En busca de la tranquilidad.

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Por Gonzalo Pereyra Saez, autor de ‘En busca de la tranquilidad’

Muchas personas están convencidas de que no pueden lograr cultivar la tranquilidad debido al ritmo de vida que llevan: demasiadas horas de trabajo, la crianza de los hijos, la rutina que no deja tiempo para nada, las demandas de la pareja, los quehaceres para la familia, y demás impedimentos de la cotidianidad que funcionan a modo de estresor en casi todos los días de la semana.

Sin embargo, hay que comprender una idea que considero es esencial: la verdadera tranquilidad no se alcanza necesariamente en un estado de aislamiento y sin estímulos que puedan ocasionarnos un determinado monto de estrés. Es claro que la mayoría del tiempo estamos resolviendo problemas y afrontando la vida que en muchas circunstancias nos demanda un gasto de energía física y mental. El cansancio y el agotamiento pueden ser una moneda corriente, y los desafíos no son ajenos a la existencia de ningún ser humano.

Es decir, el estrés es parte de nuestra naturaleza, y resulta desagradable de experimentar, sin embargo, a pesar de ello, una cuota de calma puede acompañarnos, y es esa la verdadera tranquilidad, la que podemos advertir aun en esos momentos en que todo parece empujarnos a la inestabilidad y el desorden interno.

Sentir estrés, o cualquier tipo de emoción negativa como la ansiedad, el enojo o la angustia, no deben igualarse a catástrofe y colapso. Aunque haya agitación emocional, y no siempre podamos sentirnos a gusto, aun en aquellos momentos de profundo padecimiento y confusión, podemos preservar un monto de tranquilidad… y es esa la tranquilidad que se desprende de saber que nuestra vida anímica puede sufrir altibajos, pero que eso no implica un desastre para nosotros. Es la tranquilidad de saber que las emociones son pasajeras,
y que en algún momento el dolor que me causan cesará.

“No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear”, eran las palabras de un cartel que llamó la atención de Jon Kabat-Zinn, y que él asegura reflejan la esencia del Mindfulness. Las olas representan la ansiedad, el estrés, el dolor, los pensamientos negativos, el enojo, los impulsos o la tristeza. No podemos evitar que aparezcan, pero sí podemos aprender a utilizar herramientas para que no se apoderen de toda nuestra vida. La forma en que lidiemos con las olas determinará si acabaremos ahogados, o si podremos mantener la calma necesaria para surfear.

Cuando aceptamos que la incomodidad es parte de nuestra naturaleza, paradójicamente
podemos liberarnos de todo el malestar que genera nuestra resistencia a que las cosas sean como son. Ese pequeño monto de tranquilidad interna que se sostiene pese a las situaciones que nos toca atravesar, nos volverá conscientes de la libertad que tenemos para afrontar el malestar.
¿Qué actitudes elegiremos para responder a lo que fuese que estemos transitando en ese momento?
La única forma de aprovechar nuestra existencia es retornando al momento presente, independientemente de su comodidad o incomodidad, y la libertad se actualiza momento a momento.

La verdadera tranquilidad se encuentra a pesar del estrés diario, y la libertad no se pierde aunque hoy nos toque sufrir. La opción para liberarnos del dolor que genera nuestra propia mente y reacción ante los diferentes acontecimientos, siempre nos acompaña; ¡y es que es ese dolor en realidad el que determina si tendremos salud y tranquilidad! Por eso es tan importante darnos cuenta de que todo aquello que hagamos automáticamente ante el estrés puede ocasionarnos más estrés. Cuando aprendemos a ser conscientes de nuestra forma de
proceder (pensar, sentir y actuar) ante las circunstancias adversas de la vida, podemos regular nuestra reacción, eligiendo voluntariosamente la forma en que decidiremos afrontar lo que nos toque afrontar.

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