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La Penitenciaría Nacional. Hoy Plaza Las Heras.

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Antecedentes

Con el antecedente de El Cabildo, como la primera cárcel legal Argentina. El edificio de gobierno de la época, el Cabildo del Virreinato del Río de la Plata, cumplió las funciones de cárcel de la colonia en Santa María de los Buenos Ayres. Y no fue por poco tiempo. Recién transfirió sus presos a la desaparecida Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, cuando fue inaugurada en 1877.










Luego el general José de San Martín modificó conceptos de las cárceles: Juan Carlos García Basalo afirma en su libro “San Martín y la reforma carcelaria” (1954- Ediciones Arayú), que “a la luz de nuestros conocimientos históricos actuales, por las realizaciones carcelarias y penológicas expuestas, San Martín tiene que ser considerado el iniciador y el propulsor de la reforma carcelaria en la Argentina y de la humanización del sistema punitivo –hasta donde las circunstancias de la época lo permitieron– y del régimen penitenciario en el Perú”.


A la espera de la organización institucional: período Inorgánico: La época que siguió a la colonia transitó con muchas dificultades, políticas y presupuestarias, el período de la organización nacional que ocupó la segunda mitad del siglo XIX. La cuestión carcelaria se mantuvo en la anarquía reglamentaria y de procedimiento que permanecería ciento cincuenta años, desde la habilitación del Cabildo como cárcel hasta 1933 al promulgarse la ley Nº 11.833 “De Organización Carcelaria y Régimen de la Pena”.

EL primer director

Enrique O’Gorman, fue un destacado funcionario argentino con actuación en las últimas décadas del siglo XIX, especialmente en la organización y conducción de la policía y penitenciaría del estado, que obtuvo público reconocimiento por su actuación durante la epidemia que asoló la ciudad de Buenos Aires en 1871.









Directores

Tres Directores de la Penitenciaría tenían vínculos familiares con personajes conocidos de la historia argentina. El primero, Enrique O’Gorman, era hermano de Camila, ejecutada durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, por su relación amorosa con el cura Gutiérrez. Reynaldo Parravicini, Director entre 1887 y 1890, fue el padre del artista Florencio Parravicini y a fines de los 40,  fue Director Roberto Petinatto, padre del músico y presentador que lleva el mismo nombre´

El 19 de enero de 1877 fue nombrado por el gobernador Carlos Casares con acuerdo del Senado como primer gobernador de la Penitenciaría Nacional. Fue el encargado de dictar los primeros reglamentos y organizar la institución. Si por un lado se negó a la provisión de presos para empresarios particulares, por otro implementó talleres en la penitenciaría, restringiéndolos a la fabricación de productos de uso y consumo del estado para reducir la resistencia de los gremios. Permaneció en su puesto hasta octubre de 1887, cuando se jubiló con goce del sueldo íntegro asignado a ese empleo.

El lugar

El terreno utilizado medía 112.000 metros cuadrados y se hallaba en la llamada barranca de Juan Gregorio de la Heras, que ocupaba, según la nomenclatura moderna, el predio limitado por las avenidas y calles Las Heras, Coronel Díaz, Juncal y Jerónimo Salguero, En los planos del Departamento Topográfico de 1867, se determina que estas tierras eran quintas de las familias Medina, Cranwell, Sapello, Chapeaurouge y Arana.

La Penitenciaría tenía una planta de tipo panóptico.

Las palmeras de Coronel Díaz y Las Heras que aún se pueden ver de 1871, cuando se empezó a construir lo que sería la cárcel más moderna del país. En aquellos años, tan lejos estaba el penal de lo que se consideraba el “centro de la ciudad” Plaza de Mayo o San Telmo, que los familiares de los presos se quejaban porque no podían visitarlos seguido, debido a la larga distancia.

