“Mordisquito”: el personaje que desenmascaró a la clase media argentina
Por Mario José – Palermo Online Noticias
“¡No, a mí no me la vas a contar!”. Con esa frase, entre desafiante y melancólica, Enrique Santos Discépolo —el mismo que escribió Cambalache, Uno y Yira Yira— inventó un personaje que haría historia: Mordisquito. No era un hombre real, pero lo escuchaban millones. No ocupaba un cargo, pero incomodaba a todos. Mordisquito fue una voz en la radio, una ficción tan viva que obligó a la Argentina de los años 50 a mirarse al espejo. Y no todos aguantaron lo que vieron.
El nacimiento del personaje
A fines de 1951, en plena segunda presidencia de Juan Domingo Perón, la grieta ya era un abismo. Por un lado, el peronismo gobernaba con la potencia de un movimiento de masas. Del otro, una clase media recelosa, intelectual, antipopulista, que se sentía desplazada, cuestionada, arrinconada por el avance de los “cabecitas”. Es ahí donde aparece Discépolo, ya consagrado como poeta del pueblo, para asumir un nuevo rol: el de comunicador político en Radio Municipal.
Desde ese micrófono, en un ciclo de charlas radiales titulado Pienso y digo lo que pienso, Discépolo le hablaba cada noche a Mordisquito, su interlocutor imaginario. Mordisquito era el típico gorila, el escéptico ilustrado, el tipo que se quejaba de todo pero no proponía nada, el que despreciaba al peronismo pero no podía negar que su empleada ahora tenía aguinaldo, que su vecino obrero había comprado una heladera, que su hijo iba a la universidad gratis.
¿Qué decía Mordisquito?
Mordisquito no hablaba. Escuchaba. Y Discépolo le decía cosas como esta:
“Vos no sabés lo que es tener hambre… y te da bronca que los que tenían hambre, ahora coman.”
Era un cross al mentón. Mordisquito era el espejo de la hipocresía de clase. Un personaje colectivo. Una máscara de miles. Discépolo no lo insultaba: lo desnudaba con ternura filosa, con ironía barrial, con elegancia arrabalera. Lo apretaba con frases como:
“Sos el pasado que quiere volver por amor propio, solo por amor propio.”
“Tenés la mística de los pajarones y practicás su culto como una religión.”
“A mí no me vas a contar que no entraste en el beneficio de esta generala servida.”
Y el remate más certero:
“Vos sabés que no debés volver. Como sabés también que en el cuarto oscuro tus candidatos y vos lo van a votar a este gobierno.”
Política, cultura y coraje
Los discursos de Discépolo no eran arengas vacías. Eran diálogos literarios, con estructura teatral, unipersonales cargados de contenido social, filosófico y político. Defendía el voto femenino, el aguinaldo, los derechos laborales, la justicia social. No hablaba de Perón con idolatría, sino del proyecto colectivo que ponía en el centro a los que siempre habían sido postergados.
Y lo pagó caro.
Los medios lo trataron de vendido. Sus antiguos amigos del ambiente artístico lo miraron con desprecio. Lo tildaron de panfletario. Él, que había sido el alma poética del tango moderno, quedó solo. Murió poco después, en diciembre de 1951, con el corazón partido. Pero su legado estaba sellado.
Un personaje que trascendió su época
Mordisquito fue un acto de coraje cultural. En una época sin redes sociales ni fake news, donde la palabra aún tenía peso, Discépolo usó la radio —el medio más poderoso de entonces— para abrir un diálogo imposible: el de un intelectual peronista con la clase media antiperonista. Y lo hizo sin odio, sin gritos, pero con una lucidez que incomodaba.
No fue casualidad que Perón, al ganar las elecciones de 1946, dijera:
“Gané por el voto de las mujeres… y por Mordisquito.”
Porque Mordisquito, ese que decía no votar a Perón, también se benefició. También lo votó. Aunque fuera con vergüenza. Aunque dijera lo contrario en público.
¿Por qué sigue vigente?
Porque Mordisquito nunca se fue. Hoy vive en ciertos opinadores de café, en los que repiten frases hechas sin revisar la realidad. Vive en los que se quejan del Estado pero se atienden gratis. En los que desprecian a los pobres pero compran en cuotas. En los que odian la política pero viven de sus decisiones.
Y Discépolo, aunque muerto, sigue ganando cada vez que alguien se atreve a ver al país desde abajo.
¿Y vos? ¿Tenés un Mordisquito adentro? ¿O sos de los que prefieren escuchar antes de repetir?
