa mayoría de sus opiniones, comenzaba con las frases: "pa mí que..." o "lo que pasa es que..."   Y ahí venía la tanda publicitaria vestida de silogismo. No había caso. Poco a poco, se iba gestando en mi mente la idea de que sólo fuera de ese mundo sería posible encontrar alguna solución.

Sin embargo, tampoco tuve suerte. Después de mucho averiguar, logré que me recomendaran un profesional considerado serio y prestigioso. La evolución de la demanda, no obstante, fue lenta y cautelosa. Postergué, cancelé, hice averiguaciones adicionales, y sólo cuando ya no me aguantaba a mí mismo, me decidí. Y una extrañamente soleada tardecita de invierno, caminé, ganado por un raro optimismo, las quince cuadras hasta el consultorio.

Llegué de buen humor; el tipo, de entrada, me cayó bien. Y en menos de media hora ya le había hecho una síntesis bastante completa de la situación. Todo parecía marchar de maravillas, hasta que se le ocurre hacer la pregunta. Yo creí volverme loco y empecé a gritar:" ah! no, otra vez no..! " Y todo tipo de improperios. El pobre hombre me miraba perplejo, seguramente puteando en su interior - digo yo -  a quien no lo había advertido de la gravedad del paciente. Petrificado, me escuchaba aullar:"esa pregunta ya me la hicieron! Y no sirve... no me sirve...! Para eso me quedaba en "La Y griega", para eso me quedaba con el Cachilo...!"

Ahora pienso que fui bastante injusto con ese hombre a quien no conocía y que, sin duda, se prestaba a ayudarme. Además de haberme convertido, para mi vergüenza, y por unos minutos, en un grosero más. Pero fue más fuerte que yo. No pude tolerar esa pregunta sobre mi vida sexual, después de haber escuchado durante quince años al Cachilo preguntar de entrada, a diestra y siniestra, fuera cual fuese el problema y el interlocutor: "Decime, estás cogiendo vos..?"

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