Ceder para crecer, el ejercicio de la templanza, esa vieja virtud. Escribe Luis Pablo Richelme.

CEDER PARA CRECER, EL EJERCICIO DE LA TEMPLANZA, ESA VIEJA VIRTUD

Podemos trazar un cierto paralelismo entre las enseñanzas de Cristo con la de Sócrates, el filósofo nacido en la Atenas del siglo V antes de la cruz, como diría Borges. Y en verdad hubo entre ellos alguna similitud: ambos predicaron la austeridad con el ejemplo de una vida ascética despojada de todo lujo y placer, curiosamente ninguno de los dos dejó nada escrito, ambos fueron ajusticiados en forma vil y murieron trágica aunque heroicamente aferrados a sus convicciones. Antes de ascender al cielo, Jesús  instruyó a sus discípulos prohibiéndoles que llevaran oro, plata ni cobre en sus bolsas porque, dijo: “el obrero, digno es de su alimento” (Mt. 10:10).

Se sabe también que Sócrates, como Cristo, solía conversar en calles y plazas con esclavos, mendigos, nobles y profesores. Cierto día se encontró en una tienda llena de objetos expuestos para la venta y exclamó: ¡Cuántas cosas que no me hacen falta! No hay duda que ambos practicaron la pobreza e hicieron de la  frugalidad un estilo de vida.

Podemos asimilar el concepto de austeridad a la templanza que es la virtud de la moderación. Los griegos la identificaban con la palabra sophrosyne, alude a equilibrio, armonía, en oposición a hybris que era todo lo contrario, es decir, el desorden de las pasiones y los excesos. Los estoicos propiciaban la ataraxia, ese estado de bienestar donde cuerpo y alma se hallan en perfecta armonía, el autocontrol prevalece sobre las emociones y los comportamientos son valorados por su discreción.

Ya desde Sócrates la templanza ascendió al rango de virtud cardinal junto con la sabiduría, la prudencia y el coraje para abrir un camino posible hacia la felicidad. Pero sin duda fue a partir de Platón y sobre todo con Aristóteles que pasó a trascender el plano de lo privado para convertirse la templanza en virtud pública, con efectos en toda la sociedad.

Era la virtud propia del estamento de los artesanos, los comerciantes y los agricultores, y la hacía corresponder con las otras virtudes: la sabiduría que debía inspirar a los gobernantes y la fortaleza propia de los guerreros que debían proteger a la polis. Era preciso que todas ellas fuesen ejercidas en conjunto por los tres sectores y se combinaran para lograr un Estado de Justicia, es decir, el sumo ideal.

Más tarde, Platón, desengañado del poder y de sus frustradas experiencias con el tirano de Sicilia, habría de enfocarse más en las leyes que en las virtudes ciudadanas. Si el pueblo judío fue el que Dios escogió para revelar su verdad los griegos fueron los elegidos para desarrollar el pensamiento en buena parte del mundo. Les propongo ahora un viaje en el tiempo, un salto en la historia para aterrizar en la Europa del siglo XIX, más precisamente en Basilea en cuya universidad, el personaje al cual me referiré, daba clases. Los  invito a detenernos en Nietzsche. En una de sus más tempranas obras, El Nacimiento  de la Tragedia en el Espíritu de la Música, escrita a los veintitantos, el filósofo alemán expone una de las principales líneas que estructuraron su pensamiento.

Concebía dos corrientes fundamentales que pugnaban entre sí y que delinearon la creación artística: la dionisíaca y la apolínea. La primera, representada por Dionisos, Baco para los romanos, que en la mitología griega era el dios del vino, de la viña y del delirio místico, estaba asociada con la danza y el canto,  pero también con el desenfreno embriagador de los placeres sensuales y de los excesos propios de los bacanales.

La segunda se da a partir del racionalismo impulsado por Sócrates, Platón y Eurípides, está inspirada en el dios Apolo “el que resplandece” y es la deidad de lo luminoso. Al contrario de la primera, lo apolíneo representa el ideal de belleza y perfección, el equilibrio de lo racional y lo normativo. Es la fuerza que inspira a los escultores y a los pintores.

En la música, en cambio, prevalecen los impulsos dionisíacos. Para Nietzsche la tragedia tuvo en sus orígenes componentes de ambas categorías. Brotó de ese espíritu primigenio donde el coro representaba al pueblo frente a la región regia –de lo apolíneo- que se desplegaba en el escenario.

El coro era presentado como símbolo de las masas enfervorizadas por el entusiasmo dionisíaco que debía sacudirlos ante la aparición del héroe trágico para que no vieran al individuo enmascarado que se escondía detrás de él sino que fuera la visión de una figura surgida de su mismo éxtasis. Interesa resaltar que la templanza corresponde a lo apolíneo de la condición humana mientras que lo dionisíaco se inscribe en los excesos  de las pasiones y los instintos.

Trasladados al terreno de la política, esta dualidad podría significar el compendio de los problemas argentinos, de la nación pendular que vemos lacerada, siempre atrapada en medio de estas dos fuerzas: la dionisíaca que la invita a la borrachera del perpetuo descontrol y la empuja a la desmesura de los populismos demagógicos (pues no todo populismo es malsano, está el puramente cívico-democrático alejado de toda violencia, más cerca de la felicidad); y las apolíneas fuerzas de la sensatez por las que no desiste de lograr un equilibrio de república asentada en los valores de justicia, libertad e igualdad de una democracia rica y diversa.