Presos famosos

La Penitenciaría albergó a varios presos famosos y fue escenario de sucesos que conmocionaron a la opinión pública. Algunos de estos presos,  no pasaron por el paredón, pero terminaron en la abominada «tierra maldita»: el presidio de Ushuaia y otros cobraron fama por la peligrosidad que los caracterizaba. Y quizás los más famosos fueron Santos Godino, Mateo Banks y Simón Radowitzky.

En jurisdicción del Servicio penitenciario federal (SPF), se encontraba la Penitenciaría Nacional (predio actualmente ocupado por el Parque Las Heras), imponente edificio demolido, de jurisdicción federal, en la Avenida Las Heras, Barrio de Palermo, Buenos Aires, Argentina.

Cronología de la Penitenciaría Nacional

1869: por Decreto se llama a concurso para «Planos y Presupuestos de construcción de una Cárcel Modelo», con los estándares penales de la época; el intento era cumplir los preceptos emanados del artículo 18° de la Constitución de 1853 (si bien los mismos fueron históricamente considerados como «letra muerta», en tanto y en cuanto funcionaba para la época la denominada «Cárcel del Cabildo» se encontraba en un estado lamentable, con presos hacinados y sin normas uniformes.
1872: se construye con los planos del arquitecto Bunge, quien utilizó como modelo de la planta interna el diseño del panóptico (es decir: todos los pabellones con la gente encarcelada eran radiales hacia un centro de vigilancia).
1876: se entrega la obra terminada. Se adopta un régimen penitenciario de organización y funcionamiento basado en el trabajo de los presos, en procura del aprendizaje de oficios, obligatorio, regular y retribuido. Fue “Gobernador de la Penitenciaria”, con independencia del Poder Judicial, el Sr. Enrique O´Gorman.

Albergue

Había dos categorías de reclusos: Penados y Encausados.

Un avance en el penal, fue la dirección de Antonio Ballvé, entre 1904 y 1909. A su pedido, José Ingenieros visita la prisión y estudia su sistema. De su trabajo, se operó en la clasificación y estudios de los presos a partir de sus características psíquicas;2 se establecieron las calificaciones de conducta y los premios y castigos; se decidió eliminar el régimen de silencio.

El régimen en la penitenciaria fue estricto. Su funcionamiento era avanzado para el mundo entero. Con el tiempo las normas se flexibilizaron; comenzaron las visitas íntimas («visitas de reunión conyugal»), se permitió usar su nombre a los internos, y los grilletes y trajes a rayas dejaron de existir con la dirección de Pettinato, en el gobierno de Juan Perón.

Sus patios eran huertas; tenía una fábrica para abastecer al penal y a otras distintas instituciones públicas (costumbre continuada en el SPF y que se denomina “padrinazgo”).

Desde 1909, comenzó el choque urbanístico arrasador. Pronto el edificio, con su aspecto de castillo y sus grandes muros estaban en un barrio rico, poblado y elegante.

Se presenta un «Plan de Traslado de la Penitenciaria», que además poseía estudios económicos y edilicios.

El 6 de septiembre de 1961, comienza la demolición manual de la casa habitación del Director, y en 1962, se demuele con trotyl los muros de 7 m de alto y 4 m de ancho en la base.

Se cerró el 5 de febrero de 1962 y en el predio se creó el actual Parque Las Heras.

Los alrededores de esta gran cárcel eran conocidos popularmente como la Tierra del Fuego por dos motivos: porque recordaba al penal extremo que existía en Ushuaia capital de Tierra del Fuego y porque en sus alrededores solían establecerse los ex-convictos y gente marginal.

El transcurso del tiempo disipó algunas ventajas del penal: el aumento de la población carcelaria tornó insuficientes las instalaciones.

Lejos de afirmar que en un régimen carcelario solo existe tal problema, la solución al mismo evita males permanentes de este régimen: promiscuidad, falta de higiene, malestar general, etc., otorgando por otro lado la posibilidad de emplear los medios más adecuados para lograr el fin de regeneración de los internos.

