PARQUE LAS HERAS: ENTRE LA ANOMIA EL ABANDONO Y LA DESIDIA

Por Tony Saldano, Vecino de Palermo y vecino de la plaza.

Emplazado en una de las zonas más bellas, emblemáticas, y cotizadas del Barrio de Palermo, el Parque General Las Heras, parece en la actualidad haber sucumbido al propio karma que le dio origen, tal, el de un predio baldío producto de la demolición del edificio de la ex Penitenciaría Nacional que allí funcionaba y que fuera derrumbado en el año 1967. Sin embargo, tanto sus tierras, como sus muros y hasta los espacios más recónditos de su suelo, tienen un valor histórico incalculable, aunque ello en la actualidad haya tristemente quedado reducido a la nada misma. En efecto, sus predios fueron testigo de la fundación misma del Barrio de Palermo, mas tarde, de la cruel ejecución del Teniente General Juan José Valle, a manos del presidente de facto General Pedro E. Aramburu. Luego, de las historias de miles de reclusos alojados en la antigua penitenciaría; en épocas tardías del último proceso militar, de la construcción de las escuelas de Lenguas Vivas, Van Gelderen y Wenceslao Posse, ello, hasta el parquizado total del terreno concretado con el advenimiento de la Democracia.

El parque Las Heras supo ser, después del Parque Tres de Febrero, el predio verde más importante del barrio de Palermo y tal condición fue reconocida por la misma Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires quien lo declaró “Sitio Histórico” en el año 2007 mediante el dictado de la Ley 2468 de la CABA. Adornada con una variedad de árboles y arbustos como palmeras, jacarandás, pinos y palos borrachos entre otras y revestida de una perfecta “alfombra” de fresco césped, este emblemático espacio público fue orgullo de todo el barrio de Palermo y parecía por fin dejar atrás una historia signada por la sangre, las rejas y el abandono.

Donde hubo sólo escombros luego hubo verde; los muros derribados – algunos de los cuales aún se conservan- dejaron paso a sinuosos y bellos senderos; las celdas de la penitenciaría, se transformaron en juegos y areneros para niños; se construyó incluso una pista de patinaje, se emplazó una calesita, bebederos y a la postre, se delimitó un espacio reservado para el paseo de perros lindante con la Av. Las Heras.

El parque era un verdadero derroche de belleza, orden y pulcritud y como tal, ha sido disfrutado por varias generaciones de vecinos sin distinción de edades, clase social o idiosincrasia.

Sin embargo, en la actualidad, el Parque Las Heras -podría decirse-, fue víctima de su propio “karma”, de la desidia de los gobernantes y la desaprensión de los propios vecinos, habiendo quedado sumido en un estado de virtual anomia y abandono, que rememora aquellos tiempos de “La Peni” nombre que se le daba a dichos terrenos baldíos frecuentados sólo por ex convictos, gente de mala vida o “aventureros” en los años posteriores a la demolición de la Penitenciaría.

Podríamos definir a la anomia, como la ausencia de leyes o del imperio de éstas y tal vez no exista un término más exacto para describir la situación actual de este otrora emblemático parque, dado que si bien convivimos en un teórico Estado de Derecho y no podemos desconocer la existencia de normas que regulan la vida en común, dentro del parque dichas normas, en especial las denominadas Faltas y Contravenciones, parecen no tener vigencia alguna.

En la actualidad, la situación que puede advertirse a primera vista en el Parque Las Heras, es la de un predio abandonado a su suerte por las autoridades estatales y gobernado por obra de la “autogestión” vecinal; misma que fue transformándolo poco a poco en un depósito y campo de esparcimiento canino, en perjuicio de todas aquellas actividades tales como el esparcimiento, la práctica de deportes, la recreación de los niños y escolares y en especial la tranquilidad y solaz que supone el uso de un espacio verde.

Pero nótese que el disfrute común de un espacio público no ocurre a menudo “espontáneamente”, sino a través de un delicado equilibrio entre los legítimos intereses y deseos de un determinado grupo social y aquellos que le resultan ajenos, resumido en el viejo aforismo jurídico “los derechos de uno terminan donde empieza el derecho

de los demás”; y es el Estado justamente, quien tiene la misión indelegable de garantizar dicho equilibrio, a través de los resortes institucionales existentes a tal efecto.

Por ello, si hay acuerdo en considerar a un predio verde como el espacio público y “democrático” por excelencia, todo intento de predominio de un grupo o una actividad social lícita que implique la exclusión o detrimento de otras, o que desnaturalice la finalidad para la que este espacio fuera creado, debe ser desincentivado por las autoridades estatales, a fin de restablecer el disfrute común del predio en cuestión.

En su libro Territoriality: a neglected sociological dimensión, los autores Stanford M. Lyman y Mervin B. Scott explican que, cuando en el uso de un espacio común, el ejercicio de una actividad resulta excluyente respecto a otras, o en el supuesto más benigno, altera el significado social del predio sobre el que recaen – vg. el descanso, esparcimiento y solaz de las personas-, nos encontramos frente a lo que dichos sociólogos definen como una “violación”, “invasión” o “contaminación” del espacio público, dependiendo del grado de afectación que esta conducta involucre.

Al respecto me pregunto: ¿Es justo que un espacio de las características y relevancia del Parque Las Heras, sea sentenciado a funcionar como un “albergue canino”, privando al resto de las personas de hacer un uso responsable y placentero de este lugar?

