Museo Eva Perón de Buenos Aires Argentina.

Cuando el antiperonismo ya no alcanza para llegar a fin de mes

Una encuesta nacional de Proyección detectó que el rechazo a la continuidad de Javier Milei supera levemente al llamado “voto antiperonista”. El dato no representa todavía una sentencia electoral, pero expone una tensión cada vez más visible: cuando el salario, el empleo, la salud y las deudas empeoran, las identidades políticas comienzan a chocar contra la vida cotidiana.

La política argentina lleva décadas organizada alrededor del “voto anti”. Muchas personas no eligen al candidato que más las representa, sino al que consideran útil para impedir el triunfo del sector que rechazan. Ser antiperonista, antimacrista, antikirchnerista o antimileísta funciona así como una identidad política construida alrededor de una frontera: antes que saber qué se desea, se define aquello que bajo ninguna circunstancia se quiere.

Una encuesta de la consultora Proyección, realizada entre el 1 y el 10 de julio de 2026 sobre 1.817 casos y con un margen de error informado de más o menos 2,3 puntos, muestra un cambio significativo. El 40,1% aceptaría votar a un candidato que no fuera de su preferencia para impedir la continuidad de Javier Milei, mientras que el 37,5% haría lo mismo para evitar el regreso del peronismo.

La diferencia es de apenas 2,6 puntos y, por su cercanía con el margen de error, debe interpretarse con prudencia. No permite anunciar el derrumbe definitivo del antiperonismo ni anticipar el resultado de una elección que se celebrará en 2027. Pero sí aporta una señal política: el rechazo al Gobierno empieza a competir de igual a igual con una de las identidades negativas más resistentes de la Argentina.

¿Qué significa ser “anti”?

El voto negativo suele surgir de experiencias personales, recuerdos familiares, tradiciones culturales, prejuicios sociales y relatos repetidos durante años. Hay argentinos que se definen como antiperonistas aunque nunca hayan leído un programa económico peronista. Del mismo modo, existen votantes que rechazan a Milei no solamente por sus medidas, sino por su forma de ejercer el poder, su lenguaje, sus prioridades y su concepción de la sociedad.

El problema aparece cuando esa identidad se transforma en una autorización permanente. El ciudadano deja de evaluar cada política por sus consecuencias y comienza a justificar cualquier resultado porque “los otros serían peores”. El voto deja entonces de ser una herramienta para mejorar la vida y se convierte en una camiseta. Y las camisetas pueden abrigar simbólicamente, pero no pagan el supermercado, la obra social ni el alquiler.

En ese punto aparece la contradicción que atraviesa a una parte del electorado antiperonista. Personas que apoyaron a Milei para impedir el regreso del peronismo pueden comprobar que su situación laboral, sanitaria o familiar no mejoró como esperaban. Algunos mantienen el empleo, pero sienten que el salario compra menos; otros pasaron de una relación laboral registrada a trabajos independientes, aplicaciones o changas sin vacaciones pagas, aguinaldo, cobertura familiar ni aportes jubilatorios suficientes.

Esto no significa que todos los antiperonistas hayan empeorado ni que durante los gobiernos peronistas toda la población haya vivido mejor. Una afirmación semejante sería históricamente insostenible. Hubo inflación, pobreza, empleo precario, deterioro institucional y graves errores económicos antes de Milei. Pero tampoco resulta serio negar que numerosos trabajadores recuerdan períodos en los cuales tenían mayor estabilidad, convenios colectivos, obra social familiar, consumo financiado y expectativas de progreso.

Cuando la economía discute con la ideología

La encuesta señala que el 39,4% prefiere alguna forma de continuidad del actual gobierno —sin cambios o con modificaciones—, mientras que el 51,5% desea un cambio de administración, ya sea hacia una opción cercana al peronismo o hacia otra alternativa no peronista. El 9,1% todavía no sabe qué camino elegir.

