Día de la Bandera

Día de la Bandera, 20 de junio, Manuel Belgrano, creador de la insigna patria.

Día de la Bandera

Como cada 20 de junio, desde 1820, se conmemora el paso a la inmortalidad de Manuel Belgrano, creador de la insigna por excelencia. Marcó fuerte su huella y es considerado uno de los padres de la Patría. Por este motivo, en estos días, todos los alumnos de cuarto grado de cada colegio primario de toda la Nación con orgullo prometen lealtad a ella.

Día de la Bandera

Manuel Belgrano fue abogado, economista político, funcionario público, periodista, diplomático, pionero de la educación pública, militar, y por sobre todas las cosas, un hombre fundamental para el desarrollo de nuestra querida y gran Nación.

Además, fue quien creó la escarapela para identificarnos de quienes por aquellos años nos gobernaban, y en ella ya había dispuesto los colores que nos acompañarían por el resto de nuestros días: celeste y blanco, por supuesto.

Su paso a la inmortalidad se dio el 20 de junio de 1820, en Buenos Aires, y bajo extremas condiciones de pobreza. Pero nada pudo opacar sus años de luchas y esfuerzos que marcaron el camino de la libertad y sobre todo, el sentido de pertenencia con estas tierras y los colores que conforman el cielo, para identificarnos eternamente como argentinos.

Esta celebración, pese a recordar su muerte, nos enseña a sentirnos orgullosos de nuestras raíces y aquellos logros obtenidos con tanto esfuerzo.

Diego, el 10, eterno.

¡FELIZ DIA DE LA BANDERA!

Malvinas Argentinas

El Monumento Histórico Nacional a la Bandera es una construcción símbolo de la ciudad de Rosario, en la República Argentina. Está asentado en el Parque Nacional a la Bandera, en el lugar donde el general Manuel Belgrano enarboló por primera vez la Bandera de Argentina, a orillas del río Paraná.

Fue diseñado por los arquitectos Ángel Guido y Alejandro Bustillo, y colaboraron los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. Luego se agregarían obras de Eduardo Barnes y accesorios de Pedro Cresta. Además, se recuperarían las esculturas de Lola Mora, en el espejo de agua del Pasaje Juramento.

Posee una torre de 70 m de altura con mirador en la cima, una cripta en homenaje al General Manuel Belgrano, un Patio Cívico y el Propileo, y una Urna cineraria al Soldado Desconocido (del combate de San Lorenzo). En el subsuelo del propileo se encuentra la Sala de Honor de las Banderas de América.

Soldados de la Patria: En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno: en aquel, la batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria! Señor capitán y tropa destinada por primera vez a la batería Independencia; id, posesionáos de ella, y cumplid el juramento que acabáis de hacer.

Proclama dirigida por Manuel Belgrano a su ejército al enarbolar por primera vez la bandera.

20 de Junio de 1820, fallecimiento del general Manuel Belgrano

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González (Buenos Aires, Virreinato del Perú, Imperio español, hoy República Argentina, 3 de junio de 1770 – ibíd., Provincias Unidas del Río de la Plata, 20 de junio de 1820) fue un intelectual, economista, periodista, político, abogado y militar rioplatense de destacada actuación en la actual Argentina, el Paraguay y el Alto Perú durante las dos primeras décadas del siglo xix.

Participó en la defensa de Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, en las dos Invasiones Inglesas —1806 y 1807— y promovió la emancipación de Hispanoamérica respecto de España apoyando las aspiraciones de la princesa Carlota Joaquina en la región, aunque sin éxito.

Fue uno de los principales patriotas que impulsaron la Revolución de Mayo que destituyó al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y creó la Primera Junta, que reemplazó al gobierno y que integró como vocal.

Peleó en la Guerra de Independencia de la Argentina contra los ejércitos realistas.

Fue el jefe de la expedición militar que la junta de Buenos Aires envió al Paraguay que finalizó cuando celebró el Tratado confederal entre las juntas de Asunción y Buenos Aires, en 1811.

Fue también el jefe de una de las Expediciones Libertadoras a la Banda Oriental.

En 1812 creó la bandera de Argentina en la actual ciudad de Rosario.

Como general del Ejército del Norte, tuvo a su cargo la Segunda Campaña Auxiliadora al Alto Perú, dirigiendo el Éxodo Jujeño y comandando las victorias de los revolucionarios en la batalla de Tucumán y en la de Salta, aunque después fue dos veces derrotado por los realistas.