Tras ser casi totalmente arrasado el edificio de la Penitenciaría quedó en su lugar por más de 20 años un gran baldío conocido popularmente como «La Peni» (apócope de La Penitenciaría) en donde la gente en grandes cantidades practicaba informalmente el fútbol.

Ejecuciones. Pena de muerte

Dentro de sus muros fueron fusilados los militantes anarquistas Severino Di Giovanni (1 de febrero a las 5 a. m.) y Paulino Scarfo (2 de febrero), bajo la presidencia de facto del general José Félix Uriburu.

Bajo otro régimen inconstitucional de facto, el del presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, tuvieron lugar otros dramáticos fusilamientos. El 11 de junio de 1956 fueron fusilados, a tiro de fusil Máuser 7,65 mm Mod. Arg. 1909, el suboficial Isauro Costa, el sargento carpintero Luis Pugnetti y el sargento músico Luciano Isaías Rojas.

Al día siguiente corrió la misma suerte el general de división Juan José Valle.

Durante los primeros años de su existencia, la Ley contemplaba la pena de muerte y las ejecuciones eran legales y hubo en esa época,  cuatro ahorcamientos. Después, llegaron los fusilamientos. Se hacían en la misma cárcel, sin un lugar fijo. Los condenados eran sentados en una silla, contra algún paredón, en un amanecer elegido por el juez. José Meardi fue condenado a la pena capital por el crimen de su esposa y lo fusilaron  el 11 de mayo de 1894. El 6 de abril de 1900, Domingo Cayetano Grossi se sentó frente al pelotón. Lo habían condenado por el asesinato de cinco chicos, que eran los nietos  de su concubina y aunque la madre y la abuela de los niños, también estuvieron implicadas en el crimen, se salvaron de los balazos porque la pena de muerte sólo regía para los hombres que no llegaban a los 70 años, aunque había una excepción para los menores de edad.
La silla de la muerte. Los anarquistas Di Giovanni y Scarfó fueron fusilados, sentados en una silla verde de madera que está conservada en el Museo Penitenciario  en el barrio de San Telmo, mostrando los orificios que produjeron las balas que acabaron con sus vidas (Esta nota fue enriquecida con material extraído (en algunos casos textualmente) de un artículo de Leonardo Torresi, publicado en el diario Clarín de Buenos Aires el 3 de julio de 2002).

El lenguaje tumbero.

El edificio

Fachada almenada y muralla sobre la Avenida Las Heras, en 1900.

Poseía un sistema celular de celdas distribuidas en dos pisos; anexo de cocina, lavadero y talleres; Capilla en la convergencia de los corredores, distribución que facilita la concurrencia de todos los internos a las homilías religiosas; Patios para agricultura.

En un cuerpo se encontraba el alojamiento del Gobernador, Salas y Juzgados del Crimen con Oficinas anexas, y, en otro cuerpo, la entrada principal de la Penitenciaria; Casa de la Administración; Galería de entrada a la prisión.

Su estructura y concepción era criminalista: diseño para la seguridad; sus pabellones situados en dos pisos centraban en un puesto de observación estratégico. El sistema era: aislamiento nocturno en celdas individuales, trabajo diurno en talleres, y en patios, con estricto silencio. En cada celda, se encontraban dos avisos: “Reglas para el Preso” (con penas disciplinarias), e “Instrucción para el Arreglo de la Celda ”.

Sus murallas, de siete metros de alto y cuatro metros de ancho en la base, contaban con torres y garitas de vigilancia ocupadas por guardias adiestrados. La construcción se ubicaba en un terreno sobre una barranca, con la protección de una reja de hierro que la circunvalaba totalmente, su entrada principal permitía acceder a la Casa de la Administración desde la que se desprendía una galería que llevaba al predio penal.

