Coriolanus, una lectura necesaria. Escribe Carlos Penelas

“No siempre es la multitud la poseedora de la verdad absoluta”
André Maurois

En notable como el ser humano se engaña, se vuelve torpe, necesita de ídolos, de enemigos, de vacíos, de proclamas. Es notable cómo debe acusar al otro, rechazar al otro. Y, por lo general, no se hace cargo de sus errores, de sus taras, de sus negaciones, de sus hipocresías. Aplaude a títeres, a dictadores, a revoluciones cesáreas, a campos de concentración, a corruptos, a cretinos mentales. Es un imperativo categórico en países serios y en países bananeros. Con diferente grado de decadencia, claro. Décadas teniendo deseos imaginarios, leyendas, propuestas guerreras o populistas, generando -una y otra vez – proyectos que asedian la historia, la comprensión. Bisbiseos o balbucires, caro amigo. Por favor, no me diga que usted es diferente, que usted no entiende lo que hablo.

Querido lector: si sigues habitualmente mis columnas de opinión –tienes el deber y la obligación de hacerlo– habrás advertido que escribo con la mirada gallega sonriente, intentando no idealizar ni degradar, y que jamás soy complaciente y mucho menos autoritario. Escribo desde la creencia y la intimidad de la palabra. Debemos tener presente aquella frase emblemática de Albert Einstein: “Sólo hay dos cosas importantes: el universo y la estupidez humana. Y no estoy seguro de la primera.”

Como sabes siempre releo a los clásicos. La mayoría de los autores contemporáneos aparentan ser cultos y tener talento literario. Las empresas editoriales, periodistas, libreros y tutti cuanti ponderan libros ya endebles en el momento de ser escritos. Vivimos de ilusiones y nos armamos nuestro propio proyecto de vida y de sentir. Casi una suerte de Reader’s digest de lo obvio. El retorno a los orígenes no resulta inocente ni inocuo.

Pues bien, he releído Coriolano, de William Shakespeare. Lo recomiendo, caro y culto leedor que me sigues al abismo de lo ininteligible y lo enigmático. Vamos a recordar un poco quién fue este guerrero. Según el historiador romano Tito Livio, el patricio Gneo Marcio recibió el nombre de Coriolano por su valor demostrado en la toma de Coríolos. Con el tiempo su enfrentamiento con la plebe lo llevó al destierro. Se exilió entre los volscos. Con ellos fue ganando importancia dada la enemistad con los romanos. Coriolano fue uno de los militares que dirigieron la guerra contra Roma. Después de conquistar unas ciudades acampó a pocas millas de Roma y comenzó a acosarla. Fue rechazando cada delegación de paz que le enviaron los romanos. Fue entonces cuando se organizó una delegación de mujeres. Entre ellas estaba Veturia, madre del soldado, y Volumnia, su esposa. Cuando se presentaron en el campamento –nos sigue contando Tito Livio– Marcio Coriolano, sorprendido, quiso abrazar a su madre, a su mujer y a sus hijos. Pero Veturia lo detuvo con estas palabras: “¿Vine hacia un enemigo o hacia un hijo? ¿Pudiste destruir a la patria? Cuando mirabas desde lejos a Roma, debiste pensar que dentro de los muros estaba tu casa y tus penates, tu madre, mujer e hijos.”

Es el mismo Tito Livio el que dice que Coriolano es un enemigo del poder de los tribunos. Shakespeare, en su última tragedia, nos presenta el mundo de la política y los políticos, se adentra en sus manejos para mantener el poder y manipular a las masas.

Coriolano es un héroe de guerra que no alcanza a entender de diplomacia ni de dobleces, es un hombre orgulloso de sus convicciones que desprecia profundamente la falsedad y la hipocresía. Intenta aplicar sus virtudes marciales a la República pero choca con los intereses de la clase política y la voluntad maleable del pueblo.

Como es fácil observar, el arte da testimonio de la esencia del hombre. Cientos y cientos de páginas nos señalan el invento perverso del poder. Madres y esposas colaboran con ello. La familia es un puntal del poder, de ese prestigioso hecho social que es el Estado.
Descubrimos entonces que todo resulta ilusorio: el camino al foro, a la estupidez, a la jauría, a la infamia, a la estrechez de la manada.

La envidia, la mediocridad, la delación. Los bancos y las grandes empresas buscan la rentabilidad por encima de todo. Actúan sin escrúpulos. El viaje prometido no lleva a la tierra de promisión. El camino hacia Coriolano es también un camino interior, un itinerario del desengaño y la desilusión, un camino que paulatinamente nos precipita a la desintegración. “La tortuga caminaba taciturna siempre hacia el oeste”, escribirá el genial John Steinbeck en Las uvas de la ira.

El espejismo del supuesto bienestar es similar a la actual literatura: una escritura efímera pensada para una rentabilidad y un éxito inmediatos. A los clásicos, amigo lector, a los clásicos. Con un aliento de esperanza, de lo que aún puede ser en el abismo del ser humano. Por otra parte, tanto usted como yo, conocemos las tinieblas de la historia. Nos estamos viendo.

Carlos Penelas

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