La huella invisible de las poblaciones afro descendientes.

A principios del siglo XIX, se estimaba que el 35 % de la población de Buenos Aires era de origen africano. Este grupo que entonces era tan numeroso no perduró hasta nuestros días, como sucedió en otros países. Sin embargo como cultura y etnia, generó sus propias costumbres, creencias, construcciones, vestimentas, bailes, música. Las razones hay que buscarlas en nuestro devenir y reconoce causas ideológicas, políticas y sociales pero lo concreto es que sus huellas comenzaron a hacerse imperceptibles a la mirada del resto.

Los relatos oficiales en las etapas de conformación del Estado-Nación y las construcciones culturales posteriores a la gran inmigración dieron forma a un imaginario de población diversa y predominantemente europea de origen que no los incluyó. Si bien el proceso histórico los desterritorializó y relegó, la cultura afro es parte de nuestra identidad, es un componente imperceptible que ha dejado pocas huellas materiales, pero una marca indeleble en la memoria colectiva.

Los africanos fueron traídos como mano de obra esclava. Ellos y sus descendientes siguieron siéndolo hasta avanzado el siglo XIX. En el Río de la Plata la introducción de esclavos se prolongó hasta 1830 y la abolición de la esclavitud se completó en 1846 en el Uruguay y en 1853 en las Provincias Unidas.

El tráfico de esclavos en los territorios del Río de la Plata

La esclavitud y el tráfico de esclavos fue una trágica realidad durante casi cuatro siglos en los territorios del Río de la Plata y debieron pasar 43 años desde nuestra emancipación, para que la esclavitud fuera desterrada de nuestra patria. Introducida en el Río de la Plata a consecuencia de una petición elevada al rey por el gobernador MANUEL DE FRÍAS, quien expuso a la Corona que, faltando en el país personal para la labranza, se hacía necesaria la introducción de negros esclavos para remediar el inconveniente, la esclavitud, a partir de entonces, fue un drama que ensombreció a estas tierras y un comercio infamante se desarrolló impune a la vista de gobernantes y muchas veces estimulado por éstos. España, Portugal, Holanda e Inglaterra los principales protagonistas de esta actividad criminal, comenzaron a competir brutalmente y pueblos fricanos enteros fueron diexmados para satisfacer sus ansias de riqueza.

Los principales “mercados de venta de esclavos” en la Ciudad estuvieron en la zona de Retiro y del Parque Lezama. Aunque en 1813 hubo avances con la declaración de la libertad de vientres (determinaba que los hijos de esclavos ya nacían libres), la abolición total en la Argentina recién se logró con la Constitución Nacional de 1853. De todas maneras, 131 años después de su realización, la obra de Francisco Cafferata sigue allí en un sector del Parque Tres de Febrero, reflejando aquella situación que vivieron y sufrieron miles de personas.

Marcados a fuego en la piel estaban las huellas del carimbado

Los primeros esclavos negros fueron traídos a Buenos Aires en 1587, apenas siete años después de la segunda fundación. Y se estima que hacia fines del siglo XVIII el 35% de su población era de esa raza. Sometidos a los peores trabajos, en la piel de muchos estaban las huellas del carimbado. Es decir: el herrado a fuego con la marca del “importador” y luego la del “propietario”.









Una mercancía

La esclavitud, como institución jurídica, es una situación en la cual una persona es propiedad de otra. Así entendida, constituye una forma particular de relación de producción, propia de un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en la evolución de la economía. Carece de libertad y derechos propios por estar sometido de manera absoluta a la voluntad y el dominio de otra persona que es su dueña y que puede comprarlo o venderlo como si fuera una mercancía.

La escultura, del tamaño real de una figura humana, fue realizada por Francisco Cafferata, un artista nacido el 28 de febrero de 1861 en La Boca, un barrio por entonces con mayoría de inmigrantes italianos, como sus padres. Cafferata estudió dibujo con Julio Laguens y luego, en su adolescencia, vivió ocho años en Florencia, donde se formó con los escultores Urbano Lucchesi y Augusto Pasaglia. Su vida tuvo un trágico final: se suicidó el 28 de noviembre de 1890.

Pero entre sus muchas obras dejó “La esclavitud”, que realizó cuando tenía 20 años. Se hizo, como está grabado en su base, en la “Fundición de A. Jonis — Calle Malavia (sic) 434 — Bs. As.”. Y en 1882 fue exhibida y premiada con la medalla de oro en la Exposición Continental desarrollada en la Capital. El municipio porteño la compró en 1905.

