Buscando el final feliz, o cómo y por qué volver a los cuentos maravillosos.

Ana Guillot, autora de “Buscando el final feliz”, Editorial Del Nuevo Extremo (www.delnuevoextremo.com).

Había una vez… Érase que se era… y más allá de los orígenes de todos los tiempos, un grupo se reúne a escuchar o a cantar hazañas extraordinarias para que todos puedan aprender. Los cuentos maravillosos y, por ende, la oralidad de la cual provienen, proporcionan un entrañable material a la hora de analizar sus historias y de aplicarlas a lo cotidiano si tomamos a la vida como un viaje y al viaje como la posibilidad de escuchar esa voz que resuena potente en nuestro interior y que habilita (y favorece) el encuentro con nosotros mismos. Y es que vivir es viajar: experimentar, equivocarse, perderse, recomenzar. De la misma manera, la mayoría de los héroes y heroínas salen o se alejan de su lugar de origen, caen bajo un hechizo o reciben alguna prohibición, transgreden, se encuentran con uno o varios oponentes, luchan o enfrentan situaciones y pruebas, regresan, son reconocidos (en su identidad perdida o de acuerdo a la jerarquía de sus logros) y llegan al final feliz.

Estas narraciones, recopiladas entre los siglos XVII y XIX por Perrault, los hermanos Grimm, Marie Leprince de Beaumont y Andersen, entre otros, nos invitan a adentrarnos en cada desafío y aventura. Por eso es fácil e inevitable recordar y emocionarse con la lámpara de las maravillas, los castillos y sus puentes levadizos, las torres en donde las princesas se guardan, los espejos reveladores de verdades, las zarzas que se abren para que accedan el príncipe y su beso, el zapato que calza en el pie justo o los cofres cuya única llave (generalmente de oro) el héroe encontrará. El éxito de algunas películas lo confirma: desde La Bella y la Bestia a Cenicienta, desde Frozen a Star Wars, El señor de los anillos, Enredados o Maléfica, todos (y nuestros niños en especial) resonamos con las peripecias y deseamos ese final feliz, reparador y esperanzado que, por suerte, siempre llega.

El elemento maravilloso que los compone y caracteriza se corresponde, sin lugar a dudas, con el espacio sagrado del mito y reina en nuestra imaginación por sí mismo. En ellos, además, los elementos de la naturaleza, los animales y los objetos actúan y ayudan a los protagonistas: les advierten de los peligros, los auxilian ante los inconvenientes y los guían en su camino. El símbolo y el arquetipo emergen de esta creencia con la fuerza de lo eminentemente posible; y no se trata de una paradoja sino de una íntima reconciliación que nos permite rescatar a aquellos que fuimos antes de que los avatares de la cotidianeidad y la enorme preponderancia de la razón nos convirtieran en “este adulto serio y responsable que somos”.

Volver hoy a sus hadas, duendes y varas mágicas se fundamenta en el deseo de persistir en la reactualización de aquel espacio. A través de ellos descubriremos o recordaremos qué significa despertar, entrar al bosque, encontrar el objeto mágico o el tesoro, abrir la cueva, preguntarle al espejo, besar la sombra (un bello príncipe, en realidad), confrontar con el lobo (bruja, madrastra, hermanastras, padre castrador o abandónico, dragón, etc.), avanzar junto al hermano tirando piedras o migas de pan, sumergirnos en las aguas más profundas para dejar de ser sirenas (y amar incondicionalmente), subir a la torre por la trenza de Rapunzel, abrir la puerta prohibida a pesar de las “barbas azules” y, sobre todo, descubrir por qué el príncipe y la princesa terminan juntos “y por siempre jamás”. Aprenderemos, especialmente, que cada uno de estos personajes habita en nuestro interior, y será una manera de re-conocernos y re-conciliarnos con nosotros mismos y con los demás. Una manera de reinar y de habitar nuestro propio y personal castillo.

El próximo día del niño es un momento mágico para acercarlos a estos cuentos (mágicos también) y para reencontrarnos con nuestro niño interior. Habrá, pues, que decidirse a leerlos, releerlos y viajar a fin de encontrar, como dice Bruno Bettelheim, “un significado a nuestras vidas” y para compartirlos mejor con nuestros hijos y nietos.

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