Entre columnas que no sostienen techos, sino sombras, y entre plantas que trepan buscando el sol, la pérgola se presenta como una arquitectura poética. No es un techo, no es un pasillo: es un gesto. Un gesto que viene desde los jardines de Babilonia, pasa por los patios renacentistas y llega hasta Palermo gracias a Carlos Thays y su discípulo Benito Carrasco.

¿Qué es una pérgola y por qué tiene alma?
La pérgola no abriga ni encierra: insinúa. Es un corredor formado por columnas verticales unidas por vigas que crean un entramado abierto, pensado para que las plantas trepadoras —glicinas, rosales, jazmines, parras— lo colonicen con el tiempo. Pero más allá de su definición técnica, la pérgola es un símbolo del tiempo detenido, del paseo lento, del recogimiento.
Las pérgolas en la historia: del poder a la contemplación
En los jardines palaciegos del Renacimiento, las pérgolas eran parte del trazado geométrico que buscaba dominar la naturaleza con elegancia. Eran comunes en los jardines italianos del Cinquecento, en Versalles durante el siglo XVII y en la Alhambra de Granada, donde las pérgolas daban sombra a los nobles mientras bebían agua fresca bajo la mirada de las estrellas.

Pero incluso antes, en la antigua Grecia y Roma, las pérgolas formaban parte del peristilo, el patio interior columnado donde los filósofos paseaban, y donde el acto de caminar era inseparable del pensar.
En los palacios barrocos, como el de Caserta en Nápoles o el de Aranjuez en España, las pérgolas se extendían como brazos decorativos, marcando ejes visuales y ocultando encuentros secretos. Uniendo arquitectura, naturaleza y ritual, servían para embellecer, encuadrar vistas y ralentizar el paso del visitante.
Carlos Thays y el arte de invitar al paseo
Cuando Carlos Thays diseñó el Parque 3 de Febrero en Buenos Aires —a fines del siglo XIX—, no solo introdujo árboles exóticos, especies florales o senderos geométricos. Introdujo una forma de caminar, un ritmo distinto para vivir la ciudad. Y las pérgolas eran parte esencial de esa coreografía.

Thays, formado en Francia, había estudiado los jardines de Le Nôtre, los paisajes de los parques de Haussmann y los trazados de los jardines románticos. Para él, una pérgola no era solo un adorno: era un umbral estético y emocional.
El uso de pérgolas respondía a varios principios clave en su filosofía paisajística:
- Invitar al paseo reflexivo, lejos del ajetreo urbano.
- Crear espacios intermedios, entre lo natural y lo arquitectónico.
- Permitir la convivencia del arte y la botánica, en estructuras donde la planta y la columna se abrazan.
- Generar microclimas de contemplación y frescura, especialmente en veranos porteños.
Benito Carrasco y la pérgola del Rosedal
Discípulo directo de Thays, Benito Carrasco fue quien dejó su firma en la pérgola más emblemática de la ciudad: la del Rosedal de Palermo. Inaugurada en 1914, su blancura y su elegancia remiten a los templos clásicos, pero su función no es religiosa sino poética. Desde entonces, se ha convertido en un rincón favorito para el amor, la fotografía y el descanso.
Carrasco entendía que Buenos Aires, una ciudad en plena expansión, necesitaba estos respiros. La pérgola no era lujo ni capricho: era una necesidad estética y emocional para una metrópolis que aún conservaba el alma de un pueblo.
Epílogo bajo las glicinas
En tiempos de vértigo, de cemento, de ruido, las pérgolas siguen siendo refugio. Su presencia en parques y jardines recuerda que la arquitectura también puede ser blanda, sensible, vegetal. Gracias a Thays, Carrasco y una larga tradición que viene desde los palacios del Viejo Mundo, hoy las pérgolas de Buenos Aires nos enseñan a mirar distinto, a caminar distinto, a vivir distinto.
¿Y vos? Tenés una pérgola favorita en la ciudad? ¿Sabías que detrás de cada columna hay siglos de historia y diseño?
