Legislatura 1

La Ciudad que recauda como Dubai y gestiona como un consorcio roto

La Legislatura porteña aprobó una ampliación presupuestaria del 15,5% para la gestión de Jorge Macri. Traducido al castellano de la calle: más plata para una Ciudad que ya recauda cifras obscenas, pero que sigue mostrando veredas detonadas, basura acumulada, patrulleros que llegan tarde y un microcentro que parece una maqueta abandonada después de una tormenta.

El argumento oficial fue simple: “la inflación superó las previsiones”. El problema es que esa explicación ya empieza a sonar como el “se rompió solo” de la política argentina. Porque la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no es una provincia quebrada del norte argentino ni un municipio sin recursos del conurbano profundo. Es el distrito más rico del país. El que más recauda. El que más impuestos cobra. El que más presión fiscal ejerce sobre comerciantes, propietarios y laburantes independientes.

Y aun así, nunca alcanza.

La ampliación aprobada contempla mayores gastos en personal, limpieza, seguridad, movilidad, deuda pública y obra pública. O sea: exactamente las áreas donde los porteños sienten todos los días que las cosas empeoran.

Porque mientras en la Legislatura hablan de “fortalecer servicios esenciales”, el vecino esquiva contenedores explotados, cortes eternos, trapitos, fisuras, robos de celulares y una infraestructura urbana cada vez más parchada. Buenos Aires empezó a parecerse a esos viejos autos de lujo que siguen brillando de lejos, pero cuando abrís la puerta tienen alambre sosteniendo el motor.

La inflación como excusa perfecta

El dato más brutal del debate lo terminó exponiendo el propio oficialismo. Waldo Wolff admitió que el presupuesto se calculó con una inflación anual del 10,1%, pero ya en abril el acumulado iba por encima de eso. La nueva proyección trepa al 29,1%.

Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿de verdad nadie vio venir esto?

Porque si algo caracteriza a la Argentina es precisamente la inflación. No fue un meteorito cayendo sobre Parque Patricios. La subestimación parece más política que técnica. Un presupuesto dibujado para sostener relato de “orden” y “eficiencia”, aunque después la realidad pase por arriba como el 60 pasando en rojo por Santa Fe y Scalabrini.

Y mientras tanto, el porteño paga.

Paga ABL.
Paga patente.
Paga sellos.
Paga Ingresos Brutos escondidos en cada producto que consume.
Paga estacionamiento.
Paga multas que ya parecen cotizar en Nasdaq.

Ahora también le actualizaron las Unidades de Compra y Multa a $550. Hermoso detalle: cuando el Estado necesita plata, la creatividad aparece rapidísimo.

La Ciudad del marketing eterno

Jorge Macri heredó una maquinaria política experta en comunicación. El PRO convirtió la gestión porteña en una especie de showroom publicitario permanente: bicis amarillas, renders brillantes, slogans aspiracionales y conferencias con tono TEDx.

Pero debajo de la pintura amarilla empieza a verse el desgaste.

El microcentro perdió identidad.
La vida cultural independiente fue golpeada durante años.
Los alquileres expulsaron vecinos históricos.
La mugre crece incluso en zonas premium.
Y el espacio público dejó de sentirse verdaderamente público.

La contradicción es brutal: jamás la Ciudad tuvo tantos recursos y jamás el porteño promedio sintió tan poco retorno emocional de sus impuestos.

Porque gobernar no es solamente poner luces LED y pintar carriles. Una ciudad también necesita alma. Y Buenos Aires viene perdiendo esa alma entre desarrollos inmobiliarios impersonales, cafeterías clonadas y una lógica de administración corporativa donde el vecino parece cliente cautivo.

Más deuda, más recaudación y más dependencia

La ampliación presupuestaria también habilita más emisión de Letras del Tesoro. Es decir: más financiamiento y más deuda flotando en el aire.

El modelo porteño empieza a mostrar un síntoma clásico de la política argentina: gastar cada vez más para sostener una estructura cada vez más pesada.

Y acá aparece otro detalle inquietante: la Legislatura aprobó además adhesiones a regímenes de incentivos para grandes inversiones y medianas inversiones.

Suena moderno. Suena desarrollista. Suena Silicon Valley en Puerto Madero.

Pero muchos vecinos empiezan a preguntarse si esas inversiones terminan beneficiando realmente a quienes viven en la Ciudad o solamente a desarrolladores, fondos y sectores hiperconcentrados que convierten barrios enteros en activos financieros.

Palermo, Colegiales, Chacarita, Villa Crespo y hasta partes de Balvanera ya muestran síntomas de esa transformación: menos barrio, más negocio.

Buenos Aires entre la estética y el agotamiento

La tragedia silenciosa de esta etapa política porteña es que Buenos Aires todavía conserva belleza suficiente para disimular su deterioro.

Los árboles siguen ahí.
Las cúpulas siguen ahí.
Los cafés todavía resisten.
La memoria porteña pelea por no desaparecer.

Pero debajo de esa postal empieza a crecer un cansancio social raro. Una sensación de que la Ciudad funciona cada vez más para la foto y menos para la vida cotidiana.

Y quizás ese sea el verdadero drama del macrismo porteño después de tantos años: convirtió la gestión urbana en una cuestión estética, cuando una ciudad también necesita épica, pertenencia y humanidad.

Porque una capital no se gobierna solamente con Excel, consultoras y focus group.

Se gobierna entendiendo cómo respira la calle.