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Los diccionarios y el habla

Los diccionarios y el habla, cómo construir y dar cuenta de nuevas realidades

Brackets, cookie y aquaplaning ahora son palabras del español junto a perreo o machirulo según la última actualización del Diccionario de la Lengua Española dada a conocer por la RAE días atrás, incorporaciones que reactualizan el debate respecto a cuán posible es dar cuenta de la versatilidad con que los hablantes generan nuevas palabras o dotan a viejos términos de nuevos sentidos en ese intento de hacer más eficaz la comunicación: ¿puede un diccionario funcionar como una foto de época?

Si bien «no existe un diccionario oficial» ni existe tal cosa como una «oficialidad de la lengua», dirán lingüistas y lexicógrafos argentinos consultados por Télam, porque «la lengua no está en los diccionarios sino que es algo propio de las comunidades y los diccionarios van siempre detrás, recolectando el habla y delineando apenas representaciones parciales por motivos técnicos y metodológicos pero también ideológicos, las palabras que año a año la Real Academia Española (RAE) incorpora a su corpus pueden hablar de manera tangencial de una época.

¿Cuál es el panorama que delinean las innovaciones presentadas en esta ocasión donde se validaron más de 4.000 entre palabras nuevas, correcciones y supresiones? En principio «algo llamativo», señala Andreína Adelstein, lingüista y académica de número de la Academia Argentina de Letras: que ese listado incluye «préstamos», términos tomados del inglés, para los que «antes había una gran resistencia aunque fueran de altísima frecuencia en el uso actual del español».

Antes, grafica Adelstein, «si incluían voces en inglés trataban de corregirles la ortografía, escribían whisky con ‘g’ y diéresis en la ‘u’, pero ahora las incluyen sin modificaciones más allá de la cursiva».

‘VAR’ es una de esas voces sumadas en la actualización 23.7 del Diccionario de la Lengua Española (DLE), el sistema de Video Assistant Referee al que se recurre para asistir el arbitraje de deportes tan populares y masivos como el fútbol.

¿Los motivos de estas incorporaciones? Podría ser que ahora hay una academia de español en Estados Unidos, donde más de 62 millones de personas hablan esa lengua y el 18,7 % de la población total del país es de origen hispano.

Se trata de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) que, como todas las academias americanas, 24 en total, envía información (neologismos) a la Real Academia Española (RAE), que sigue centralizando el proceso, que luego les devuelve con impresiones que deben ser vueltas a actualizar (definiciones, acepciones), un proceso complejo y engorroso pero, sobre todo, contra toda urgencia.

«Los diccionarios esperan a que las palabras se difundan en el uso para poder incorporarlas, porque si no incluirían neologismos efímeros -explica Adelstein, además investigadora de Conicet y docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento-, ‘coronabirra’ es un ejemplo, se usó mucho de manera graciosa y muy extendida durante la pandemia de coronavirus pero no subsistió».

Contra los ‘patovicas’ del habla

«Habría que recordar que los diccionarios no son documentos prescriptivos de la lengua, o no deberían serlo, sino que recogen su uso, ése es el objetivo, recoger lo que la gente habla, palabras que en algún momento se consideran neologismos porque son nuevas y que en algún otro momento se instalan en el uso popular y pasan a ser parte del patrimonio de la lengua», postula la lingüista Claudia Fernández.

El hecho de que el DLE incorpore términos, «lo único que significa es eso -asevera Fernández-, palabras que en principio fueron innovaciones ahora instaladas en el uso social.

«La sociedad entera es la que decide qué palabras se instalan o no en un diccionario, qué palabras se hablan en mayoría o en minoría, qué palabras adopta o no -agrega Fernández-. Son otras las instituciones que toman a los diccionarios como elementos prescriptivos y muchas personas, tal vez el común de la gente, cree que si lo dice el diccionario está bien, cuando lo que está bien es si la gente lo dice».

«Hay hablantes que usan palabras y los diccionarios van atrás de ese uso de la mejor manera que pueden, aspirando a reflejarlo a la perfección, aunque ese ideal nunca se alcance, siempre esté unos pasos más adelante y a lo máximo sólo se pueda aspirar a seguir acercándose todo el tiempo -añade el lingüista, lexicógrafo y divulgador Santiago Kalinowski-, en ese esfuerzo está la labor de hacer diccionarios».

Por su parte, Adelstein advierte: «no hay diccionarios oficiales, de hecho, este es sólo un tipo de diccionario, académico y corporativo, realizado por la RAE en colaboración con las academias de cada país, americanas en general; porque hay otros, enciclopédicos por ejemplo».

«La lengua es algo que no está en los diccionarios, es algo propio de las comunidades y los diccionarios son siempre representaciones parciales, hay muchas palabras que por diversos motivos quedan fuera, no sólo ideológicas», asevera la lingüista.

