Barrio de Palermo. Con un claro perfil europeo.

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Rosas habitaba este lugar cuando no estaba en su casa de Bolívar y Moreno, que en ese momento era el centro de «La Gran Aldea».

Para esa época las familias más importantes de la elite porteña tenían sus residencias en la elegante «Calle Larga» de Barracas, pero el Gobernador prefería la soledad, al contacto con las familias adineradas de Buenos Aires.

En el año 1836, Rosas compró los terrenos donde realizaría la construcción de su casa, en uno de ellos se encontraba la Capilla de San Benito de Palermo y es por esta razón que muchas veces se menciona la casa del Brigadier con este nombre.

San Benito de Palermo era el santo de la población afro. Por lo tanto, no es extraño que se haya encontrado un muñeco vudú tras una excavación junto a uno de los lagos de Palermo, donde por muchos tiempo estuvo la capilla de San Benito de Palermo, como testigo y prueba de la presencia afro y afroargentina en la zona, así como de aspectos de su cultura comunes también a otras regiones de Latinoamérica.

Este sector había sido señalado por Garay para chacras hasta que en 1540 Juan Domínguez Palermo las unificó. Se extendían desde Retiro hasta Palermo, delimitadas por las calles Cabrera, Coronel Díaz, Avenida del Libertador, Tagle y Agüero.

Los suelos eran arcillosos y arenosos y la casa de Rosas se realizó con barro traído de lo que hoy conocemos como bajo Belgrano. Terminó de construirse en 1838, pero en el año 1843 se realiza la segunda ampliación, siendo su mentor el Maestro Miguel Cabrera. Realizándose con excelentes materiales, fue considerada la mejor casa en America.

La casa era un enorme edificio de una sola planta rectangular de 78m x 76m. El techo tenia azotea y barandas de hierro. Tenia salón de fiesta y la habitación de su hija Manuelita daba a la actual Av. Libertador.
El dormitorio de Rosas miraba al río. Su habitación tenia una cama de bronce, un armario en la pared, sobre la estufa un gran espejo. En el centro de la habitación su escritorio y dos chifoniers de caoba.
El salón de recibo estaba al oeste, y en él abundaban los espejos y los muebles de caoba.

En la parte sur había una capillita. Los pisos eran de baldosas y los cielos rasos de madera pintada de blanco, el alumbrado se hacia con lámparas de aceite.

En los amplios jardines y parques se podían ver avestruces, teros, gavilanes y pájaros de hermoso plumaje.

Le arreglaron y rellenaron los intransitables caminos de entrada y los laterales cubriéndolos con conchillas blancas, llamado «macadón de conchillas», que daba solidez y durabilidad.

Mediante la canalización de un arroyo que circulaba en línea recta hacia el Río de la Plata, se creé un estanque. Este será el primer lago artificial de la ciudad, de 100 varas de largo. De libre acceso, era una de las atracciones de Palermo.

Después de la caída de Rosas en la batalla de Caseros, el General Urquiza, a cargo del Gobierno de la Confederación, se instala en Palermo de San Benito.

La casa de Rosas tuvo, a partir de allá, diferentes usos: Colegio Militar entre 1870 y 1892, Escuela Naval, Regimiento 1 de Artillería, Tiro Federal y Cuarteles de la Guardia de Seguridad.

El 25 de junio de 1874, se promulga la ley que da origen al Parque Tres de Febrero, el cual fue inaugurado por Sarmiento el 11 de noviembre de 1875. El Presidente Roca ordena dinamitar la casa el 3 de febrero de 1899.
Se cree que los portones de entrada al parque eran los mismos que estaban en la casa de Rosas. Estos portones fueron demolidos en 1917.

Solo queda, como testigo, una de las puertas de acceso al parque, que se puede observar hoy delante del zoolígico de la ciudad de Buenos Aires.

En 1999 se erige el monumento ecuestre evocando a Juan Manuel de Rosas, obra del escultor Ricardo Dalla Lasta.

Lo que hoy son los llamados Bosques de Palermo, uno de los parques más conocidos del continente, tuvieron su origen en una obra de gran escala que hizo Juan Manuel de Rosas y sus arquitectos e ingenieros. A lo largo de más de diez años, adquirió masivamente tierra de ese sector abandonado hasta ese entonces y los transformó en el primer parque del país.

Nunca nadie había intentado siquiera a escala doméstica una obra de ese tipo. Para ello hizo rellenos de tierra, lagos, canales, estanques, áreas de flores, de cultivos, caminos y hasta un estanque artificial en que circulaba un pequeño barco, mientras que los paseantes veían el paisaje desde puentes y bancos de mármol. Era privado pero a la vez público porque aún no existía otra manera de serlo. 

