El Café de Hansen surgió en la segunda mitad del siglo XIX.

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El cafe de Hansen surgió en la segunda mitad del siglo XIX, como un punto concurrido en el que se desarrolló la música ciudadana, a partir de su popularidad entre hombres y mujeres de dudosa reputación y
“niños bien” aventureros, entre otros personajes de la época.
El local fue demolido en 1916 cuando se imponían nuevos estilos en locales de consumo de alcohol y en el lugar se abrió la calle Belisario Roldán.

El recuerdo en la cultura popular fue reforzado a través de la pelicula “Los muchachos de antes no usaban gomina”, de 1937, que transcurría en el bar y tenía como uno de los principales personajes a
la mítica “Rubia Mireya”.

Café de Hansen, una de las cunas del tango en la Ciudad. Funcionó entre 1877 y 1912 y aparece nombrado en tangos y películas. La usina,
construida en 1883 por orden de Sarmiento, era para abastecer al Parque Tres de Febrero.
Debajo de unos 50 centímetros de tierra continúa oculto el piso de uno de los reductos más célebres de la Ciudad. En el cruce de las avenidas
Figueroa Alcorta y Sarmiento, frente al Planetario, un grupo de arqueólogos descubrió hace unos años los restos del Café de Hansen, inaugurado en 1877 y considerado como una de las cunas del tango, que
se terminó de masificar en 1890. Allí, según describen algunas crónicas de la época, en las noches de milonga se podía ver a “la rubia Mireya”, la que popularizaron Manuel Romero y Francisco Canaro
en el tango “Tiempos viejos”. Es el mismo café en el que
se prohibió tocar y bailar la milonga “El esquinazo”, porque los parroquianos seguían el ritmo golpeando las copas con los cubiertos:
“Nada me importa de tu amor, golpea nomás, el corazón me dijo. Que tu amor fue una farsa, aunque juraste y juraste que eras mía”.

Pese a su popularidad el café no se salvó de la picota y fue demolido por orden del intendente Joaquín S. de Anchorena en 1912. Así,
buscando ampliar los accesos hacia el velódromo, el intendente terminó por derribar un café tan pródigo en leyendas y mitos como en contradicciones.
Es que historiadores, arqueólogos, cronistas y aún testigos de la época no logran ponerse de acuerdo sobre quiénes frecuentaban el café
y qué cosas sucedieron en la casona. Enrique Cadícamo lo describió como “un salón de baile, concurrido por gente calavera de diferentes
rangos. Era un ambiente bravo, pero muy divertido”. El compositor, uno de los preferidos de Carlos Gardel, delineó un perfil del lugar casi como si lo hubiera conocido. Pero Cadícamo nació en 1900. ¿Habrá ido antes de su demolición, con menos de doce años de edad, o transmitió
lo que alguien le contó?
Otros aseguran que el lugar era frecuentado por la clase alta de Buenos Aires y que incluso no se bailaba tango porque estaba prohibido, como en todos los sitios públicos por aquellas épocas.

Lo cierto es que el café tuvo dos dueños que dejaron su impronta: “El
propietario original, Juan Hansen, transformó la vivienda que se cree que fue una de las que tuvo Juan Manuel de Rosas en Palermo. Se dice que los parroquianos bailaban, sotto voce, en el patio trasero”. El
caserón le daba la espalda a Figueroa Alcorta y desde una galería y sus terrazas se podía ver, hacia el frente, el Río de la Plata. Para 1892 cambió de dueño y, ya con el tango instalado como un ritmo
popular, hicieron su aparición orquestas, músicos y bailarines.

Hoy sólo pueden verse, los restos de una botella y un pequeño trozo del piso de ladrillos:

Muy cerca de donde estaba el Café de Hansen el intendente de Buenos Aires durante la dictadura, Osvaldo Cacciatore, mandó a construir una fuente que será reemplazada por un escenario dedicado al tango.
A metros del Café de Hansen, cruzando Figueroa Alcorta primero y Adolfo Berro después, el mismo equipo de arqueólogos halló una red de túneles y sótanos que aún están en recuperación. Los túneles son de 1883 y eran parte de la infraestructura de la que sería la primer usina eléctrica de la Ciudad. La orden de construirla fue de Domingo F. Sarmiento, cuando era director del Parque Tres de Febrero.
“Por entonces no había un sistema centralizado de electricidad. Esta usina
sirvió para iluminar el parque, inaugurado dos años después, y muestra la envergadura de la creación del paisajista francés Carlos Thays”.

Los túneles tienen alrededor de un metro de diámetro y están
revestidos con ladrillos, sostenidos por vigas de hierro. Y en medio de la tierra, los escombros y la humedad, los antropólogos auguran más
descubrimientos.

Ubicados debajo de la sede del MOA -Monumentos y Obras de Arte, en donde se restauran y reparan los monumentos de la Ciudad- la idea es que los túneles puedan ser visitados por la gente. Pero los trabajos
recién comienzan. Antes habrá que poner en valor los edificios que están sobre los túneles, ahora prácticamente en ruinas y abandonados,
pese a que allí hay gente trabajando y que ocupan un lugar preferencial de la Ciudad, a metros del Jardín Japonés. De hecho es
casi imposible ver la sede del MOA desde Libertador o desde Alcorta y menos imaginar que allí se trabaja en la restauración de obras de
arte.

Los túneles luego pasaron a transformarse en un depósito de acetileno y querosene y para 1956 quedaron inutilizados.

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