Adiós Chantecler.

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Fue el cabaret más famoso de Buenos Aires en la época en que el tango venía arrasando. Lo llamaron Chantecler y funcionó en Paraná 440 muy cerca de Corrientes. Se inauguró en diciembre de 1924 y en la oportunidad actuó la orquesta del renovador Julio de Caro. Estrenó en esa instancia el tango Buen Amigo y lo dedicó al Dr. Enrique Finochietto, famoso cirujano de aquel entonces.



Fue aquella una época en que proliferaron los cabarets (palabra francesa que se traduce como taberna) y con Buenos Aires a la cabeza, junto a nuestro Chantecler, existían el “Royal Pigall”, el “Marabú” (Maipú casi Corrientes), el “Tibidabo” (Corrientes y Libertad), el “Bambú”, el “Lucerna” o también los de la zona del bajo (Leandro Alem) de inferior categoría pero de nombres atractivos : ”Montmartre”, ”Derby”, “Royal”, “Cielo de California” o el “Ocean Dancing”.

Eran espacios de diversión de la noche porteña, donde se lucían hermosas muchachas denominadas “coperas” porque precisamente se las contrataba para que el cliente consumiera copas mientras alternaba con ellas, por eso también se las conocía como alternadoras, se afirma que lo que consumían estas chicas era té, mientras al cliente se lo facturaba como whisky.

Adiós Chantecler
Letra y música de Enrique Cadícamo.

Adiós Chantecler
Juan D’Arienzo

Te redujo a escombros la fría piqueta
Y al pasar de noche mirando tus ruinas,
Este milonguero se siente poeta
Y a un tango muy triste le pone sordina.
Entre aquellas rojas cortinas de pana,
De tus palcos altos que ahora no están,
Se asomaba siempre madama Ricana
Cubierta de alhajas, bebiendo champán.
Entre risas alegres y chistes,
Siempre estaba apenada René,
Y de verla tan linda y tan triste
Fue por eso que me enamoré.
Hoy ni ella está más en la sala,
Ni tampoco entro yo al cabaret,
Se vinieron abajo tus galas
Bullanguero y cordial Chantecler.
En la noches bravas que el tango era un rito,
Vibraba la sala con ritmo nervioso,
Porque en ese entonces estaba Juancito
Tallando en su orquesta su estilo famoso.
Ya no queda nada y aquello no existe,
Ni tus bailarines ni tu varieté.
Príncipe Cubano te veo muy triste
Pasar silencioso frente al Chantecler.
Ya no queda nada y aquello no existe,
Ni tus bailarines ni tu varieté.
Te veo muy triste pasar silencioso,
Príncipe Cubano, frente al Chantecler.

Artista
Juan D’Arienzo y su Orquesta Típica
Álbum
Chirusa
Writers
Enrique Cadícamo

Chantecler fue un cabaré que funcionó en la ciudad de Buenos Aires, Argentina en un edificio construido al efecto en la calle Paraná 440 a metros de la Avenida Corrientes, entre diciembre de 1924 y 1960, año en que dejó de funcionar y fue demolido. Era propiedad del ciudadano francés Charles Seguin y su concurrencia se nutría con artistas, políticos, turistas y personas adineradas que concurrían para beber, comer, bailar y presenciar los espectáculos, en los que primaban los vinculados al tango.

El nombre del sitio está tomado del francés, una lengua que era sinónimo de cultura entre los intelectuales y la clase adinerada del Buenos Aires de esa época, y significa “canta claro”. El primer Chantecler conocido en el Río de la Plata fue un cabaré que funcionó desde 1910 en Montevideo, propiedad de Emilio Matos, padre de Gerardo Matos Rodríguez, que inicialmente se había llamado «Moulin Rouge», luego «Campi» y, finalmente hasta su clausura, «Chanteclair».

Charles Seguin, que además de este local, tenía, entre otros negocios, los teatros Casino y Tabaris, construyó el edificio especialmente para destinarlo a cabaré. En la entrada una dársena permitía que autos pudieran dejar a los concurrentes directamente sobre la puerta del local, donde eran recibidos por el portero. En el interior había tres pistas de baile, un gran escenario, palcos con cortinados de pana roja como en los teatros y teléfono directo para hacer los pedidos. En el fondo del local una exótica piscina climatizada acogía a jóvenes y atractivas muchachas que realizaban juegos acuáticos para entretener a los concurrentes.

