Del gorrito genovés al capricho porteño, pasando por el lunfardo y el teatro criollo
“Berretín” es más que un capricho: es una joya semántica que condensa siglos de historia, giros idiomáticos, cruces culturales y un retrato del alma porteña. Desde los italianismos del siglo XX hasta los tangos de mala vida, esta palabra lleva en sus letras un pedazo de la identidad rioplatense.
Del puerto al corazón del lunfardo
Entre los numerosos italianismos que se metieron en el habla del Río de la Plata durante las primeras décadas del siglo XX, uno se quedó a vivir con derecho adquirido: berretín. El término, que hoy se usa para nombrar un capricho fuerte, una manía o una obsesión cariñosa, tiene raíces más profundas y sabrosas que un simple arranque emocional.
El lingüista Giovanni Meo Zilio, en su trabajo Genovesismos en el español rioplatense, publicado por la Nueva Revista de Filología Hispánica (t. XVII, 1963-1964), sostiene que berretín viene del genovés beretín, que significa ‘gorrito’. Nada que ver, aparentemente, con el capricho. Sin embargo, en ese mismo dialecto italiano existe la expresión «ghe gia o beretín», que significa “está encaprichado”, lo cual abre la puerta a un hermoso cambio de sentido: del objeto a la actitud, de la cabeza al deseo.
En contraposición, Américo Castro había propuesto un origen milanés (baretín), pero fue el genovés el que se impuso como más plausible, por cercanía fonética y por las expresiones propias del dialecto.
¿Y qué tiene que ver un gorrito con un capricho? Mucho, si se considera que en el lunfardo las metáforas suelen estar a la vuelta de la esquina. Como señala Meo Zilio, hay otros paralelos internacionales que refuerzan este pasaje de lo concreto a lo emocional: en francés, beguin (una cofia femenina) terminó significando “amor repentino”, y en vasco, casqueta refiere a una rabieta infantil. Es decir, en todas partes se cuecen gorros, y en Buenos Aires, además, se los sueña.
La «r» doblada y la furia del berraco
El refuerzo de la r en berretín (y no beretín, como sería el original genovés) probablemente provenga de la influencia del castellano birrete —otro gorrito, claro—. Además, como bien anotó J. Corominas, la raíz berr- en español es fértil en palabras con connotaciones intensas y emotivas: berrear, berrinche, y el propio verres, en latín, que significa «verraco».
Es decir, el berretín no es solo un caprichito: es una explosión emocional, una tozudez con garra, un deseo encaprichado que grita desde el fondo del alma y se empecina en salirse con la suya.
Entre tangos, sainetes y obsesiones
Si bien los diccionarios comenzaron a registrar la palabra bastante tarde —recién a partir de los años ’40 y ’50 aparece en compilaciones como la de Malaret, Vidart o Gobello—, su uso popular era ampliamente anterior. En el teatro criollo, por ejemplo, berretín aparece con fuerza en obras fundamentales del siglo XX.
En «Mateo» (1923), de Armando Discépolo, se le dice al protagonista:
“Ese berretín va a ser su ruina. No veo la hora de que se le muera.”
Y en «El puente» (1941), de Carlos Gorostiza, el personaje Pichín sentencia con resignación:
“Tiene cada berretín ese.”
Pero también el tango lo hizo suyo. En la letra de “Hacéme caso a mí”, se aconseja a una mujer dejar de lado esos berretines de ser vedette, si quiere progresar. El berretín, entonces, no solo expresa deseo, sino también desviación del camino socialmente aceptado: una suerte de “empecinamiento estético” en hacer lo que se le canta, aunque cueste caro.
Lenguaje tumbero y doble vida semántica
El término también encontró un nicho en el lenguaje carcelario. Ya en 1915, L. Villamayor anotaba berretín como “sitio donde se guarda algo”, y lo asociaba a expresiones del hampa como “dar dique y berretín”, una maniobra delictiva para estafar a incautos con billetes falsos o baratijas disfrazadas de tesoros.
Este uso devino, con los años, en otra acepción lunfarda: la de berretín como «cosa de poca calidad pero apariencia llamativa», lo que el pueblo bautizó como berreta. En este sentido, berretín y berreta serían primos hermanos: uno expresa la obsesión y el otro, la trampa.
La resistencia del capricho porteño
A pesar de quienes pronosticaron su muerte semántica, como T. Carella en los años ’50, el término berretín sobrevivió con gracia. Manuel Puig lo usó en La traición de Rita Hayworth (1970):
“Qué berretín de casarse por iglesia.”
Y Haroldo Conti le dio peso narrativo en Las doce a Bragado, describiendo a un personaje arrastrado por su pasión:
“…mientras le duró, por muchos años, aquel berretín de caballo desbocado.”
Es decir, el berretín no murió. Ni se achicó. Cambió de gorrito y siguió deambulando por el habla popular, entre el deseo, el capricho, la trampa, el amor y la manía.
Un espejo del alma rioplatense
Berretín no es solo una palabra. Es un espejo donde se asoma la psicología del porteño: su necesidad de singularidad, su apego a los sueños intensos aunque pasajeros, su habilidad para disfrazar lo profundo con humor liviano.
Como dijo un personaje de Discépolo, “ese berretín va a ser su ruina”. O su salvación. Porque en este rincón del mundo, los caprichos también fundan cultura.
¿Y vos? ¿Tenés algún berretín que no te suelta? ¿Una obsesión que te acompaña como un gorrito invisible en la cabeza? Contanos tu historia escribiendo a lectores@palermonline.com.ar.
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias.
