Las palmeras del Rosedal

Las palmeras del Rosedal: las centinelas verdes que vigilan Palermo

Las palmeras del Rosedal están hace más de un siglo

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Hay algo que ocurre cuando uno entra al Rosedal de Palermo y levanta la vista. Mientras la mayoría de los visitantes se quedan mirando las rosas, los lagos o los botes, arriba sucede otra historia. Una historia silenciosa, alta, elegante y profundamente porteña. Las palmeras que recorren el Parque Tres de Febrero forman una de las postales más reconocibles de Buenos Aires. Son columnas vegetales que parecen sostener el cielo celeste del barrio de Palermo y que acompañan a generaciones enteras de vecinos, turistas, corredores, ciclistas, enamorados y jubilados que caminan por estos senderos desde hace décadas.

Rosedal de Argentina
Rosedal de Argentina

Muchas de estas palmeras pertenecen a especies traídas durante las grandes transformaciones urbanas de fines del siglo XIX y principios del XX, cuando Buenos Aires intentaba parecerse a las grandes capitales europeas, aunque conservando cierto espíritu criollo. El paisajista francés Carlos Thays, responsable de gran parte de los espacios verdes porteños, impulsó la incorporación de especies exóticas provenientes de distintos rincones del mundo.

Las palmeras del Rosedal

Palmeras canarias, washingtonias y ejemplares de distintas variedades comenzaron a poblar los parques de Palermo. Lo que hoy parece natural fue, en realidad, una obra monumental de planificación urbana, jardinería y visión de largo plazo. Aquellos hombres plantaban árboles sabiendo que quizás nunca disfrutarían plenamente de su sombra. Había una idea de ciudad que trascendía al mandato político de turno.

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Las palmeras tienen además una característica que las vuelve casi míticas dentro del paisaje porteño. Mientras otros árboles cambian radicalmente con las estaciones, pierden hojas o modifican su estructura visual, ellas permanecen erguidas durante todo el año. Son una especie de faros vegetales. En verano acompañan los días sofocantes de Buenos Aires. En invierno resisten el viento frío que baja desde el Río de la Plata. Algunas superan ampliamente los veinte metros de altura y generan una sensación extraña: uno se siente pequeño observándolas. Parecen árboles diseñados para una película de aventuras, pero están ahí, en pleno corazón de Palermo, entre vendedores ambulantes, bicicletas, mateadas y turistas sacándose fotografías.

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El contraste también resulta fascinante. Las palmeras conviven con gomeros gigantes, tipas centenarias, jacarandás, ceibos y magnolias. Sin embargo, tienen una personalidad propia. No generan la sombra generosa de otros árboles ni ofrecen grandes copas frondosas. Su atractivo está en la verticalidad. Son esculturas naturales. En ciertos sectores del Rosedal forman corredores visuales que recuerdan a paisajes tropicales, algo completamente inesperado en una ciudad ubicada tan al sur del continente. Cuando el sol de otoño pega sobre los troncos rugosos y las hojas se recortan contra un cielo limpio, el paisaje parece más cercano a una postal del Mediterráneo que a una metrópolis de casi tres millones de habitantes.

Lo curioso es que muchas personas pasan todos los días frente a ellas sin prestarles demasiada atención. Quizás sea una de las maldiciones de los elementos históricos que sobreviven al tiempo: se vuelven tan cotidianos que dejan de sorprender. Pero las palmeras del Rosedal siguen ahí. Han visto desfilar gobiernos, crisis económicas, festejos deportivos, cambios culturales y generaciones enteras de porteños. Permanecen inmóviles mientras la ciudad corre desesperada detrás de novedades que duran apenas unas semanas. En tiempos donde muchas obras públicas parecen pensadas para la foto rápida y el impacto inmediato, estas gigantes verdes recuerdan otra manera de construir Buenos Aires: lenta, paciente y destinada a durar.

Hoy siguen siendo parte esencial de una de las caminatas más hermosas de la Ciudad. Levantar la vista en el Rosedal no cuesta nada. Y, sin embargo, permite descubrir uno de los patrimonios naturales más elegantes que conserva Palermo. Porque a veces la verdadera belleza no está en lo que aparece frente a los ojos, sino en aquello que lleva más de cien años observándonos desde arriba.

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Palmeras y Sarmiento

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