Fugas memorables

Los procesos que durante 84 años signaron la historia penitenciaria argentina, la tuvieron como escenario principal. Recordemos que la Penitenciaría Nacional fue el escenario de fugas que hicieron historia. La Guía Kuntz del año 1886 nos permite conocer el nombre de las autoridades y los cargos que desempeñaban en esa Penitenciaría y el relato de las huidas más o menos exitosas que se registran en su historia de casi 84 años. Según el cronista Emilio Bitar, hubo fugas durante los años 1908,1909, 1923, y 1960.

POR EL SERVICIO PENITENCIARIO NACIONAL
La Penitenciaria Nacional, un capítulo carcelario argentino

Aún en medio de ese período caracterizado por la ausencia de organización, por decreto de 1869 se llamó a concurso para la construcción de una cárcel modelo que atienda los estándares de la época en materia carcelaria, al mismo tiempo de concordar con los postulados constitucionales de 1853 de propender a la eliminación de la sobrepoblación penal y de la anarquía reglamentaria.

“Por entonces, además de la vieja cárcel del Cabildo, aún se guardaban presos en Palermo y Santos Lugares” señala Levaggi, mientras los más peligrosos era transportados a Carmen de Patagones, “un pueblo que estamos formando con presidiarios porque allí no existe presidio, ni existen los trabajos forzosos, ni existe una cárcel correccional siquiera” (diputado Manuel Terán en sesión de la Cámara de Diputados de la Nación del 20 de mayo de 1872).

En 1872 fue autorizada por ley edificación de la Penitenciaria Nacional sobre los planos presentados por el arquitecto Ernesto Bunge y se designó a una Comisión a cargo de la administración y vigilancia de la obra del penal. El 13 de abril de 1873 se colocó la piedra fundamental a la vera de la avenida Las Heras y el 5 de enero de 1877 se dio por finalizada la construcción. Seis días después se designó primer “Gobernador de la Penitenciaría” a Enrique O´Gorman, quien diseñó su funcionamiento y abrió sus puertas el 28 de mayo para recibir el primer envío de 22 condenados, procedentes del viejo Cabildo.

La Penitenciaría se levantó en un descampado que en aquellos años pertenecía a la provincia de Buenos Aires. Sus murallas, de siete metros de alto y cuatro metros de ancho en la base, eran de una solidez invulnerable con torres y garitas de vigilancia ocupadas por guardias adiestrados con disciplina militar. Construida sobre una barranca, con la protección de una reja de hierro que la circunvalaba totalmente, su entrada principal permitía acceder a la Casa de la Administración desde la que se desprendía una galería que llevaba al predio penal.

Las celdas estaban distribuidas en dos pisos y cada sector contaba con cocina, lavadero y talleres. La capilla se hallaba en la convergencia de los corredores para facilitar, sin comprometer la seguridad, la concurrencia de los internos a los oficios religiosos. Entre uno y otro cuerpo, se hallaban los patios destinados a la agricultura una de las labores en que se ocupaban a los penados.

Su diseño y los materiales utilizados para la construcción fue motivo de estudio por expertos mundiales en la materia. Bunge no asumió riesgos: la seguridad fue su principal premisa. Sus largos pabellones de dos pisos convergían a un puesto de observación estratégicamente ubicado para facilitar la visión de lo que acontecía en los sectores de alojamiento, adoptando la concepción panoptista de Jeremy Bentham.

La inauguración en 1877 fue silenciosa, sin corte de cintas, sin banda de música, sin el acompañamiento de encumbrados funcionarios. El sigilo en su nacimiento marcó un contraste con lo que luego la Penitenciaría Nacional significó para la historia argentina del penitenciarismo bien entendido.

Se aprobó el reglamento, inspirado en el proyecto de Aurelio Prado y Rojas, con régimen de trabajo obligatorio regular y retribuido para los presos, asociando el aprendizaje e incorporación de oficios, con régimen de disciplina estricto. Se adoptó el sistema auburniano y filaldélfico que consistía en el aislamiento en celdas individuales por las noches con estricto silencio y el trabajo en los talleres y mantenimiento durante el día.

