Por qué los niños no juegan con muñecas

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Néstor Braidot, Doctor en Ciencias, Máster en Psicobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas (www.braidot.com)

Los avances en las neurociencias confirman que el cerebro masculino y el femenino tienen una configuración distinta que determina las capacidades, las características y el comportamiento de cada sexo. Estas diferencias se reflejan tanto en la morfología (el hipocampo, el cerebelo, la amígdala y la corteza, entre otras regiones, son diferentes) como en los circuitos cerebrales y el procesamiento de la información.
Actualmente, y con el soporte de técnicas como la resonancia magnética funcional por imágenes (fMRI) y la tomografía de emisión de positrones (PET), se avanza en el estudio de las particularidades de ambos cerebros, tanto en aspectos morfológicos como funcionales.
Lo que se busca es indagar cómo éstas se reflejan en el procesamiento de la información, en el potencial de desarrollo de determinadas capacidades (como memoria, organización visuoespacial, manejo del lenguaje) y en la sensibilidad hacia determinados fenómenos (como percepción sensorial y procesamiento de las emociones).
Ello permitirá descubrir cómo es la base neurológica sobre la que se asientan la inteligencia y el estilo particular de desempeño de hombres y mujeres, y hay grandes expectativas sobre el desarrollo de herramientas que permitan potenciar determinadas habilidades a partir de la condición neurobiológica de género.
Por ejemplo, si bien la mujer se destaca desde hace tiempo por sus aptitudes en lo relacionado con la empatía, con la capacidad para crear relaciones con los demás, en la actualidad estas competencias se están estudiando a nivel cerebral.
Lo mismo ocurre con el hombre, cuyo cerebro parece estar especialmente dotado para la sistematización, esto es, para todo aquello que tenga que ver con sistemas, desde el que necesita un automóvil para moverse hasta el conjunto de programas que efectúan los procesos característicos de una red informática.
Cabe subrayar una vez más que en esta obra siempre hablamos en promedio o de mayorías al abordar las diferencias y/o preferencias de género, ya que hay evidencias concretas de que muchas mujeres son extraordinarias para entender y diseñar sistemas y hombres cuya capacidad de oratoria, seducción y liderazgo es indiscutible (en el capítulo anterior citamos varios ejemplos).
Por lo tanto, si bien estas diferencias neurofisiológicas existen, tanto por naturaleza como por inscripciones que son resultado de determinados tipos de aprendizajes y experiencias, no se puede decir a priori que actúen como condicionantes del desempeño en determinadas áreas.
Tampoco podemos pensar en el armado de un mapa de características que sean intrínsecamente femeninas o intrínsecamente masculinas. Lo que sí hallamos son investigaciones que confirman viejos supuestos y otras que en realidad nos sorprenden.

Por ejemplo, si bien no hay suficientes datos para afirmar que las mujeres (en promedio) son más cautas que los hombres en el manejo del dinero -a pesar de su injusta fama como compradoras compulsivas-, varios estudios muestran que los hombres presentan exceso de confianza con mayor frecuencia que las mujeres, especialmente en las finanzas. Ello los lleva muchas veces a invertir en exceso y a obtener peores resultados que las mujeres .
¿Servirán estas investigaciones para convencer a los hombres que dejen en manos de sus mujeres el manejo de la economía y los ahorros del hogar? No sabemos. Lo que sí es cierto es que la implementación del nuevo enfoque de las neurociencias está abriendo nuevos caminos para investigar (y tal vez predecir) qué puede ocurrir cuando las decisiones que toma una persona tienen su origen en un cerebro masculino o femenino.
Si nos concentramos en el análisis de la configuración neuronal, podemos inferir que la mujer contemplará mayor variedad de factores o fundamentos a la hora de analizar alternativas y considerará, incluso, aspectos distantes o de relativa poca relación con el tema que la ocupa, por ejemplo, comprar o no comprar acciones en la bolsa para preservar y hacer crecer los ahorros de la familia.
Este fenómeno puede producirse en cualquier rol que desempeñe en la vida y las diferencias tal vez radiquen (si las comparamos “entre ellas”) en la velocidad del pensamiento, es decir, en el tiempo que el cerebro de una y otra tarda en hacer este recorrido. De momento, las neurociencias registran día a día una gran cantidad de diferencias estructurales, químicas y genéticas que hacen que el cerebro del hombre y la mujer procesen la información y la almacenen de manera diferente.

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