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Actividad y empleo en descenso, inflación en ascenso y la escalada del dólar paralelo son indicios claros de una macroeconomía en desequilibrio.

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LA SEMANA EN POCAS PALABRAS

Actividad y empleo en descenso, inflación en ascenso y la escalada del dólar paralelo son indicios claros de una macroeconomía en desequilibrio. Aunque hay causas concurrentes, la principal razón detrás de esta dinámica es la fortísima expansión monetaria (a un ritmo del 30-35% anual) que alimenta la inflación y la demanda de divisas como refugio de valor. La fuga de capitales se convierte en un deporte nacional cuando los gobiernos deciden convivir con una inflación de dos dígitos.

En lugar de atacar las causas (la inflación) el gobierno intenta reprimir los síntomas (la compra de dólares). Así, la brecha entre el dólar oficial y el paralelo se disparó en los últimos días a partir de nuevas medidas que cerraron casi totalmente el grifo de dólares oficiales (se eliminaron las ventas de dólares para hipotecas y se redujeron para turismo) y ya ronda el 50%. Pero todavía es inferior a la que Argentina experimentó a mediados de los ‘50s y principios de los ‘70s y, por citar un ejemplo contemporáneo, a la brecha de más del 100% que hoy existe en Venezuela.

Los efectos directos e indirectos de la brecha cambiaria sobre la marcha de la economía son difíciles de cuantificar. Se sabe que algo de la devaluación del dólar informal se traduce en mayores expectativas de devaluación del dólar oficial y, por tanto, en mayores expectativas de inflación y, eventualmente, en subas de precios. También se sabe que la brecha entre el dólar oficial y el paralelo distorsiona la fijación de precios en mercados dolarizados (autos e inmuebles) y afecta los cálculos de retorno de las inversiones. Si se miran las cifras, desde la agudización de la brecha cambiaria, las ventas de autos caen 12% interanual (junio), la actividad inmobiliaria 16% (mayo) y la inversión 13% (mayo).

Otro daño colateral de la estrategia de negación del problema es la pérdida de competitividad industrial. La combinación de inflación y aumento de costos internos (25% anual), devaluación del Real en Brasil (30% en el último año) y dólar oficial estable (10% en el último año) comienza a presionar la rentabilidad de muchos sectores industriales. El punto de partida no es dramático pero las condiciones empeoran cada día que transcurre sin cambios en la dinámica de precios y tipo de cambio. El precio récord de la soja y una mejor cosecha podrán oxigenar las cuentas externas pero, sin cambios en las políticas, la situación se vuelve paradójica: más dólares de la cosecha permiten estirar la estrategia de atraso cambiario a costa de perjudicar a la industria, en particular, la orientada a la exportación.

Veamos un caso que puede servir de orientación. Desde que se agudizaron los controles cambiarios en la Venezuela de Hugo Chávez (2008), el tipo real de cambio se apreció un 25%. Si se replica aquí esta dinámica perversa, el gobierno de Cristina Kirchner terminaría su mandato con un dólar real parecido al que promedió en 1981 la “tablita” de Martinez de Hoz. Aquél experimento cambiario terminó en un colapso de la industria nacional. Ahora la industria tendrá que abogar por un nuevo aumento de la protección comercial o tendrá que poner las barbas en remojo.

El dato más preocupante es que a pesar de la desaceleración económica la inflación crece a mayor ritmo que en 2011, aceitada por una fuerte expansión monetaria. Pero la emisión de pesos no es producto del voluntarismo monetarista del Banco Central sino que está forzada por las crecientes necesidades fiscales. En los últimos 12 meses, la emisión de pesos fue de unos $59.800 millones. La mitad (unos $ 30.200 millones) fue explicada por los pesos que se imprimieron para financiar el agujero fiscal del Tesoro Nacional. Un 35% de la emisión total ($ 21.600 millones) se debió a las compras de dólares para recomponer las reservas del Banco Central, que luego son utilizadas para cancelar los vencimientos de la deuda pública. Así, más del 80% de la emisión de pesos se explica por las necesidades de financiamiento del Tesoro Nacional.

Aunque hay consenso respecto a que la economía está en caída desde fines de 2011, los escenarios futuros están en discusión. El horizonte económico de los próximos meses se debate entre el oxígeno que pueden aportar la eventual recuperación del mercado automotriz en Brasil y las mejoras de precios y cantidades de la soja versus los efectos recesivos que generan la pérdida de competitividad cambiaria, la retracción del mercado inmobiliario y la caída de la construcción, el ajuste fiscal en las provincias, la aceleración inflacionaria y la consiguiente retracción del salario real, el desplome de la inversión y los primeros signos de caída del empleo en la industria y la construcción.

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