Durante el Directorio tuvo gran influencia en el Congreso de Tucumán que declaró la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América, en 1816, proyectando vanamente el establecimiento de una monarquía constitucional dirigida por un noble Inca. Asimismo comandó las tropas nacionales que participaron en la guerra civil contra los caudillos del litoral.

La educación del pueblo fue una de sus principales preocupaciones: para ello elaboró durante su estadía en España un plan de acción con avanzadas ideas sobre la misma.

 

La efeméride recuerda al creador de la bandera argentina

La efeméride recuerda al creador de la bandera argentina, Manuel Belgrano quien murió el 20 de junio de 1820. Abogado, militar y economista, fue uno de los principales dirigentes de la Revolución de Mayo de 1810, activo impulsor de la emancipación nacional y combatiente en las guerras de la independencia.

Al frente del Ejército del Norte venció en las estratégicas batallas de Santa y Tucumán, que salvaron al gobierno revolucionario, aunque no pudo lograr el objetivo de liberar a las provincias del Alto Perú, en la actualidad, Bolivia.

Integrante de la Primera Junta de gobierno, tuvo gran influencia en el Congreso de Tucumán, donde abogó por el establecimiento de un régimen monárquico sudamericano con sede en Cusco y la coronación como soberano de un descendiente de la nobleza incaica.

Colaborador del periódico porteño Telégrafo Mercantil y del Semanario de Agricultura, Comercio e Industria, dirigido por Hipólito Vieytes, donde expuso sus ideas proteccionistas e industrialistas y fue autor de una interesante «Autobiografía».

Hombre de una honestidad ejemplar y firme carácter, principal ideólogo del sector más decidido de la Junta de Mayo, su deceso pasó inadvertido y tan sólo unos pocos deudos asistieron a su sepelio, lo que despertó las iras del padre Castañeda, única voz que en ese momento se alzó públicamente en su recuerdo y defensa.

Creó la bandera celeste y blanca al calor de la lucha independentista contra el colonialismo español, adoptando un símbolo que los diferenciaba del enemigo en el campo de batalla, el mismo que comenzó a andar la historia como el estandarte de una nueva identidad en la región que más tarde será la Nación Argentina.

La creación de la bandera

«He dispuesto para entusiasmar las tropas y a estos habitantes, que se forman todas aquellas…Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, mandé hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional», escribía Belgrano en marzo de 1812 en un parte que envió desde Rosario al Triunvirato porteño, desde donde se manejaban los resortes del poder en la región.

En ese período tan convulsionado de la lucha contra los españoles que a la vez estaba atravesada por fuertes disputas internas, Belgrano recibía la orden de asumir la jefatura del Ejército del Alto Perú, en reemplazo de Martín de Pueyrredón, por lo que debía partir hacia el norte, donde el combate se volvía difícil y sangriento.

En tanto, Belgrano que se encontraba en Rosario, desde donde partiría hacia el norte, le escribe al Triunvirato «proponiendo la creación de una escarapela que unifique a la tropa en el combate» y destaca que «en verdad resulta absurdo pelear con la misma bandera de nuestro enemigo», destaca el historiador Jorge Perrone al reproducir el parte en el «Diario de la Historia Argentina».

El gobierno accedió y por decreto estableció que «sea la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de color blanco y azul celeste».

Pocos días después Belgrano decide crear la bandera como la insignia que flamearía entre los soldados independentistas, la que izó sobre el Paraná a comienzos de marzo de ese año, por primera vez, ante la que juraron «vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será temple de la independencia y de la libertad».

Así arengó a su tropa quien pronto sería el jefe del Ejército del Norte, quien además de su misión militar venía pensando y escribiendo sobre la organización económica, política y social de una nueva sociedad, basada en los principios de la Revolución Francesa.

Pero la creación de la bandera no corrió la misma suerte que la escarapela, y al llegar la noticia a Buenos Aires de su creación e izamiento, con los tiempos que los medios de comunicación imponían en esa época, el Triunvirato se alarmó mandando «esconder la celeste y blanca» y enviándole, «supuesto que no tenga», una bandera española.

El parte porteño decía que «las demostraciones con que V.S. inflamó a la tropa de su mando, esto es, enarbolando la bandera blanca y celeste, como indicante que debe ser nuestra divisa sucesiva, las cree este gobierno de una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifica nuestras operaciones».