La figura (un hombre de raza negra, desnudo) muestra sus muñecas encadenadas y aparece caída, en una actitud de total resignación. El equilibrio del trabajo, realizado en bronce, está rematado por la cabeza, de una gran belleza, y que merece apreciarse desde todos los ángulos. El artista consideró que aquella doliente imagen del esclavo no debía estar de pie sino abatida y llena de impotencia, reflejando su situación de persona vencida.

Los principales “mercados de venta de esclavos” en la Ciudad estuvieron en la zona de Retiro y del Parque Lezama. Aunque en 1813 hubo avances con la declaración de la libertad de vientres (determinaba que los hijos de esclavos ya nacían libres), la abolición total en la Argentina recién se logró con la Constitución Nacional de 1853. De todas maneras, 131 años después de su realización, la obra de Francisco Cafferata sigue allí en un sector del Parque Tres de Febrero, reflejando aquella situación que vivieron y sufrieron miles de personas.

Diferente es el símbolo que, cruzando la avenida Berro, se encuentra en la plaza Irán. Es la réplica de una gran columna como las que sostenían el techo de la Apadana de Persépolis, que era la sala de audiencias de los emperadores de la antigua Persia. Aquel edificio se comenzó a construir, por pedido de Darío I El Grande, cerca del 512 a. C. El capitel de la de Buenos Aires, a 20 metros de altura, está rematado por dos grandes cabezas de buey. Esta columna, realizada en piedra, fue donada por Irán a la Municipalidad de Buenos Aires el 12 de mayo de 1965, aunque recién se inauguró una década después. Pero esa es otra historia.

Francisco Cafferata (Buenos Aires, 28 de febrero de 1861 – 28 de noviembre de 1890), es considerado el primer escultor argentino y autor de varias obras destacadas.

Biografía
Nació en Buenos Aires el 28 de febrero de 1861, en el barrio de La Boca y era hijo de inmigrantes italianos.

Su primer maestro de dibujo fue Julio Laguens. En 1877 viajó a Europa y se instaló ocho años en Florencia formándose junto a los escultores Augusto Passaglia y Urbano Lucchesi. Expuso en el salón de Adriano Rossi su retrato del general Manuel Belgrano (1882), que obsequió al presidente Julio Argentino Roca, y realizó su escultura La Esclavitud (también conocida como El Esclavo), que actualmente se encuentra en los bosques de Palermo. Esta obra fue exhibida y premiada con medalla de oro en la Exposición Continental de 1882 en Buenos Aires. Al volver a Buenos Aires en 1885 trajo fundido su Monumento al Almirante Guillermo Brown, que fue inaugurado el 2 de febrero de 1886 en la localidad de Adrogué, y es considerada la primera escultura pública realizada por un escultor argentino. También realizó otros retratos conmemorativos, como los bustos de Bartolomé Mitre, Mariano Moreno y Bernandino Rivadavia (este se fundió tanto para la provincia de Salta como para la de Tucumán), el poeta José de Espronceda y el pintor José Bouchet.

En 1887 Cafferata contribuyó con 3 obras a la exposición organizada por las Damas de Misericordia en la Bolsa de Comercio.

El 28 de noviembre de 1890 se suicidó. Su obra Falucho (que había ganado en un concurso) quedó inconclusa, siendo terminada, con varias modificaciones, por su condiscípulo Lucio Correa Morales.

Los miembros del Ateneo le otorgaron una medalla póstuma en 1894.

En el Museo Nacional de Bellas Artes de la Argentina hay un retrato de él realizado por Augusto Ballerini, y también se encuentran sus obras La niñez de Giotto y Cabeza de esclavo.

Además de las nombradas, se destacó entre sus obras Cabeza de mulato, bronce del Museo Castagnino de Rosario.

Otras obras suyas integran el patrimonio de los museos Histórico Nacional, de Museo de Bellas Artes de La Boca Benito Quinquela Martín y Provincial de Bellas Artes de Mendoza.

Obras
La esclavitud
Estatuas de
Almirante Guillermo Brown (1886), bronce, Plaza Almirante Brown, Adrogué. Provincia de Buenos Aires.
Bernardino Rivadavia
Mariano Moreno
Juan Lavalle

Bustos:
Domingo Faustino Sarmiento
Bartolomé Mitre
La mulata
El mulato
José Espronceda
José Bouchet
La niñez de Giotto
Cabeza de esclavo
Monumento a José Eusebio Colombres
Cabeza de la República Argentina
El soldado argentino
Figuras funerarias:
Meditación
El dolor
Falucho (Proyecto de Cafferata). Finalmente la obra la realizó Correa Morales sobre bocetos propios.

