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Los depósitos se llenan y el consumo sigue en caída

La ropa no se vende, : una crisis que ya lleva dos años

Las vidrieras siguen iluminadas. Los locales continúan abiertos. Los maniquíes exhiben las nuevas colecciones de otoño e invierno. Sin embargo, detrás de esa apariencia de normalidad, una parte importante de la industria textil argentina atraviesa una de las crisis más largas y profundas de las últimas décadas. Según datos de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI), las ventas de ropa cayeron un 7% interanual durante marzo y abril de 2026, completando un cuadro preocupante: de los últimos 14 bimestres relevados, 13 terminaron con números negativos.

La caída del consumo ya dejó de ser una fotografía coyuntural para transformarse en una tendencia estructural. Las empresas no sólo venden menos. También acumulan mercadería que no encuentra compradores. Hace apenas un año, el 24% de las firmas declaraba tener exceso de stock. Hoy ese porcentaje trepó al 52%. En otras palabras, uno de cada dos fabricantes o comerciantes tiene depósitos repletos de prendas que fueron producidas para un mercado que ya no responde como antes.

La explicación que ofrecen los propios empresarios es contundente. El 81% señala que el principal problema es la falta de demanda. No hablan de impuestos. No hablan de regulaciones laborales. No hablan de burocracia. Hablan de algo mucho más simple y mucho más difícil de resolver: la gente no tiene plata suficiente para comprar. Cuando los salarios pierden capacidad adquisitiva, la ropa deja de ser una prioridad. Primero se paga el alquiler. Después los servicios. Luego la comida. Recién al final aparece la posibilidad de renovar el guardarropa. Y en muchos hogares argentinos, ese momento nunca llega.

La situación genera un círculo vicioso. Las empresas enfrentan aumentos permanentes en salarios, energía, alquileres, logística e insumos, pero no pueden trasladar esos costos a los precios porque las ventas se desplomarían todavía más. Nueve de cada diez firmas reconocen que no logran recuperar siquiera la mitad de los aumentos salariales. La mitad directamente admite que no pudo trasladar absolutamente nada. El resultado es una rentabilidad que se evapora mes tras mes mientras los balances se vuelven cada vez más frágiles.

A medida que las ventas desaparecen, también aparecen los problemas financieros. La cadena de pagos comienza a tensarse. Los atrasos en los cobros crecieron quince puntos porcentuales en apenas un año y ya afectan a casi tres de cada diez empresas. Los fabricantes esperan a los mayoristas. Los mayoristas esperan a los comercios. Los comercios esperan a los consumidores. Y los consumidores esperan un ingreso que muchas veces no alcanza para llegar a fin de mes. Es una cadena donde todos esperan y nadie logra recuperar la velocidad perdida.

El impacto sobre el empleo tampoco se detiene. Muchas empresas optan por no reemplazar trabajadores que renuncian. Otras avanzan directamente con despidos. La industria textil y de la confección fue históricamente una de las mayores generadoras de empleo industrial en la Argentina, especialmente para mujeres y trabajadores de pequeñas y medianas empresas. Cuando una fábrica reduce turnos o cierra líneas de producción, no sólo desaparecen puestos laborales. También se debilita una extensa red de talleres, proveedores, transportistas y comercios que dependen de esa actividad.

La paradoja es llamativa. Mientras algunos indicadores financieros muestran estabilidad cambiaria y desaceleración inflacionaria, gran parte de la economía real continúa sin encontrar una recuperación sólida. El fenómeno se observa en numerosos centros comerciales de la Ciudad de Buenos Aires. Palermo, Villa Crespo, Once, Flores, Caballito y otros polos comerciales exhiben locales con promociones permanentes, descuentos agresivos y cuotas sin interés que hace pocos años eran excepcionales. Cuando los descuentos se vuelven permanentes, muchas veces dejan de ser una herramienta comercial y pasan a convertirse en una señal de alarma.

Las expectativas tampoco ayudan. Apenas el 13% de las empresas tiene una visión positiva del futuro inmediato. La mayoría espera que las ventas sigan estancadas o incluso empeoren. El dato refleja algo más profundo que una simple estadística empresarial: una creciente falta de confianza en la capacidad de recuperación del mercado interno.

La historia económica argentina muestra que las crisis de consumo suelen ser especialmente difíciles de revertir. Una fábrica puede volver a producir rápidamente cuando aparecen pedidos. Un comercio puede volver a contratar personal cuando aumentan las ventas. Lo más complejo es reconstruir el poder adquisitivo perdido de millones de personas. Sin consumidores con capacidad de compra, la rueda económica gira cada vez más despacio.

Mientras tanto, en muchos sectores de la sociedad persiste la esperanza de que una recuperación aparezca de manera automática. Los empresarios textiles, sin embargo, observan otra realidad desde sus depósitos llenos de mercadería sin vender. Allí, entre percheros, cajas y prendas acumuladas, los números cuentan una historia menos optimista que los discursos políticos. Una historia donde el problema principal no es producir más, sino encontrar quién pueda comprar.

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