Pero Belgrano no se enteró en forma inmediata de la orden que le dio el gobierno de esconder la bandera, porque seguía su marcha hacia el norte, y el 25 de mayo vuelve a enarbolarla en Jujuy durante la celebración del segundo aniversario de la gesta de mayo.

Durante el acto en la Catedral jujeña se bendijo la insignia y luego se ordenó formar la tropa en la Plaza y enarbolarla sobre el Cabildo.

En esa oportunidad, el General expresó ante el ejército: «El 25 de Mayo será para siempre memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más de recordarlo cuando véis en él, por primera vez, la bandera nacional en mis manos que ya nos distingue de las demás naciones del globo», y exhortó a jurar mantenerla y defenderla.

Cuatro días después, el mismo Belgrano, orgulloso, notificó a Buenos Aires la celebración.

El 27 de junio el Triunvirato vuelve a plantearle que debe guardar la bandera y le recrimina la desobediencia, y Belgrano, que no se había enterado de aquella decisión, responde veinte días después aceptando la orden mientras le dice a su tropa que la insignia será guardada para el día de una gran victoria.

Finalmente, el 25 de julio de 1816, y tras la declaración de la Independencia, el Congreso de Tucumán dispuso por decreto adoptar como distintivo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, «la bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente», aquella creada cuatro años antes por Belgrano.

Belgrano. Una causa: construir una nación.

Lo definieron como un prócer «atormentado» que encarnó lo que en aquella época alguien llamó «la carrera de la revolución», que renunció a tener «una vida resuelta» por ser hijo de un millonario, para entregarse sin demasiada red a una causa: construir una nación.

Gabriel Di Meglio, Julia Rosemberg, Hernán Brienza, Araceli Bellota y Daniel Balmaceda, quienes abordaron la historia de Belgrano en distintos trabajos y libros, analizaron también las motivaciones que llevaron al abogado y economista a estrenar una bandera propia, celeste y blanca, frente a las tropas a su mando, el 27 de febrero de 1812.

Di Meglio, historiador, investigador del Conicet y director del Museo Histórico Nacional, remarcó que no fue casualidad que los colores elegidos coincidieran con la banda albiceleste que exhibía la familia real española -los Borbones- en los retratos del pintor Francisco de Goya, ya que «la hipótesis más aceptada de hoy en día es que tomó la franja celeste y blanca de la Orden de Carlos III», subrayó.

Balmaceda, autor del libro «Belgrano, el gran patriota argentino» (editorial Sudamericana), recordó que el creador de la bandera escribió en una carta a Rivadavia que había adoptado «esos colores que usaban otros regimientos», por el azul celeste y el blanco plata que exhibían los Húsares de Pueyrredón y el Regimiento de Patricios, lo que demuestra que «lo único que él hizo fue crear una bandera con colores que ya eran empleados» en las Provincias Unidas e incluso antes de 1810.

Ese dato concuerda con una definición sobre el mismo tema de Brienza, quien escribió un libro sobre la mayor gesta popular que comandó Belgrano durante su actuación pública -el éxodo jujeño, de agosto de 1812- pero que al referirse a la adopción del celeste y el blanco apuntó que esa combinación había sido adoptada como distintivo por el Consulado de Comercio de Buenos Aires, cuerpo colegiado creado en 1794 que pertenecía a la administración del virreinato y que funcionaba como tribunal comercial.

«La declaración de la bandera por parte de Belgrano es, en cierta forma, un acto de subversión, porque él crea la enseña en contra de las directivas de Rivadavia, y cuando éste quiere degradarlo, Belgrano insiste en su desafío al poder central de Buenos Aires, porque entroniza la bandera en la Catedral de Jujuy», repasó Brienza sobre el acto fundacional de uno de los símbolos más representativos del país, aunque en ese momento la Argentina todavía no existiera como nación independiente.

Sobre el conflicto en torno a la conveniencia o no de instaurar una bandera, Di Meglio señaló que aquel debate volvió a desnudar «las dos posiciones que había entre los revolucionarios», con un sector que proponía ganar autonomía pero sin «romper con el rey ni crear un país nuevo», mientras que los independentistas, entre los que se encontraba Belgrano, empujaban los acontecimientos para acelerar la ruptura con la monarquía española.

Bellota, que dirigió el Museo Histórico Nacional en 2013-2015 y hoy es concejal en el municipio de Moreno, coincidió con esa lectura, ya que en su opinión el cortocircuito alrededor de la bandera «puso en evidencia la fractura ideológica que existía» entre los pobladores de Buenos Aires que habían impulsado del desplazamiento del virrey y la creación de una Junta.