Sin dudas, el régimen en la Penitenciaria siempre fue estricto aunque con el tiempo las normas se flexibilizaron: se habilitaron las visitas íntimas, se comenzó a llamar a los detenidos por su nombre en lugar del número y los grilletes y trajes a rayas para los encarcelados dejaron de existir en 1947.

Las huertas fueron el paisaje común de sus jardines y la Penitenciaría tenía capacidad para autoabastecer al penal y a otras instituciones públicas bajo la figura –todavía vigente– del “padrinazgo”.

Según el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados en 1877, Luis V. Varela dijo: “Si se cree que la Penitenciaria consiste en un edificio, es un error grande”. Y explicó: si al abrir sus puertas toma al preso como “un simple condenado que debemos guardar”, su potencial se habrá perdido. Con esta perspectiva propuso aplicar en cada una de las cinco galerías de pabellones un régimen distinto, que permitiera escalonar el casito según el delito y según el estado de salud y conducta del condenado”.

Originariamente, la Penitenciaria alojó a procesados y condenados. En cada celda, se visualizaban sin excepción dos impresos: “Reglas para el Preso”, que incluía las sanciones disciplinarias, e “Instrucción para el Arreglo de la Celda”.

Antonio Ballvé, su director entre 1904 y 1909, llevó al establecimiento a cosechar todavía más prestigio por su sistema de funcionamiento. Entre otras cosas, pidió al filósofo argentino José Ingenieros visitar la prisión para trabajar en la temática que en ese entonces afiebraba a los estudiosos de la cárcel: las teorías de clasificación y estudios de los presos a partir de sus características físicas. También con Ballvé, se reglamentaron las calificaciones de conducta y los premios y sanciones a los presos y se eliminó el régimen de silencio.

El transcurso del tiempo diluyó algunas virtudes de la Penitenciaría Nacional. Es así como décadas más tarde, la sobrepoblación penal llegó para instalarse. Y aunque lejos de afirmar que en un régimen carcelario éste es el único problema, su eliminación evita males mayores: la promiscuidad, falta de higiene y, por esto, el malestar general de internos y personal carcelario.

En la presidencia de Nicolás Avellaneda se promulgó la ley 1.029, de Federalización de la Capital Federal, por lo que en 1880 pasaron al gobierno nacional los establecimientos y edificios públicos de la ciudad, que antes pertenecían a la provincia de Buenos Aires. Por esa ley, la Penitenciaria Nacional y la Cárcel Correccional quedaron bajo el gobierno federal.

Si alguna duda queda acerca de lo que el establecimiento dejó al actual Servicio Penitenciario Federal, va otro dato crucial para la trayectoria institucional: cobijó la que fue la primera escuela de formación de personal del sistema. En 1923 el entonces director de la Penitenciaria Nacional. Eusebio Gómez, solicitó la creación de una “Escuela de Celadores y Guardianes” para capacitar al personal subalterno, lo que se concretó por un decreto del Poder Ejecutivo de 1924.

Su único antecedente había sido la integración de un cuerpo armado destinado a los establecimientos carcelarios en 1879, que se llamó “Batallón de Guardia de Cárceles” que no llegó a operar. Recién en 1911, luego de una sucesión de revueltas producidas en los establecimientos de la Capital Federal conducidos por personal con formación militar y sin especialización penitenciaria, el gobierno decidió crear el “Cuerpo de Guardias de Cárceles” con 600 plazas destinadas a personal con formación especializada para custodiar presos. Su primer jefe fue el coronel Rómulo Páez, a quien acompañó el teniente coronel (R) Pedro Suárez. Nacen de esta manera los primeros agentes “penitenciarios” para operar los establecimientos carcelarios.

