Roberto Goyeneche: El cantante apodado “El polaco”

Roberto Goyeneche: El cantante apodado “El polaco”

Escribe Ernesto “Goyeneche” Magneto

1926 – NACE ROBERTO GOYENECHE El cantante apodado “El polaco”, fue uno de los más destacados intérpretes de la historia del tango.

Roberto Goyeneche: El cantante apodado “El polaco”

Roberto Goyeneche, (Saavedra, ciudad de Buenos Aires, 29 de enero de 1926 – Buenos Aires, 27 de agosto de 1994) fue un cantante argentino de tango, muy conocido por su calidad interpretativa y por su particular modo de frasear con rubato. Se le considera uno de los intérpretes más destacados en la historia del género.

Apodado «El Polaco» por su cabellera clara, fue un precoz habitué de los cafés y de los cabaret que dieron lugar y refugio a artistas y devotos de la generación de 1940. Antes de iniciar su destacada trayectoria como cantor, trabajó como chofer de colectivos de la línea 19 , taxista y mecánico. Fue, además, un apasionado e fiel hincha del Club Atlético Platense.

Entre tantos tangos grabados por Goyeneche, las piezas que alcanzaron mayor éxito y repercusión fueron:

Roberto Goyeneche: El cantante apodado “El polaco”

Goyenehe y Piazzolla

Afiches
Balada para un loco
Cafetín de Buenos Aires
Cómo se pianta la vida
Desencuentro
Alma de loca
Tinta roja
Garúa
Gricel
La última curda
Chau, no va más
Malena
Maquillaje
María
Uno
Naranjo en flor
Pompas de jabón
Chiquilín de Bachín
Sur

El Polaco y Pichuco

Un barrio acunó muchas historias. Una de ellas es esta.

No queremos que los vecinos de Palermo repitan esta historia. Palermo es un barrio de tango. Y muchos tangos tienen su nombre. Y hay muchos boliches de Tango en Palermo.

Este barrio acunó muchas historias. Pero una es muy singular y no queremos que se repita. Por eso la contamos. Magneto tenía un amigo que se hacía el macho.

El sabía que en sus inicios el Tango había sido bailado entre hombres en los burdeles, pero también, que con el tiempo se había convertido en una danza emblemática del macho argentino.

Por eso, un día dejó su computadora, y se fue a La Viruta Tango, de la calle Armenia, a aprender a firuletear al compás del dos por cuatro. Le costó aprender, como a cualquiera, pues el Tango es una danza estructurada, complicada de bailar.

Y ninguna mujer quiere ser “llevada” por un bailarín mediocre. Una vez que sintió que podía, fue varias noches al Loco Berretín, allá por Gurruchaga al mil novecientos e hizo sus primeras armas.

Le costó. Una y otra vez fue rechazado por las exigentes damas, hasta que esa noche de viernes todo cambió. La orquesta había dejado de tocar, pero empezaron a sonar tangos de Troilo y de Pugliese. El salón estaba en penumbras.

Y los vasos de vino de más hacían que se sintiera más que el propio Virulazo.

Fue allí que percibió del otro lado del Salón una hermosa morocha, de figura descomunal, vestida con un infartante vestido rojo calado en la espalda. Fiel a lo aprendido, hizo el cabeceo ya practicado hasta el hartazgo con figura adusta en el baño de su casa, a lo que ella asintió con una sonrisa.

Sonaba el Tango “Remembranzas”, cantado por Jorge Valdés, cuando se acercó lentamente, con paso ganador, y la invitó con su mano derecha a la pista de baile. Le preguntó su nombre. “Eva” contestó ella.

La tomó reciamente con su dedo medio un poco más arriba de la cintura. Y juntos dibujaron más de un ocho. La sincronicidad de ambos era genial. Los tangos y las copas fueron pasando. Milongas al compás del bandoneón fueron el motivo principal por el que sus cuerpos ya algo sudados parecían unirse en uno solo.

Él sentía que todo lo aprendido durante esos largos ocho meses comenzaba a dar sus frutos. Al pasar sus mejillas se tocaron, lo que dió paso a un interminable beso. Sonaba de fondo Nostalgias, otro tango querendón. Los vahos de alcohol y las milongas dulzonas se unían mientras la temperatura entre ambos iba in crescendo.

Besos y amores, y más besos daban paso al frenesí y la pasión. Así es que cuando las primeras parejas comenzaron a retirarse del salón de baile, nuestro amigo decidió invitar a Eva a su departamento de la calle Aráoz, a unas pocas cuadras de distancia. Juntos caminaron de la mano y miradas apasionadas se cruzaban. Tardaron más de la cuenta, ya que cada treinta metros, ambos no resistía y volvían a apretar contra una sombría pared. Y así fue también en el ascensor, una vez traspuesta la puerta de calle, cuando en esos cuatro pisos interminables, él soñaba con desprenderle los botones de ese vestido tan sexy.

Y así fue nomás, en el mismo living de su coqueto departamento. El vestido rojo cayó a los pies de Eva, ante la sorpresa de este galán tanguero. Pero mayor fue su sorpresa cuando se dio cuenta que Eva, era en realidad Roberto.

Cuentan las malas lenguas que él decidió seguir. “Ya que estamos en el baile, bailemos”, dijo refunfuñando.

La “dama” más que contenta, por supuesto. Lo que sí, nuestro amigo jamás fue visto otra vez en algún boliche de Tango. Al menos que sepamos. Dicen que el Tango perdió a un gran bailarín.

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