Cristina, el mito que no se rinde: la envidia de los políticos sin pueblo
En la política argentina, los gestos espontáneos valen más que los pactos secretos. Mientras los dirigentes de cartón acuden a los cocteles institucionales, sueñan con cargos en la OEA o en alguna ONG de cartón pintado, Cristina Fernández de Kirchner aparece en un balcón y vuelve a encender una pasión que desvela a todos. Sin estructura partidaria, sin pauta oficial, sin encuestas manipuladas. Solo un balcón y un pueblo que vuelve, siempre vuelve, como en octubre del ‘45, como en Ezeiza, como en cada golpe que intentó borrar al peronismo de la historia.
La foto que ningún político contemporáneo puede conseguir —una masa agitada de pueblo que grita con los ojos y canta con el pecho— Cristina la logra con un simple gesto. Y ahí está el verdadero problema: la envidia. No por sus cargos, ni por sus ideas. La envidia nace del resentimiento que generan esos que, aún con la proscripción y la condena, siguen generando amor genuino.
Este domingo, en la calle San José 1111 del barrio porteño de Monserrat, se vivió un nuevo capítulo de una historia que ya no pueden frenar con causas armadas ni editoriales enfurecidos. Cristina Kirchner, condenada en la Causa Vialidad a seis años de prisión y la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, saludó desde el balcón a sus militantes tras el violento desalojo realizado por la Policía de la Ciudad durante la madrugada. No hizo falta discurso. Con el brazo en alto bastó para desatar el canto, la marcha, la emoción.
Más de 160 efectivos fueron enviados a “limpiar la zona” con la excusa de liberar el espacio público. Pero el fondo del operativo era simbólico: borrar las huellas de la memoria popular. Las banderas, las carpas, las estatuas de cartón, los carteles hechos a mano, el calor de una vigilia. Todo eso había que barrerlo. Porque eso molesta más que el fallo de la Corte: la persistencia de un pueblo que no se deja educar por la TV ni disciplinar por la justicia.
La decisión del Tribunal Oral Federal 2, que condenó a Cristina y pidió su detención junto a otros ocho implicados en la causa, dejó al país ante una escena que escapa a la coyuntura y entra en el terreno de lo mitológico. Cristina pidió cumplir la pena en prisión domiciliaria por razones de seguridad y salud —tiene 72 años y fue víctima de un intento de asesinato en 2022—. La Fiscalía, encabezada por Diego Luciani y Sergio Mola, anunciará este martes su dictamen sobre el pedido. Todo indica que se opondrán.
Mientras tanto, el operativo para recibir a la multitudinaria movilización del miércoles está en marcha. El gobierno nacional y el porteño se pasan la pelota para evitar costos políticos. El juez Jorge Gorini envió oficios a Patricia Bullrich, al ministro de Seguridad de CABA, y a la Cámara Federal de Casación Penal, solicitando “garantizar la seguridad suficiente” para la detención y la movilización.
El paralelismo con lo vivido por Lula da Silva en Brasil en 2018 es inevitable. Condenado sin pruebas por causas de corrupción, fue preso, se convirtió en símbolo de la persecución judicial y, al cabo de tres años, volvió a ser presidente. Ahora, Cristina repite el libreto latinoamericano: condenada, pero no derrotada; acorralada judicialmente, pero revitalizada políticamente.
El abogado Gregorio Dalbón anunció que se presentarán ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para solicitar la anulación del fallo de la Corte. “Es una condena política, no jurídica. La Corte ni siquiera pidió el expediente antes de resolver”, denunció. Y recordó que las recomendaciones de la CIDH son vinculantes desde 2020. En paralelo, se lanzó la campaña internacional “Cristina Libre”, para replicar el efecto Lula.
No es casual que el miércoles, al pie de Comodoro Py, vuelva a gestarse una escena fundacional. Porque ahí donde la política marketinera se derrumba, el peronismo muestra su músculo sin anestesia. Sin movilizadores pagos ni apps de microinfluencers, la militancia marcha por convicción. ¿Cuántos dirigentes pueden hoy convocar una movilización masiva sin necesidad de subsidios ni micros alquilados?
Mientras tanto, los medios tradicionales intentan deslegitimar la protesta. La Nación+, TN, Clarín y compañía hablan de “acampes ilegales”, “maniobras de victimización” y “reiteración de delitos”. Pero su problema no es con Cristina. Es con el fenómeno que representa: el peronismo movilizado, la política en su estado más puro, sin traducción técnica ni filtros diplomáticos.
El operativo judicial, por su parte, avanza sin disimulo. El tribunal espera que Cristina se presente en persona, aunque desde el gobierno se intenta evitarlo. Guillermo Francos, jefe de Gabinete de Javier Milei, fue claro: “Preferimos que se le notifique sin necesidad de que se presente. No queremos una movilización que genere tensión”. Pero la tensión no la genera la movilización. La genera el fallo. Lo que incomoda no son los bombos, sino la historia.
La defensa de Cristina plantea que, de ser detenida, sea en su domicilio y sin tobillera. Por ahora, el tribunal tiene bajo llave en una caja fuerte las opciones de lugares de detención que presentó el gobierno. Todos temen el momento exacto en que la ex presidenta entre a Comodoro Py. Porque saben que en ese instante, la Argentina dejará de estar en manos de un tribunal y pasará a estar en manos del pueblo.
En paralelo, Mayra Mendoza, intendenta de Quilmes, dijo con firmeza: “Donde Cristina esté, nosotros estaremos”. Y participó anoche de una misa frente a la casa de la ex mandataria, donde curas villeros recordaron que hace diez años, cuando Cristina dejó el poder, comenzó la pesadilla para los sectores populares. “En ella se expresa el proyecto histórico del peronismo: independencia económica, soberanía política y justicia social”, remarcaron.
Ese trípode doctrinario —tan lejano a las preocupaciones de los economistas de televisión— es el que explica la vigencia de Cristina. En una Argentina donde el salario cayó un 23% interanual, la inflación acumulada supera el 120%, y más de 60% de los chicos son pobres, hablar de justicia social no es una consigna: es una necesidad.
La cuestión de fondo, entonces, es otra. No es si Cristina es culpable o inocente (aunque la falta de pruebas deja todo más claro). Es si la democracia argentina puede tolerar la existencia de una líder popular que no le rinde cuentas al poder económico ni a las embajadas extranjeras. Una líder que, aún condenada, no desaparece del centro de la escena.
Porque esa es la verdad incómoda: Cristina no necesita ser candidata. Ya es historia. Ya es mito. Y eso no se proscribe. Por eso la quieren bajar del escenario. Por eso los políticos que nunca generaron una marcha, un canto ni una lágrima la odian en silencio. Porque les recuerda que, a pesar de las redes sociales y los focus groups, la política sigue siendo cuerpo, emoción y memoria.
Se puede encarcelar a una persona, pero no a una idea. El miércoles, cuando las columnas de trabajadores, militantes, sindicatos y agrupaciones políticas se acerquen a Retiro, la imagen será clara: el peronismo no está muerto. Está marchando. Está cantando. Está abrazando a su líder. Y eso, en un país desesperado por encontrar un rumbo, vale más que mil tecnócratas con títulos de Harvard.
Los que hoy se burlan del balcón de San José, mañana van a entender —cuando los libros de historia cierren sus capítulos— que allí se escribió una página que no se puede borrar. Cristina no se va. El pueblo tampoco.
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