Llama también la atención la sugestiva y cuasi patológica ausencia de autoridades dentro del parque, trátese del histórico guardián de plaza, o de integrantes de cualquiera de las fuerzas de seguridad; en especial la novel Policía Metropolitana, quien seriamente debería replantearse sus misiones y funciones, dado que si no adopta siquiera una presencia activa en las plazas de la Ciudad de Buenos Aires, difícilmente -habida cuenta su alegada inexperiencia- pueda abocarse a la solución de problemas de índole delictual de mayor complejidad a los aquí mencionados.

Y conste que no me he referido especialmente a las “trivialidades” tales como la ausencia de bebederos y baños; la rotura de caminos por parte de raíces añosas; el estado de desuso y vetustez de los bancos, ni aun la precariedad en las condiciones de alumbrado de vastas zonas del parque o las alarmantes condiciones de higiene de éste producto de las generalizadas deposiciones caninas. Me estoy refiriendo concretamente, a que perros cuyas razas han sido prohibidas o bien fuertemente reguladas en países desarrollados a causa de su intrínseca peligrosidad ( vg. Pitbull, Fila Brasileños, Dogo Argentino, Rotweiller, etc), deambulan e interactúan libremente con niños, ancianos u otros usuarios del parque, producto de la temeridad y desaprensión de quienes detentan el deber de su cuidado, sean estos dueños o los mal llamados “cuidadores de perros” quienes , en los términos antes mencionados han “invadido” la casi totalidad de los terrenos existentes.

También me estoy refiriendo a la alta probabilidad de que nuestros hijos, nietos o sobrinos, en apenas un descuido, sean ultimados por un can cuyo peso y tamaño excede en varias veces al de una criatura y cuyo dueño o “cuidador” se encuentra -en el mejor de los casos- a cien, doscientos o trescientos metros del lugar de éste, tal vez motivado en que la misma persona que debe cuidar a ese animal, tiene a su cargo doce más!

Por supuesto no sería prudente descartar tampoco, la circunstancia de que nuestros vástagos contraigan alguna enfermedad infecciosa o parasitaria por efecto del temido “toxocara canis”, parásito contenido en las heces de la mayoría de los cachorros cualquiera sea su raza canina y que puede ocasionar a nuestros niños irreparables daños en su sistema nervioso, digestivo o incluso provocar la ceguera por afectación del nervio óptico que no resulta nada infrecuente.

Por último, no deberíamos subestimar los preocupantes e insalubres niveles de contaminación auditiva existentes en un área que se supone “de descanso” y “residencial,” ocasionados por los ladridos al unísono de más de una centena de canes que diariamente son depositados por un importante “ejército” de paseadores caninos y propietarios de animales, lo cual, en la práctica, ha transformado lo que otrora fuera un espacio verde para el solaz de la población, en un predio de uso excluyente para la “recreación animal”.

Y para terminar, quiero dejar sentado que lo expuesto no implica desconocer de ningún modo los derechos de nuestros queridos canes, ni mucho menos los derechos de sus propietarios. Implica sí, el respeto de la normativa vigente que establece entre otras cosas el uso obligatorio de cadena, bozal y el desecho de las deposiciones caninas para que, dichas prerrogativas, no sean óbice al ejercicio de otras de igual o mayor jerarquía, tal el derecho a gozar de un ambiente sano consagrado por el artículo 41 de nuestra Carta Magna y 26 de la Constitución de la Ciudad.

Deviene urgente entonces la adopción de ingentes medidas respecto a la problemática de superpoblación canina en el Área Metropolitana, la adecuación de vetustas leyes y Ordenanzas existentes -considerando el contexto actual- y la creación de una autoridad comunal con competencia en la materia, dado el estado de virtual desmembramiento que presenta en la actualidad el otrora histórico Instituto Pasteur y en especial el cuerpo de Inspectores en materia de “Higiene Urbana”, cuyo número resulta vergonzosamente exiguo en relación a la cantidad de perros existentes y las extensas áreas territoriales que deberían cubrir.

En tal sentido y atento al fracaso de las políticas actuales y también las pasadas, tales como la creación de caniles, el Cuerpo de Auxiliares Vecinales, la Guardia Urbana e incluso los Guardianes de Plaza, se impone –como se dijo- la creación de una autoridad con competencia especifica en la materia o, al menos, la atribución de dichas prerrogativas a la “nueva fuerza de seguridad de la Ciudad”. Sería entonces dicho cuerpo armado, el que ejerza el denominado “poder de policía” en materia de seguridad y salubridad en los espacios verdes, ello, con el apoyo de un plexo normativo claro y adecuado a las necesidades actuales que establezca premios a los tenedores responsables y castigos a aquellos desaprensivos, sin perjuicio del cumplimiento de su labor como agentes de prevención de delitos en la ciudad.

Por último, no desconozco las implicancias económicas que tiene toda puesta en valor de un parque y más aun de las dimensiones del Parque General Las Heras, pero de ningún modo ha de colegirse que el actual estado de deterioro y anomia presente en este emblemático espacio verde de la Ciudad, haya sido obra de la consabida falta de recursos, sino más bien, de la conjunción de factores de índole política, cultural y social, pero sobre todo, de la desidia de quienes dirigieron y de los que aun hoy, conducen los designios de nuestra querida Buenos Aires.