Falafel

Falafel de zanahorias y comino.

Uno de los platos de Medio Oriente más difundidos es el falafel. En cualquier lugar del mundo que encuentres un restaurante de raíces árabes, hay falafel. Sea de comida al paso o no, en una zona chic o en los aeropuertos, es infaltable. Los hay elaborados a la manera tradicional (fritos) y los livianos (horneados). De garbanzos, de habas, de porotos y hasta de lentejas.

Esta croqueta vegetal es tan antigua como la civilización, y tiene la facultad de rememorar costumbres bíblicas egipcias a pesar de que le asignan origen indio. Ha conquistado el corazón (y las panzas) de todo Oriente Medio durante muchos siglos y, en las últimas décadas, de todo el mundo. Es tan versátil que se consume en cualquier momento del día, como plato principal, como guarnición o como relleno de sandwich.

¿Por qué llamarlo falafel y no albóndiga a secas? ¿O croqueta? Porque la «masa» se elabora con la legumbre remojada, no cocida. Porque su nombre es una poesía: deriva del verbo falfala, que significa condimentar, y contiene un mundo de especies.

Porque es la inspiración a toda esa variedad de hamburguesas y albóndigas de la dieta vegetariana. Me resultó gracioso ver el menú de una hamburguesería en Nueva Zelanda que contenía manjares de diversas carnes de la zona: beef (vacuna), lamb (cordero), fish (pescado), y por ahí debajo estaba la versión vegetariana, la Bur Laden, con falafel y tahini!

Falafel de zanahorias y comino

(la croqueta veggie que puede romper el ranking de tus recetas más compartidas)

¿Por qué este falafel puede convertirse en tu próximo «best seller»?
Porque junta lo mejor de dos mundos: la noble proteína del garbanzo y el dulzor terroso de la zanahoria, todo abrazado por el perfume irreverente del comino. Es un bocado que le guiña el ojo a la dieta veggie, seduce a carnívoros curiosos y, encima, se arma con ingredientes baratos y fáciles de conseguir en cualquier barrio porteño.


Un poco de historia, porque las recetas también cuentan cuentos

El falafel nació cuando todavía se escribían relatos en arcilla. Se discute si apareció primero en Egipto o en la India, pero quedó claro que Medio Oriente lo adoptó como religión de bolsillo: un rezo crujiente que se come a cualquier hora. Su nombre viene de falfala («condimentar»), así que, si no hay especias, no hay falafel.

Con los siglos, la croqueta viajó en barcos de vela, se coló en aeropuertos y terminó aterrizando en food-trucks hipsters de Wellington. Hoy muta sin culpa: se hace de habas en El Cairo, de porotos en México y —como aquí— de zanahorias ralladas en pleno Palermo.


La receta, contada sin robots ni artificios

Rinde unas 20 bolitas llenas de gloria

  1. La noche anterior remojá una taza de garbanzos; que naden en agua hasta que dupliquen su tamaño.

  2. Al otro día, enjuagalos, escurrilos y tiralos a la procesadora junto con:

    • Una taza de zanahoria rallada bien fina.

    • Dos dientes de ajo que no tengan brote verde (amargan).

    • Una cebolla chica cortada groseramente.

    • Dos cucharadas de perejil fresco, picado al paso.

    • Una cucharada colmada de comino molido.

    • Una cucharadita de menta seca o fresca, como prefieras.

    • Sal y pimienta a tu paladar.

  3. Cuando la mezcla quede pastosa pero con textura, sumale dos cucharadas de harina de garbanzos (podés reemplazar con fécula o harina común; la idea es que ligue).

  4. Tapá el bowl con film y dejalo reposar en la heladera un par de horas. Ese frizz se asienta y los sabores se ponen de acuerdo.

  5. Armá bolitas del tamaño de una nuez. Tenés dos caminos:

    • Horno: rociá una placa apenas aceitada, llevá los falafel a 200 °C y dales vuelta a los 10 minutos; en 20 quedan dorados.

    • Fritura: si buscás la crocantez legendaria, que el aceite llegue a 180 °C; un chapuzón de 3 minutos y listo.


Cómo servirlos para que vuelen de la mesa

  • Con ensalada de pepino, tomate y yogur para un almuerzo exprés.

  • Dentro de un pan pita con tahina, pickles y hojas verdes: el sándwich que salva madrugadas y noches largas.

  • Como guarnición de un curry suave: Oriente en estéreo.


Tip final para brillar: guardá la mezcla cruda en la heladera hasta dos días o freezala en porciones. Así podés freír/hornear falafel fresco cuando pinte el antojo y tu receta seguirá sumando reproducciones en la memoria gustativa de tus comensales.

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