En el centro de todo estaba el Caserón, una obra también de gran escala, palaciega, decorada con lujo y como se describe en base a documentos de su tiempo, lo mejor que se podía tener en Buenos Aires. 

La vida doméstica estaba claramente organizada, con rituales, fiestas, eventos y hasta un barco transformado en salón de bailes y para tomar el té. La historia de ese primer parque argentino y sus vicisitudes para llegar hasta los grandes trabajos de Sarmiento para su preservación y lograr transformarlo en lo que es hoy. 

Asimismo, se describen las excavaciones arqueológicas que permitieron hallar los restos del caserón de Juan Manuel de Rosas.

La estructura física de Palermo refleja esas ideas y sus cambios, las marchas y contramarchas, las decisiones intelectuales y políticas, muchas incluso resueltas con muertos, armas y guerras, porque narrar los años de la historia de Palermo es también contar sangre de todos los bandos.
El parque refleja la manera en que se decidía el control de la población en una ciudad que crecía y cambiaba más rápido de lo que podían manejar sus clases dirigentes; es también una larga historia de luchas por la democracia y de las formas en que ésta puede ser manipulada, o dejada de lado.
La historia de Palermo y su famoso Caserón no es sólo un decurso de hechos diseñados o construidos, o destruidos; es también la de los procesos de inclusión-segregación de partes de la sociedad en la vida urbana, en la lucha por sus derechos y en la forma en que la sociedad determinaba los usos de los espacios en cada momento histórico.
Palermo es la historia de cómo se usó el tiempo de ocio, pero es también el lugar donde Rosas firmó decretos de sangre, y también donde Urquiza fusiló a los vencidos en sus zanjones. Fue arena para el odio y la venganza. Imaginemos una ciudad ubicada en una de las zonas más australes del mundo saliendo de casi tres siglos de dominación colonial, que comenzaba a recibir una inmigración masiva que transformaba todo a velocidad inaudita; para fines del siglo XIX y principios del XX el 60% de los habitantes de Buenos Aires eran extranjeros.
Para tener un ejemplo de estos cambios sociales, si en 1813 se había iniciado la lucha por la libertad de la esclavitud, ésta se logró en la ciudad recién en 1861; pero del 33% de esclavos que había entre sus pobladores hacia 1800, para 1880 sólo quedaba el 2%, por lo que cualquier medida que se hubiera tomado para evitar -o favorecer— el uso de los espacios urbanos por este grupo social, quedaba inoperante en sólo una generación.
En 1875 la única solución para poder construir el país era dividir el territorio por el medio -desde Bahía Blanca hasta la cordillera al sur de Mendoza-, mediante una enorme zanja que dividiera las tierras de blancos -la Argentina- con las de los indígenas: la llamada Zanja de Alsina, como única solución viable y de la que se hicieron cuatrocientos kilómetros.
Veinte años después, y miles de muertos mediante, esos mismos indígenas ni siquiera eran considerados como existentes. ¿Cómo establecer políticas de uso de los espacios de una ciudad con cambios tan abruptos que a veces ni siquiera eran comprensibles en su propio momento?
Palermo es parte y ejemplo de esta historia.  

Cosmopolita, visceral y a veces convulsionada, pero siempre seductora.
Parques, plazas, paseos, centros culturales y edificios vanguardistas en una atmósfera por momentos agresiva encuentran su costado manso en la magnífica arboleda, la costanera y el Río de la Plata que la circunda. Dicen que la ciudad de Buenos Aires durante mucho tiempo miró más a Europa que a sus pares americanas. Abonan esta afirmación los numerosos edificios, trazas urbanas y paseos públicos inspirados en estilos europeos, especialmente de Francia.




Una mirada a la historia, revela que la gran transformación de la capital argentina entre fines del siglo 19 y comienzos del 20, se encaró con motivo de celebrarse el centenario de la Revolución de Mayo y se plasmó en la suma de aportes que las corrientes de inmigrantes dejaron como impronta en un marco finalmente ecléctico.

Ello se evidencia en los estilos art decó, art nouveau y neogótico tardío que sucedieron al academicismo en monumentales edificaciones.

Durante el centenario (1910) se celebró la Exposición Universal en la Ciudad de Buenos Aires, en un desafío criollo a los ojos del mundo. Esos proyectos renovadores se vieron apañados por la prosperidad económica que vivía Argentina, con un formato agroexportador.

En ese contexto surgieron nuevos servicios públicos y edificaciones en altura, que modificaron el perfil capitalino de ese entonces.