Esa mayoría favorable a un cambio no demuestra automáticamente una conversión al peronismo. Puede expresar cansancio, frustración o la búsqueda de una alternativa que todavía no encontró representación. De hecho, el 42,5% de los consultados no se identificó con la derecha, la izquierda ni el centro. La política conserva sus etiquetas, pero una parte enorme de la sociedad parece haber quedado afuera del frasco.

Los indicadores económicos también muestran una realidad contradictoria. Durante el primer trimestre de 2026, el Producto Interno Bruto creció 2,3% interanual, impulsado especialmente por actividades exportadoras, energéticas y financieras. Sin embargo, el consumo privado continuó débil y la recuperación no se trasladó de manera uniforme a los centros urbanos ni a los sectores con mayor capacidad de generar empleo. Según los últimos datos laborales oficiales disponibles, en abril había 12,765 millones de trabajadores registrados y 6,13 millones de asalariados privados, ambos grupos con una caída mensual del 0,2%.

El endeudamiento completa el cuadro. El Informe sobre Bancos del Banco Central indicó que en abril de 2026 la mora en los préstamos a las familias llegó al 12,1%. No se trata solamente de personas que compraron bienes innecesarios: para muchos hogares, la tarjeta, el préstamo personal o la billetera virtual se transformaron en extensiones precarias del salario.

La baja de la inflación y el equilibrio fiscal pueden ser valorados como objetivos macroeconómicos. También hubo crecimiento de sectores exportadores y una mejora reciente en las calificaciones financieras del país. Pero ningún gobierno puede vivir eternamente de los indicadores agregados si la recuperación no llega a la mesa familiar. Una economía puede mejorar en una planilla mientras una parte de la sociedad continúa retrocediendo en su experiencia concreta.

El antimileísmo tampoco puede vivir solamente del rechazo

Del otro lado, quienes siempre se opusieron a Milei encuentran en estas cifras una confirmación de sus críticas al programa económico. Observan salarios tensionados, empleo registrado estancado, endeudamiento familiar y una distribución desigual de los beneficios de la estabilización.

Sin embargo, el antimileísmo enfrenta su propia obligación. Rechazar al Presidente no alcanza para construir una alternativa. La oposición deberá explicar cómo controlaría la inflación sin provocar otra crisis, cómo reconstruiría el empleo formal, cómo financiaría la seguridad social y cómo recuperaría ingresos sin volver a desequilibrios que ya castigaron a la sociedad.

El voto “anti” puede ganar una elección, como ocurrió en distintos momentos de la historia argentina. Lo que no puede hacer es gobernar por sí solo. Para gobernar hacen falta un programa, equipos, acuerdos sociales y una idea concreta de futuro.

La heladera también vota

La enseñanza sociológica del sondeo es sencilla: las identidades políticas son fuertes, pero no son indestructibles. Una persona puede sostener durante años su rechazo al peronismo y, al mismo tiempo, comenzar a preguntarse por qué perdió estabilidad laboral, cobertura médica o capacidad de ahorro. También puede conservar su oposición a Milei sin aceptar automáticamente cualquier propuesta que se presente como peronista.

Ahí comienza una revisión más profunda. El ciudadano compara su vida actual con su propia vida pasada, no con los discursos de campaña. Recuerda qué podía comprar, si tenía vacaciones, cuánto debía, cómo se atendía su familia y qué posibilidades imaginaba para sus hijos. Esa memoria económica puede ser imperfecta, pero pesa.

El cambio registrado por Proyección no demuestra que la Argentina se haya vuelto peronista. Muestra algo más incómodo para el oficialismo: el antiperonismo ya no garantiza por sí solo la continuidad de Milei. Cuando el rechazo ideológico deja de compensar el malestar material, el voto vuelve a mirar el bolsillo.

La pregunta hacia 2027 será entonces menos sentimental y mucho más concreta: ¿los argentinos elegirán nuevamente contra alguien o exigirán, por fin, votar a favor de una vida mejor? ¿Cuánto tiempo puede resistir una identidad política cuando la realidad cotidiana comienza a desmentirla?