«Cuando a Belgrano le llegó la prohibición de que enarbole la bandera ya era tarde, porque en Jujuy él la había hecho bendecir, y esto le generó un gran enojo, que contestó con una carta», relató Bellota, autora de una decena de libros históricos, en los que analizó la participación de la mujer en los acontecimientos políticos del país.

En un sentido similar se pronunció Rosemberg, docente universitaria y autora del libro «Eva y las mujeres, historia de una irreverencia» (ed. Futurock), para quien Belgrano, a pesar de recibir una carta de Rivadavia que le ordenaba dejar en el olvido «el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente», decidió utilizarla «incluso desobedeciendo las órdenes del gobierno de Buenos Aires».

«En esa desobediencia hay algo interesante para pensar respecto de su figura», puntualizó Rosemberg, y a la hora de esbozar un perfil del prócer -cuyo nombre completo era Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y entre 1786 y 1793 había estudiado leyes y economía en las universidades españolas de Valladolid y Salamanca- lo definió como «un hombre profundamente atormentado» por las muertes que producía la guerra entre patriotas y realistas, ya que ambos bandos estaban compuestos por americanos.

«Un hombre que está dando su vida por una causa revolucionaria, también está atormentado por eso que está atravesando, porque desde la trinchera ve que es sangre americana la que se está derramando de un lado y del otro, y además los comandantes que dirigen el ejército realista son compañeros de estudio con los que había compartido un recorrido», siguió la historiadora.

Ese costo de la guerra, Belgrano lo observó primero en Paraguay, donde encabezó una campaña para extender la Revolución de Mayo por la vía de las armas, que finalmente fracasó, y luego volvió a presenciarlo al ejercer el mando del Ejército del Norte.

Esta última expedición incluyó primero una serie de victorias claves, una nueva desobediencia a Buenos Aires -le habían ordenado retroceder a Córdoba pero decidió dar batalla en Tucumán- y finalmente dos derrotas, ya en la actual Bolivia, entonces Alto Perú: Vilcapugio y Ayohuma.

Su falta de experiencia militar, su modos de hombre urbano y hasta en algún caso el timbre de su voz, le granjearon el desdén e incluso actos de irreverencia por parte de alguno de sus oficiales, como ocurrió con Manuel Dorrego en un contrapunto que se hizo bastante popular y que relataron varios historiadores.

«Belgrano no era muy respetado por sus pares, era considerado un ingenuo, con poco conocimiento de la guerra, hasta lo tenían como un poco zonzo», contó Brienza sobre la experiencia castrense del graduado en leyes y economía.

Esas tensiones se profundizaron debido a que el creador de la bandera cometió «un montón de errores», como afirmó Di Meglio, aunque en otros ámbitos, agregó, «las cosas le salieron muy bien», y eso fue el resultado de «haber estado en todas, haber hecho de todo» con un sacrificio y una disposición propios de «un personaje representativo de la intensidad revolucionaria de la época», planteó el historiador.

«Belgrano estaba en la acción: tenía un montón de enemigos, tenía gente que lo quería, y a pesar de tener la vida resuelta, dejó eso de lado y se volvió un político, diríamos hoy, y como político también tuvo que asumir la función militar, y dedicó toda su vida a esa causa revolucionaria en la que creyó, sobre todo en los últimos diez años hasta su muerte (entre 1810 y 1820), que fueron súper intensos», analizó Di Meglio.

Su trayectoria, que comenzó como un funcionario del virreinato, siguió como organizador de la Revolución de Mayo y luego como jefe militar de campañas que buscaban frenar la reacción realista, hizo que en los años siguientes a su muerte -1821,1822- se organizaran homenajes en su nombre en los que, resaltó Balmaceda, «se escucharon grandes discursos evocando su figura pero a nadie se le ocurrió mencionar que era el creador de la bandera».

«Por entonces ese aspecto no lo tomaron como importante», comentó Balmaceda.

De hecho, para Belgrano, la introducción de un estandarte había estado motorizada por cuestiones prácticas, vinculadas a la organización de la tropa, al menos en un primer momento.

Recién a fines de julio de 1816, luego de la declaración de la independencia, el Congreso de Tucumán oficializó el uso de aquella enseña hecha a las apuradas y por necesidad, que -paradójicamente- se había inspirado en una orden al mérito instaurada por la realeza española y que combinaba dos franjas azul claro y una de color blanco, el plata americano.