La memoria de Malvinas permanece en pie el monumento al soldado Claudio Alfredo Bastida en el Regimiento de Patricios

Desmalvinizar: el intento de convertir una causa nacional en un recuerdo incómodo

El concepto nació durante la transición democrática, cuando existía el temor de que las Fuerzas Armadas utilizaran la guerra de 1982 para recuperar prestigio y poder político. Con el tiempo, la desmalvinización dejó de significar solamente “desmilitarizar” la memoria y pasó a describir un proceso más profundo: separar a las islas de la historia argentina, silenciar a los combatientes y reducir el reclamo de soberanía a una aventura de la dictadura.

Por Palermonline

La palabra “desmalvinización” apareció en los primeros años posteriores a la guerra de 1982. Fue difundida a partir de una entrevista realizada en 1983 por Osvaldo Soriano al sociólogo francés Alain Rouquié, quien advertía que los militares podían intentar utilizar Malvinas para rehabilitarse ante una sociedad que comenzaba a conocer la dimensión del terrorismo de Estado.

El temor no era imaginario. Las mismas Fuerzas Armadas que habían gobernado mediante la represión ilegal habían conducido una guerra improvisada y habían quedado severamente desprestigiadas. En aquella transición frágil, algunos sectores pensaban que quitarle centralidad política a Malvinas ayudaría a impedir que el nacionalismo militar volviera a amenazar a la democracia.

El problema comenzó cuando esa necesaria separación entre la causa nacional y la dictadura terminó convirtiéndose, en numerosos ámbitos políticos, educativos, diplomáticos y mediáticos, en un silencio mucho más amplio.

No existe un único partido de los “desmalvinizadores”

Hablar de “los desmalvinizadores” puede dar la impresión de que existe una organización centralizada, con dirigentes, oficinas y un plan escrito. La realidad histórica es más compleja. No hubo un único grupo, sino distintos actores cuyos intereses terminaron coincidiendo.

Algunos buscaban impedir que las Fuerzas Armadas se apropiaran de Malvinas para justificar su regreso a la política. Otros pretendían normalizar rápidamente las relaciones económicas y diplomáticas con el Reino Unido y con las potencias occidentales. También hubo sectores que consideraron conveniente abandonar todo discurso antiimperialista o soberanista, presentado como una antigualla nacionalista incompatible con la modernización.

De esa convergencia surgió una forma cultural de desmalvinización: hablar de la guerra únicamente como una locura de la dictadura, sin explicar que el reclamo argentino había comenzado mucho antes de 1982; presentar a los soldados exclusivamente como víctimas indefensas; evitar el estudio de los combates y retirar del debate público la importancia económica, marítima, científica y geopolítica del Atlántico Sur.

Una investigación de la Universidad Nacional de La Plata describe precisamente esta operación como el intento de separar el conflicto de 1982 de un reclamo histórico de soberanía que llevaba cerca de 150 años cuando comenzó la guerra.

El primer objetivo: evitar la rehabilitación militar

El objetivo inicial de la desmalvinización tenía una lógica democrática: impedir que los responsables de la dictadura se presentaran como salvadores de la patria por haber combatido contra el Reino Unido.

La memoria de Malvinas podía convertirse en un refugio simbólico para militares cuestionados por las violaciones a los derechos humanos. Los levantamientos carapintadas de los años siguientes demostraron que aquel riesgo existía. Algunos de sus protagonistas invocaban su condición de combatientes para obtener reconocimiento social o justificar sus posiciones políticas.

Pero una cosa era quitarles a los militares el monopolio de Malvinas y otra muy distinta era quitarle Malvinas al pueblo argentino.

Los excombatientes comprendieron esa diferencia antes que buena parte de la dirigencia. Su respuesta fue resumida por una consigna tan sencilla como contundente: “Malvinas sí, Proceso no”. Defendían la soberanía nacional y, al mismo tiempo, rechazaban la dictadura, las torturas, la improvisación y el abandono sufrido por numerosos soldados.

El segundo objetivo: reducir Malvinas a 1982

Una de las operaciones culturales más eficaces consistió en hacer creer que la cuestión Malvinas había comenzado con Leopoldo Galtieri.

Según esta mirada, antes del desembarco del 2 de abril no habría existido una larga controversia territorial, diplomática y colonial. Malvinas sería únicamente el producto de un general desesperado que buscaba salvar una dictadura en decadencia.

La guerra fue efectivamente decidida por un gobierno ilegítimo y conducida con graves irresponsabilidades. Pero el reclamo argentino no nació con la Junta Militar. La ocupación británica comenzó en 1833, mientras que en 1965 la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció la existencia de una disputa de soberanía e invitó a la Argentina y al Reino Unido a negociar una solución pacífica.

Confundir deliberadamente la guerra con la causa produce una trampa cultural: quien condena a la dictadura parecería obligado a renunciar a Malvinas, mientras que quien defiende la soberanía quedaría sospechado de justificar el régimen militar.