Las relaciones públicas del local, el manejo del personal y la presentación de los espectáculos estaba a cargo de Ángel Sánchez Carreño, conocido como Príncipe Cubano, sobre cuyo lugar y año de nacimiento hay versiones dispares: algunas fuentes lo dan por nacido en Cuba, otros en Buenos Aires, algunos en 1880 y otros en 1890. Algunos decían que había llegado desde Cuba, pero los historiadores descubrieron que había nacido en el Gran Buenos Aires en marzo de 1880. Una presencia permanente en el local era la de Giovanna Ritana (Jeannette), la bella y joven mujer de Amadeo Garesio, un hombre nacido en Córcega, pero que había llegado a Buenos Aires con una compañía de trapecistas. Dicen que Garesio y Ritana regenteaban varios prostíbulos en la ciudad y que al morir sin descendencia Charles Seguin se habían quedado con el cabaré. Edmundo Comba, sobrino de Ritana, trabajó en el local como cajero y mano derecha de Garesio; su padre Luciano Comba fungía como testaferro de Garesio por los problemas de éste con la justicia. A la muerte de Rithana por cancer, Garesio se casó con Nelida Comba también bailarina del Chantecler.

Ritana le dio su apodo de Príncipe Cubano a Sánchez Carreño, quien a su vez, bautizó a Juan D’Arienzo como el Rey del Compás; parece que dijo «Si yo soy un Príncipe, usted es el Rey…del compás».

Cuenta Jorge Palacio de los cabarés:

En la puerta siempre había un portero uniformado con levitón, con botones dorados y una gorra con el nombre del cabaret. Aunque solían concurrir parejas, la mayor parte de los asiduos asistentes eran hombres solos o en grupo, que iban a bailar con las alternadoras, a tratar de seducir a alguna o a escuchar a su orquesta favorita. En todo cabaret había una orquesta típica y una de jazz y a medianoche se presentaba un espectáculo llamado el varieté, que consistía en diversos números artísticos. El signo de importancia del cabaret estaba dado por la categoría de la orquesta típica que actuaba en él…. Las alternadoras, milongas o coperas vestían de largo satén, cumplían un horario y su misión era hacer que los clientes las invitaran a sentarse a su mesa a tomar una copa. Una vez logrado esto, trataban de entusiasmarlo para que siguiera invitando y consumiendo. No podían salir del cabaret antes que el local cerrara sus puertas. A las 3 o 4 de la madrugada, cuando estaba por cerrar, la orquesta tocaba “La cumparsita”, último tango de la noche. En ese momento aparecían los cafishios a buscar a sus coperas y cobrar su porcentaje.

El cabaré Chantecler fue demolido en 1960 luego de estar un tiempo inactivo. En homenaje al cabaré, Juan Polito, Carlos Ángel Lazzari y Ángel Roque Gatti compusieron el tango Glorioso Chantecler y, cuando el local ya no funcionaba pero el edificio todavía subsistía, Enrique Cadícamo hizo la letra y música de un tango despidiéndolo con el título de Adiós Chantecler. ​

Algunas secuencias de la película El cantor del pueblo fueron rodadas en el local del Chantecler. En 2015 la corógrafa y bailarina Mora Godoy dirigió y actuó en el espectáculo musical Chantecler Tango inspirado en la historia del local.



Adiós, Chantecler

¿Qué fue el «Chantecler»?

El primer «Chantecler» conocido existió desde 1910, en Montevideo. Fue propiedad de Emilio Matos, padre de Gerardo H. Matos Rodríguez. Pero se llamó inicialmente a este cabaret «Moulin Rouge», después «Campi» y luego «Chanteclair», y bajo este nombre se dispuso su clausura.

El «Chantecler» del tango de Enrique Cadícamo también fue un cabaret y estaba situado en Buenos Aires, en la calle Paraná, entre Corrientes y Lavalle. Se había inaugurado en 1924 y en él tocaron grandes y famosas orquestas. En ese tiempo de bonanza se tiraba manteca al techo en los lugares de diversión. Los había serios pero otros eran ámbitos de caos o desorden por obra de pícaros y en circunstancias propias de la picaresca de la noche porteña. Esto significaba la frase tirar manteca al techo. El periodista Miguel Angel Bavio Esquiú, con su personaje «Juan Mondiola», ayudó a difundir la expresión.

