La vid como jugador global

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Extracto del libro “Curso completo sobre vinos”, de Beat Koelliker y Michael W. Pleitgen, de Editorial Albatros (www.albatros.com.ar)

Aun si las primeras uvas quizás fueron convertidas en vino en algún lugar del Oriente Medio, el origen de nuestro vino se encuentra en la Europa de los romanos y de los griegos, así como en los países que directamente han aprendido de ellos: Italia, Francia y España. Los tres tienen una tradición propia de cultivo de vino de más de 2.500 años.

Actualmente, en Francia aún crecen vinos en cuyos estilos y calidad se miden los bodegueros de todo el mundo. Con su elevada creatividad, en los últimos años Italia se ha unido a este estándar y además puede asumir para sí el derecho de que en su tierra ya había vides cuando los galos aún tomaban cerveza.

España posee la zona de vides más grande, pero sólo alcanza el tercer lugar en el volumen de producción. El motivo: las distancias entre las vides son enormes, por lo tanto la cosecha es inferior; las vides de España también tienen en promedio mucha edad y por consiguiente son menos productivas. Sólo de estos tres países proviene más de la mitad del vino mundial. Luego, les sigue Alemania con 10 millones de hectolitros de vino, pero recién en el lugar seis de la escala. En este país se produce tanto vino como en Bordelais.

En otras partes del mundo

Desde la época de los descubrimientos, la civilización y la cultura europeas se han extendido por sobre los límites de Europa y en su equipaje siempre llevaban la vid. Así, el cultivo del vino se desparramó en las zonas climáticas templadas de todo el planeta en un cinturón entre los grados 30 y 50 de latitud norte y sur. Dentro de estos cinturones, crecen vides en cada continente y prácticamente en cada país.

Si primero fueron los emigrantes y los conquistadores los que cultivaban las vides, ahora son los aficionados de todo el mundo los que buscan regiones nuevas con suelos y condiciones interesantes que le agregan otros colores al ya colorido abanico del universo del vino. Así, la variedad de estilos se ha enriquecido más en los últimos 40 años que en los dos milenios anteriores. Muchos de estos países han podido desarrollar en este tiempo una tradición vitivinícola propia e independiente de sus raíces europeas.

La Argentina es reconocida por su calidad de vinos, principalmente por su cepa emblemática: la Malbec y por la Torrontés, a partir de las cuales se obtienen vinos de alta calidad, que compiten con otras regiones vitivinícolas mundiales. Sus vinos se diferencian en el mundo por una gran concentración de aromas frutales y por su personalidad obtenida en los diferentes terruños.

El cultivo de la vid, traído por los jesuitas en 1557, recién fue tomando empuje con la llegada de inmigrantes a fines del siglo XIX, entre ellos, principalmente los italianos y, en segundo lugar, los españoles y alemanes.

Sin embargo, el cultivo de vid se profesionalizó recién en el último cuarto del siglo pasado y tuvo su boom en la última década con el reequipamiento de casi todas las bodegas, que originó la difusión en todo el mundo. Pese a que el mayor aporte estuvo en manos de los italianos, las cepas traídas son, en su mayoría, oriundas de Francia, quizá porque eran franceses los vinos que bebían las clases acomodadas argentinas en los albores del siglo XIX.

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