En Palermo, Sigmund Freud.

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La ciudad de Buenos Aires se caracteriza como ninguna otra en ostentar esos monumentos planos de asfalto que honran a cuanto más o menos ignoto uniformado en estas pampas ha sido: sus calles y avenidas. Bajo calzadas y aceras yacen artistas, científicos, docentes y ciudadanos de a pie, civiles al fin y al cabo, aplastados por las botas de la nomenclatura catastral con la que los dictadores consuetudinarios procuran perpetuarse a contramano de la Historia.

Por ello es siempre bienvenido que una arteria porteña pase a designarse con la evocación de alguien que haya utilizado para expresarse una herramienta distinta del sable. No es el caso precisamente de la calle (avenida, en rigor) Medrano que recuerda al abogado que abrió la sesiones del Congreso de Tucumán de 1816. De todas maneras, la memoria del prócer de modo alguno padecerá resentimiento si se entera que apenas unos metros de su asfáltica remembranza pasan bajo la advocación del enorme pensador que descubrió el inconsciente, signando en cierta manera toda una perspectiva cultural que se prolonga hasta hoy. Más aún en un país, una ciudad y un barrio que ostenta el notable récord de contar con la mayor densidad de profesionales psi por centímetro cuadrado en todo el ancho orbe.



Mediante argumentos más ingeniosos que históricos, prácticos y/o conectados con el principio de realidad barrial, un par de diputados ciudadanos se aviene a proponer que el tramo de la avenida Medrano que va de Charcas (aquella primigenia universidad latinoamericana) a Masilla (el asesino de indios ranqueles, a la sazón venerado escritor) lleve el nombre del fundador del psicoanálisis. Nadie duda que, más que a la reafirmación cultural del saber freudiano en el barrio, la medida procura colaborar al oportunista proselitismo de los funcionarios. En Palermo, Sigmund Freud de manera alguna clama desde el Averno por ser reivindicado.

Más aún cuando la iniciativa de los legisladores porteños, con ese pase, pasa a legitimar la ilegal apropiación de un tramo de la calle por obra de la Iglesia de Roma. En efecto, la porción de Mansilla que se desliza(ba) frente a la iglesia de Guadalupe ha sido recientemente clausurada por la extensión del atrio del tempo, donde los representantes del vaticano realizan sus bodas. Si bien los religiosos católicos se han encargado en esparcir entre su feligresía que jamás han solicitado al Gobierno de la Ciudad que se les entregue una calle para su uso privado y exclusivo, tampoco es menos cierto que ningún gesto han realizado a fin de rechazar un privilegio que, al fin y al cabo, equivale a aceptar el obsequio de mercadería robada.

Hurto perpetrado a los vecinos de Palermo a favor de una congregación que, nunca conforme con asir una piedra al cuello de quienes disienten con sus preceptos, bendecir a cuanto genocida se haya cruzado en su proyecto, fomentar la muerte de embarazadas que desean interrumpir embarazos indeseados, difundir las enfermedades de transimisión sexual mediante la satanización del preservativo y apañar a cuantos Grassi en este mundo han sido, se monta sobre una medida antidemocrática e inconsulta como ha sido el cercenamiento de una calle tradicional a un barrio que no lo es menos.
Tampoco es extraña en estas playas la rauda conversión de los demócratas en cómplices del latrocinio toda vez que de algún modo ejecutan el pasaje identificatorio con asesinos y ladrones.

Es por eso que el barrio de Palermo en su conjunto ganaría en el improbable futuro en el que se le restituyera una calle robada a los vecinos y entonces, sí, se impusiera el nombre de Sigmund Freud no solo al tramo de marras sino que se extendiera hacia Soler (militar sanmartiniano) o hasta el pasaje Del Signo (misteriosa denominación proclive a la asociación astrológica) que alguna vez podrá alguna vez llamarse Jaques Lacan, Enrique Pichón Riviére o, hasta, Asociación Libre.

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