El «Chantecler» fue demolido en 1960 y como el autor (Enrique Cadícamo) era un asiduo concurrente compensó, de algún modo, su tristeza por la desaparición, con una letra con la que se describen mejor las vivencias de esa sala de diversión nocturna de un Buenos Aires de ayer, memorada en poemas y letras y todavía presente en la memoria y en el sentimiento de los viejos tangueros.

El tango tiene su historia. Hizo su historia, siempre creciente, social y culturalmente hablando, siguiendo una ley natural. Al igual que otros fenómenos músico-culturales. Ahora observamos cómo las nuevas músicas, iniciadas en la Argentina más de treinta años atrás de hoy, comienzan a formar su propia historia, con hechos y leyendas. Nosotros memoramos al «Chantecler», hoy, después de tanto tiempo. Hoy, comienzan a memorarse otros sitios, de especie diversa, como «La Cueva», en la película Tango feroz, y la historia de José Alberto Iglesias, «Tanguito».

Génesis y final

Como siempre, la Historia está plagada de acontecimientos. Lo mismo en 1924, año de la inauguración del «Chantecler». Para nosotros, los argentinos, estaban presentes el triunfo de Firpo sobre Spalla, por knock-out ante una muchedumbre impresionante: 40.000 personas, en River Plate; la partida del aviador argentino Zanni en un vuelo alrededor del mundo, y en las Olimpíadas, en Francia, la Argentina sale campeón de polo. Poco después Alcides Gandolfi Herrero, campeón argentino, registrando en la literatura lunfarda su libro de poemas lunfas Knock-out Lírico.

En 1960 cierra el «Chantecler», cuando el ingeniero Alsogaray insiste en los inviernos y en un futuro feliz, da a luz la película Un guapo del 900, con las mejores críticas para Alfredo Alcón y, sin que nadie lo supiera, se desarrolla el embrión de la leyenda de Tanguito, de modo contemporáneo al Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) ante el auge del terrorismo, que ya se venía manifestando desde 1959, y poco después, la Ley Federal de Represión del Terrorismo. Poco antes había muerto el autor de El hombre que está solo y espera, Raúl Scalabrini Ortiz.

El adiós del poeta

Es natural que los lugares que nos cobijan pasen a formar parte de nuestras más profundas querencias, se trate de la casa paterna, de cualquiera de nuestras moradas, del barcito del club, la esquina convocante, el café o alguno de esos santuarios tangueros, como lo fue el «Chantecler» para Enrique Cadícamo.

El «Chantecler» de madama Ritana, la milonguita René, las bailarinas y el varieté, Razzano, Gardel y el «Príncipe Cubano», quien fuera su animador durante muchos años. En los primeros versos el letrista recuerda a la madama, que en el lenguaje de la vida airada -según lo enmarca Gobello- es la regente de prostíbulo (aunque la palabra pertenezca a una jerga y a pesar de su origen y formación, integra también el lunfardo, en un sentido amplio). Cadícamo no parece expresar antipatía por la madama que menciona, «cubierta de alhajas…bebiendo champán», pero el criminólogo y penalista Eusebio Gómez, en La mala vida en Buenos Aires, citado por Gobello cuando escribe sobre la regente o propietaria del lupanar (madama) en Buenos Aires, como en todas las grandes ciudades, expresa que está revestida de un cúmulo de atributos que la hacen abominable.

Pero así y todo forma parte de la querencia del poeta y milonguero que al ver -como tantos asiduos concurrentes al «Chantecler»- cómo lo reducía escombros la fría piqueta, al pasar de noche mirando sus ruinas, se sintió poeta y le puso sordina a un tango triste, es decir que al escribir la letra remplazó la tristeza, o la suavizó, con gratos recuerdos. La sordina es una pieza pequeña que se ajusta por la parte superior del puente a los instrumentos de arco y cuerda para disminuir la intensidad y variar el timbre del sonido.

La palabra varieté fue tomada del francés y pertenece a la jerga teatral y se refiere al espectáculo en el que alternan diversas expresiones artísticas, como bailarines, músicos, acróbatas, malabaristas, etc. Varieté significa «variedades», o, con más propiedad, «variedad». Hubo tiempo en que el varieté tuvo una gran difusión en la Argentina. Yo recuerdo que en Buenos Aires y en la provincia, se hizo obligatorio; por ley, en los cines, entre película y película podíamos escuchar música o algún otro número artístico.

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