Esa oposición es falsa. Se puede condenar la conducción criminal e irresponsable de la dictadura, reconocer los padecimientos y las torturas sufridas por los conscriptos, honrar a quienes combatieron y sostener el reclamo soberano mediante el derecho internacional. No existe ninguna contradicción.

El tercer objetivo: transformar soldados en figuras pasivas

Otro efecto de la desmalvinización fue la instalación casi exclusiva de la figura de los “chicos de la guerra”.

La expresión permitió visibilizar la juventud de los conscriptos, la falta de preparación y las condiciones extremas que enfrentaron. Sin embargo, cuando se convirtió en la única manera de representarlos, también les quitó voz, decisión, experiencia y condición de combatientes.

Muchos veteranos denunciaron que primero habían sido ocultados por la dictadura y después reducidos por la democracia a víctimas silenciosas. La sociedad podía sentir lástima por ellos, pero no necesariamente escucharlos como protagonistas políticos de la posguerra.

Los estudios sobre la construcción de esta memoria muestran que el regreso estuvo marcado por la indiferencia, el ocultamiento y la asociación automática de los combatientes con una juventud incapaz de comprender lo sucedido. Esa imagen dificultó que los sobrevivientes narraran también el compañerismo, el miedo, las decisiones tomadas bajo fuego y los actos de valor que habían presenciado. (CPM)

No eran generales golpistas. Tampoco eran personajes de cartón esperando compasión. Eran ciudadanos argentinos enviados a una guerra real.

Los problemas culturales de la desmalvinización

El primer daño es la pérdida de memoria histórica. Cuando Malvinas queda encerrada en 1982, se borran la ocupación de 1833, las protestas diplomáticas argentinas, las negociaciones anteriores a la guerra y la dimensión colonial de la controversia.

El segundo daño es geográfico. Millones de argentinos conocen el dibujo de las islas, pero no siempre comprenden su relación con la Patagonia, la plataforma continental, los recursos pesqueros, las rutas marítimas, la proyección antártica y el control estratégico del Atlántico Sur.

El tercero es humano. El silencio social agravó durante años la soledad de los veteranos y sus familias. Una nación que recuerda a sus combatientes solamente durante un acto escolar cada 2 de abril corre el riesgo de convertir la memoria en ceremonia y la ceremonia en rutina.

El cuarto problema es político: un país que deja de discutir su territorio termina aceptando como natural el mapa impuesto por otros. La soberanía no consiste únicamente en levantar una bandera. También supone conocimiento, ciencia, diplomacia, desarrollo marítimo, defensa de los recursos y continuidad institucional.

Por qué no pueden desmalvinizar completamente a la Argentina

La desmalvinización puede debilitar el conocimiento, reducir el debate o vaciar las conmemoraciones. Pero no puede borrar completamente a Malvinas porque la causa no pertenece a un gobierno, una fuerza militar ni un partido político.

La Constitución reformada en 1994 estableció que la recuperación del ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de los habitantes y conforme al derecho internacional, constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino.

La Ley de Educación Nacional también ordena enseñar dos cuestiones diferentes y complementarias: la causa de la recuperación de las Islas Malvinas y la construcción de la memoria colectiva sobre el terrorismo de Estado. La propia ley demuestra que defender Malvinas y defender la democracia no son posiciones enfrentadas.

Además, permanecen los veteranos, las familias de los caídos, los cementerios, los monumentos barriales, las escuelas, las canciones, los museos, los documentos, los testimonios y el mapa argentino. Malvinas reaparece porque está unida a una pregunta elemental que atraviesa generaciones: qué territorio somos y qué país queremos ser.

Malvinizar no significa militarizar

La respuesta a la desmalvinización no debería ser una exaltación ciega de la guerra ni una nostalgia autoritaria. Una verdadera malvinización democrática tiene que poder mirar toda la historia: la legitimidad del reclamo, el colonialismo británico, la responsabilidad de la dictadura, los errores militares, los actos de valor, las torturas sufridas por conscriptos y la necesidad de una solución pacífica.

Malvinizar significa estudiar, discutir, investigar y comprender. Significa escuchar a los veteranos sin utilizarlos. Significa enseñar que la soberanía se defiende con memoria, diplomacia, ciencia, producción, cultura y presencia efectiva en el Atlántico Sur.

La desmalvinización fracasa cuando intenta convencer a los argentinos de que para ser democráticos deben olvidar su territorio. Malvinas no es propiedad de los generales que condujeron la guerra. Tampoco es una reliquia para sacar del armario una vez al año.

Es una causa histórica que sobrevivió a gobiernos, derrotas, silencios y modas culturales.

¿Puede una sociedad construir su futuro borrando las preguntas que todavía no logró resolver? ¿Es posible defender la democracia sin defender también la memoria, el territorio y la dignidad de quienes combatieron?