«Se tiende a creer que lo que dice la academia es correcto y lo otro no, pero hay que relativizar esto, en el DLE hay un montón de argentinismos o voces propias pero no está ni ‘bondi’ ni ‘pichicho’, palabras del léxico familiar o coloquial de los argentinos», conjura.

Los tiempos de la lexicografía

Ocurre que, como bien resume Kalinowski, «los tiempos de la lexicografía no son los tiempos de la urgencia, porque eso distorsionaría muy notablemente el retrato, la caracterización que el diccionario busca hacer del repertorio léxico de los hablantes».

El lingüista ejemplifica con «la famosa palabra de las 70.000 polémicas que no tienen sentido en el siglo XXI, ‘presidenta’, incorporada desde el siglo XIX en el diccionario de manera tardía, porque ‘presidenta’ ya figuraba como ‘la que preside’ en documentaciones del siglo XV».

O el verbo ‘independizarse’, «que la RAE resistió más de un siglo a su incorporación».

Adelstein indica que esos ‘delays’ son determinados por múltiples factores: técnicos, metodológicos e ideológicos; al Diccionario de la Lengua Española se le pide que guarde la tradición y, a la vez, que sea dinámico, y eso exige un equilibrio difícil de lograr, además que todo diccionario es una selección y eso implica dejar cosas fuera, no hay que idealizarlo».

Ese proceso de selección, «extenso e intrincado» según Kalinowski, «no parece estar resistiendo demasiado palabras relativas a la discusión sobre género, más bien parece haber una voluntad de incorporarlas a medida las va considerando asentadas». Esto es: una representatividad y una circulación en la sociedad con un uso frecuente.

Si las palabras son elegidas por impacto en el habla masiva, teniendo en cuenta cantidad de hablantes, extensiones geográficas donde se las dice y sus repeticiones en el tiempo, «resulta muy esperable que surjan palabras de temas sobre los que se habla mucho», señala Kalinoswki.

De ahí que en la nueva lista lleve términos como ‘ecofeminismo’, ‘ecofeminista’, ‘patriarcado’, ‘patriarcal’, ‘patriarcalismo’,‘matriarcado’ y ‘marimacho’, «algunos son enmiendas, otros son agregados, ajustes -señala Kalinowski-; a ‘amariconar’, por ejemplo, le agregaron la marca de ‘despectivo'».

A su entender, «hay ritmos un poco azarosos vinculados con qué se hace para armar un diccionario, con qué se puede hacer y con tener un oído en la conversación pública, con eso que pasa cuando los hablantes buscan hacer más eficaz la comunicación, creando palabras que tengan un significado más rendidor, más específico, que no esté comprometido con cuatro o cinco áreas semánticas previas. La palabra ‘silenciar’ es ejemplo de esto: aparece ‘mutear’, que es mucho más específico de los contextos de comunicación digital».

En el presente «la RAE se propone un diccionario que represente el léxico de los hablantes del siglo XXI del español general -indica Adelstein-, por eso anualmente actualiza únicamente online su edición XXIII, publicada en papel en 2014. La actualización no implica sólo agregar palabras nuevas, como ‘alien’ o ‘balconing’, puede incluir partes de entradas que ya existían con agregados de acepciones nuevas, caso de ‘tóxico’ o ’tóxica’, o formas compuestas como ‘autodeterminación de género’ bajo la entrada ‘autodeterminación’, o ‘cabeza de familia’, bajo la entrada cabeza».

Entre esas nuevas voces, cerca de 4.000 atendidas por la RAE, figuran ‘freelance’, ‘huella de carbono’, ‘no binario’, ‘posturear’, es decir, «los ingresos trascienden palabras de impacto social, se vinculan con palabras de la vida cotidiana de distintos ámbitos: sociopolítico, identidad de género, tecnología, gastronomía, deporte y técnicas en general», señala la investigadora.

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa

Una de las grandes innovaciones del listado con novedades presentado por el DLE es la incorporación de sinónimos.

«Es muy complejo hacer una correcta descripción de sinónimos en un diccionario. ¿Por qué? Porque la sinonimia absoluta no existe, no es lo mismo ‘bondi’ que ‘colectivo’, no es lo mismo ‘autobús’ que ‘colectivo’, es decir, tienen distintas extensiones de uso, pueden tener distintas acepciones y pueden además ser de estilos de lengua diferentes, uno más coloquial, otro más formal», indica Adelstein.

Entonces, continúa, «esto que se propone el DLE es un gran desafío al que todavía falta pulir. Por ejemplo, en la entrada de ‘Navidad’, aparecen sinónimos como ‘Pascuas’, que para nosotros no son sinónimos, o ‘año’, por su acepción coloquial, ‘el abuelo tiene muchas Navidades’”.