En la actualidad, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es una de las más grandes capitales del mundo y ya no necesita mirar a través del océano Atlántico porque genera, mucha y buena, creatividad propia. La ciudad resalta por sus modernas torres de concreto y vidrios espejados que logran armonizar con el patrimonio colonial, en un contexto de numerosos parques y plazas, pulmones verdes vitales, alimentados por colosales tipas, lapachos y jacarandaes que aportan colorido.

Con los límites naturales por el oriente y sur, del río de la Plata y el riachuelo, y por el norte y oeste, de la avenida General Paz, la ciudad de Buenos Aires seduce a locales y visitantes por su diseño y la bulliciosa vida cultural. Dos días a pleno. Fue una escapada de dos días, a la Ciudad de Buenos Aires, con la consigna de disfrutar del buen teatro; del arte, en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), y un circuito en bicicletas eléctricas como sistema turístico de movilidad sustentable. El Ente de Turismo del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, diseñó recorridos citadinos en bicicletas eléctricas que combinan espacios verdes, de arte y museos. Son dos opciones que se realizan como circuitos diarios. Uno incluye el recorrido de parques, jardines, monumentos y espacios de arte al aire libre, a través de las bicisendas del barrio de Palermo, y el otro, también en la misma barriada, recorre los museos de la zona. Ambos parten y llegan al Planetario Municipal Galileo Galilei y recorren un perímetro conformado por los espacios de arte, monumentos, museos Sívori y Malba, y Parque 3 de Febrero.

Recorridos

Desde el Planetario, para cubrir un recorrido de tres kilómetros y medio por el Parque Tres de Febrero, más conocido como los bosques de Palermo, flanqueados por un guía bilingüe y dos asistentes. En el trayecto hay paradas en puntos clave donde se relatan episodios históricos y se reseña el valor artístico del espacio. Buena parte del circuito transcurre por bicisendas, aunque también por grandes avenidas, bulevares y calles adoquinadas, en todos los casos bajo la generosa sombra de los árboles de gran porte. El Parque Tres de Febrero se inauguró en 1875 y fue impulsado por Domingo Faustino Sarmiento.

Esos predios pertenecieron a Juan Manuel de Rosas, quien los adquirió en 1836 y en ellos, el entonces gobernador, construyó su residencia que fue sede del gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Derrotado Rosas el 3 de febrero de 1852, en la batalla de Caseros, todos esos bienes se declararon patrimonio público y en conmemoración de la fecha, se le impuso el nombre al parque. Al perímetro original de 80 hectáreas, con el tiempo se le sumó ampliaciones y fue allí donde la creatividad del paisajista francés Charles Thays le imprimió un diseño de fisonomía monumental. Una de las escalas del circuito es el Museo Eduardo Sívori, frente al lago y el Rosedal y muy cerca de la escultura Familia de Ciervos, de Georges Gardet.

El edificio del museo, de estilo pintoresquista, fue tambo modelo y luego famoso punto gastronómico, hasta que en 1983 se remodeló para albergar al museo especializado en arte argentino. Atesora una gran colección de pinturas, esculturas, dibujos y tapices que totalizan un patrimonio de alrededor de 4.000 piezas. La segunda parada es en el Hipódromo Nacional de Palermo, edificio que data de 1876 y fue restaurado en 1908. De estilo italianizante en la balaustrada y con líneas de la escuela de bellas artes en su parte media, tiene en la entrada una corte de honor, de influencia francesa, con réplicas de las esculturas de caballos de la Plaza de la Concorde de París, y reja, también de reminiscencias galas. Los pedaleos a continuación, conducen al Buenos Aires Lawn Tenis, edificio de 1905, para llevar luego al lago de Regatas (1906) donde hay instalaciones sanitarias; el Campo Municipal de Golf (1905), y el Rosedal.

En 1914 se terminó la construcción del Rosedal, obra de Benito Carrasco (discípulo de Thays). Fuentes moriscas, un Patio Andaluz, con azulejos que recrean pasajes de El Quijote de la Mancha, y el área del Jardín de los Poetas y Escritores, conforman un marco donde se concentran 1.200 especies de rosas. El Rosedal está protegido por una reja, que permanece abierta de 8 a 17, salvo los lunes, día destinado al mantenimiento que asume la Fundación YPF.

En ese espacio se desarrollan recitales gratuitos los domingos a partir de las 16, con variopintos estilos musicales (jazz, clásica, fusión y gregoriana, entre otros). Frente al Zoológico y los jardines Botánico y Japonés, se observan alineados los monumentos a Domingo Faustino Sarmiento; a la Carta Magna, o de los Españoles, cuya piedra fundamental se colocó en 1910 en presencia de la infanta Isabel de Borbón que llegó a Buenos Aires con motivo del centenario, y a Justo José de Urquiza. La recreativa bicicleteada urbana llega a su fin con el regreso al Planetario. — El Portal del Barrio de Palermo.

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