SAN BENITO

El culto a San Benito de Palermo se realiza con mayor fervor en la Costa Oriental del Lago y en el Sur del Lago, en el Zulia, donde alcanza su máximo esplendor por la multitudinaria participación del pueblo y la esmerada elaboración del ritual.

Sus fiestas patronales tienen su momento culminante los días 27 y 28 de diciembre, y finalizan el 6 de enero.
San Benito, Patrón de Palermo, también conocido como el Moro, era hijo de negros esclavos manumisos. Nació entre 1524 y 1525 en el pueblo siciliano de San Fratello, y murió a finales del siglo XVI (1589) en la ciudad de Palermo.

Su culto se extiende actualmente por las comunidades de los descendientes de esclavos negros americanos.
Los Chimbángueles, expresión músico teatral popular con que se ofrenda al santo negro, posiblemente sean una síntesis producida en tierras venezolanas de antiguas culturas africanas de diversas y desconocidas procedencias.

Las culturas – Ewe Fon, de Dahomey (Togo, Benin), Efik, y Efok (Nigeria) e Imbangala (Angola), trasplantadas a esta región por el régimen esclavista, logran ensamblar en este rito, colmado de música frenética y danza, una manifestación auténtica que irradió la fuerza y la energía de esta tradición desde la Costa Oriental del Lago a varios lugares de Venezuela y Colombia.

Bandera que acompaña las procesiones de San Benito, su color azul es un sincretismo con la deidad Ajé, señor de las aguas azules
También, entre los Efik y Efok al sur de Nigeria, las mujeres rinden culto a una divinidad llamada Ajé, a la que exclaman alebant, alebant. Igualmente en los Ashanti, en Ghana, cada veintiún días celebraban fiestas a los Adaé o deidades.

Estos antiguos ritos africanos, de carácter inicialmente masculino, los relacionan algunos ancianos con los cantos y bailes devocionales -gaitas de tambora- que en honor a San Benito se realizan en la COL. Parte del canto chimbánguele es Ajé, Ajé San Benito, Ajé, que se entona al ritmo de los cueros.

Las gaitas de tambora, que se mantienen hasta nuestros días con múltiples variaciones, son ejecutadas esencialmente por las mujeres de esos pueblos en la madrugada del 27 de diciembre, día de San Benito. Sus ritmos, venidos de los ancestros africanos, evolucionaron, siguieron mezclándose e influyeron decisivamente – a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en los antiguos parrandones zulianos, que han derivado en la gaita zuliana moderna.
La exposición de los Chimbángueles, que ahora presenta el Museo de América de Madrid en colaboración con la Embajada de Venezuela en España, trata de aproximar fotográficamente el complejo mundo de estos rituales en torno al San Benito de Palermo, en Venezuela.
A través de un registro fotográfico, realizado durante ocho años por el fotógrafo venezolano Luis Trujillo en los pueblos de Bobures, El Batey, Las Dolores y Ceuta, en el sur del Lago de Maracaibo, se intenta mostrar que los Chimbángueles no solo nos revelan un acontecimiento ritual, sino también una impresión estética y el testimonio de la cultura afroamericana.
Todas las comunidades visitadas sorprenden con una serie de golpes de tambor y de bailes, o con sus propias cadencias musicales de profundos significados, que exaltan hasta el paroxismo la veneración sacra, y actualmente continúan siendo el instrumento de cohesión y resistencia frente a la aculturación que la globalización impone.
En el Estado Trujillo también es venerado con mucho fervor al santo negro el 25 de Diciembre en Betijoque y localidades como Pampán y Monay. En los últimos años se ha convertido en punto de encuentro para festejar las fiestas del santo negro en las fechas 22 y 31 enero, cuando convergen los diferentes santos de los municipios del Zulia y el estado Trujillo, llegando a reunir hasta 10 chimbangles.
En el municipio Motatán, de este mismo estado se realiza cada año la popular romería, como corolario de la celebración del Aniversario de la localidad (2 de Septiembre), y durante la misma agrupaciones tamboreras de todo el estado y de regiones vecinas se dan cita y realizan un recorrido por las principales calles. Generalmente participan unas diez agrupaciones, pero se han dado casos donde este número se ha doblado.

La veneración a San Benito en esta población incluye además el toque de tambor en otras fechas, como en el propio aniversario, celebraciones aniversarias en los sectores. Existe una capilla denominada San Benito y en las iglesias católicas se incluye un altar a este Santo. También se consigue la imagen de este Santo en el Escudo de Armas oficial del Municipio, e igualmente es mencionado en la letra del Himno Oficial.









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