Pero volviendo a la historia de la Penitenciaría Nacional, desde 1909 comenzó a vislumbrarse el traslado de la Penitenciaría Nacional. La urbe porteña invadía los descampados lindantes. Pronto la cárcel, con sus altos muros y aspecto de fortaleza fue cercada por uno de los barrios más residenciales y poblados de Buenos Aires. Se convertía rápidamente en indeseable para el progreso urbano.

Inexorable, llegó el Plan de Traslado de la Penitenciaria, presentado por el entonces Director General de Instituto Penales de la Nación, José María Paz Anchorena, al ministro de Justicia e Instrucción Publica Jorge Eduardo Coll.

El 6 de septiembre de 1961 comenzó la demolición “a mano” de la casa habitación del director. Un año más tarde se utilizaría trotyl para derribar los muros. El Pabellón Nacional se arrió por última vez en la Penitenciaría el 5 de febrero de 1962, según documentación del Servicio Penitenciario Federal.

El establecimiento fue modelo en su género. Y como sistema de reclusión, fue un referente obligado de los especialistas en cuestiones carcelarias del mundo. Su funcionamiento no sólo fue de avanzada para la realidad de la Argentina, sino también para el mundo entero.

Sus personajes, sus mitos, sus leyendas y su significado para el crecimiento y prestigio institucional del Servicio Penitenciario Federal, asociaron la jerarquización del trabajo y del funcionario carcelario, y al mismo tiempo fue pionera en la búsqueda de caminos para la rehabilitación de los internos.

Para el anecdotario, que fue un segmento frondoso en la vida de la Penitenciaría Nacional, quedarán las fugas de esa prisión considerada casi inexpugnable. En diciembre de 1889, a 12 años de su habilitación, sufrió su primera deserción: el preso Fernández Sampiño escapó burlando a la seguridad vestido con la ropa que le ingresó su amante subrepticiamente. Once años después de aquel suceso, Alejo Ibarra, alias “el diente” hacía lo propio camuflado en el interior de un tacho con el carro de los basureros.

En 1911 se produjo la primera fuga masiva, cuando 13 presos que trabajaban en la jardinería terminaron un túnel que llegó hasta más allá de la muralla del penal. Menos suerte tuvieron quienes un año más tarde intentaron escapar por una de las cloacas: de los 11 que intentaron evadirse, sólo 1 lo logró, mientras los restantes perecieron en su interior.

Aunque la fuga más osada y recordada por todos, ocurrió el 23 de agosto de 1923. Los presos involucrados en el plan, cavaron un túnel durante un año que alcanzó 24 metros de largo por 60 centímetros de diámetro. Lograron escapar 14 reclusos y pudieron ser muchos más si no hubiese sido porque uno de ellos quedó atascado en el agujero, sin posibilidad de moverse hasta que los guardias lo sacaron. Su alias carcelario se lo ganó ese día y lo persiguió toda la vida: “tapón”.

Muchos otros intentaron la fuga; algunos con éxito, otros no. Varios murieron en el intento. Quien se había ganado el apodo de “rey de fugas”, Jorge Villarino, fue el último que lo concretó en 1960, deslizándose hasta el exterior colgado de los cables de teléfono. Una hazaña que sólo podía ser perpetrada por un peligroso criminal.

28 de mayo de 1877: se inaugura con una disimulada apertura la Penitenciaría Nacional, con el traslado de 300 presos que saturaban el Penal del Cabildo. Sus muros eran de gran porte con torres y garitas de vigilancia con disciplina militar. Estaba en una suave barranca y protegida con una reja de hierro de circunvalación.
6 de septiembre de 1961: comenzó la demolición manual.
5 de enero de 1962 empezaron las explosiones con trotyl, que derrumbaron los muros de siete metros de alto, y cuatro metros de ancho en la base. La monumental cárcel pasó al olvido, relegada por el cambio de geografía en la ciudad de Buenos Aires, y reemplazada por el Parque Las Heras.

HOY

La Plaza Las Heras renovada, abrió parcialmente a los vecinos

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