Un sabio griego pensaría: allí donde prevalece el balance entre ambas, primará la concordia y la racionalidad de un estado de derecho. Hasta aquí precisamente quería llegar para cruzar templanza y Estado, pensamiento con actualidad. Porque

si hay algo que caracteriza al mundo de hoy es el conflicto y el descontrol, la inestabilidad y el desorden. Aunque persistan los impulsos que llaman al orden y la sobriedad, caos y orden estuvieron siempre en tensión. ¿Quién puede asegurar qué fue lo primero? Pensemos entonces lo importante que sería el cultivo moral de la templanza en un mundo como éste. Pensemos en nuestra Argentina, aquella nación engalanada de gloria que un día empezó a caer y hoy vemos hundida en crisis recurrentes, postrada en la pobreza, obnubilada por los flagelos de la droga y la inflación (por mencionar los males que hoy más preocupan).

Casualmente, la semana pasada en un coloquio de IDEA los empresarios abrieron el encuentro bajo el lema: “Ceder para crecer” que no es otra cosa que “transigir para encontrar un punto medio” dijo uno de ellos. Hubo consenso entre los empresarios de que hoy el camino para enfrentar los males que afectan la economía, normalizarla y lograr una mayor inserción en el mundo no es otro que el de la moderación, que todos aplaquen sus egos en aras de privilegiar el bien común.

La “idea” fue bien recibida por muchos sectores incluso los políticos que siempre invocan la moderación como virtud para achicar el gasto público. No tanto por los extorsivos líderes sindicales y los de sectores más desfavorecidos. Aun así ¿qué pasaría si todos leyeran a Séneca o siguieran las enseñanzas de Jesucristo? Me interrogué por estos días. La pregunta puede resultar naïf arrojada al barro de la política.
Sin embargo, los grupos que hoy pugnan por mejorar sus ingresos, desde el campo, las empresas, los sindicatos, sin olvidar a políticos y magistrados, hasta incluso el dispendio que se avecina en Qatar, todos deberían demorarse en las Epístolas que el estoico dirigió a Lucilio exhortándolo a vivir austeramente, moderando el consumo tanto como la palabra. Hoy Séneca aconsejaría a los pudientes en lo posible emulen a esos mendigos que día a día los asedian por la calle o en los cafés, lastimosamente para recordarles que ellos también son argentinos. Deberían también pensar en Jesucristo, sus breves pero aleccionadoras enseñanzas.

Todos así podrían conformarse para vivir con lo que es necesario para vivir dignamente, quizá sin grandes lujos ni estridencias pero justamente y en armonía. Esta práctica que de volverse colectiva redundaría en solidaridad social va en contra de la mentalidad capitalista que hoy tantos pregonan como el único camino de salvación, esa cultura que alaba sin tapujos la acumulación ilimitada, el disfrute de los placeres y la aversión al dolor, aunque los demás revienten y la sociedad se vuelva cada vez más injusta.

Nunca como hoy hizo falta, sumidos en esta anemia, templar el carácter y medir las palabras; aliviar el dolor; aplacar el instinto y morigerar los consumos. Hace falta pensar en el otro no sólo en nosotros mismos y sobre todo en el bien común.

En la Encíclica Laudato Si´, el Papa Francisco lo define como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”; enseña que el bien común presupone el respeto por la persona humana en cuanto tal y requiere de la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular en la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia.

Ante anomia semejante, pensemos una y otra vez cuán auspiciosa resultaría la templanza. Son innumerables los beneficios que esa virtud puede reportar a la sociedad cuando es ejercida por el conjunto. Hoy mismo ante la crisis energética mundial provocada por la guerra en Ucrania los gobernantes urgen a moderar los consumos. Alejado del drama de la guerra, me vienen a la mente dos ejemplos prácticos: uno es el recurrente problema de la escasez eléctrica que se da en verano por el uso excesivo de los aire acondicionado.

Me pregunto si es necesario tanto consumo. ¿Acaso una gran mayoría de la población (digamos los más jóvenes y sanos) no pueden afrontar los rigores del calor prescindiendo de esos costosos aparatos incluidos los ventiladores?
Créanme que sí se puede en aras del bien común, se puede ahorrar energía y lograr empatía dejando circular en nuestras viviendas las corrientes naturales de aire o usando agua fría para refrescarnos y evitar los golpes de calor. Del mismo modo, al bajar a la playa o disfrutar de los espacios públicos podemos practicar la moderación y abstenernos de usar esos lugares abusivamente, evitar en la medida de lo posible el uso de vehículos motorizados y mantener la pulcritud cuidando de no arrojar basura impúdicamente. Serían gestos simples pero que denotan mesura, respeto y solidaridad.

Por cierto que nada de ello alcanzaría para reducir la pobreza, combatir el narco, bajar la inflación o pagarle al FMI. Pero ayudaría y mucho. Piensen ustedes cuánto nos ayudaría.

Luis Pablo Richelme 26/10/22
Escritor, abogado y licenciado en ciencias políticas.