Ciudad liberada: quién controla a los repartidores y por qué nadie se hace cargo
En la Ciudad de Buenos Aires se vive una escena cotidiana que ya dejó de ser anécdota para convertirse en riesgo real. Motos y bicicletas de reparto circulan en contramano, suben a la vereda, invaden bicisendas, se meten por carriles de autos, cruzan semáforos en rojo y pasan a centímetros de peatones que caminan con prioridad por la senda peatonal. Sin casco, sin luces, sin identificación, sin pechera y, sobre todo, sin control.
La pregunta es simple y brutal: ¿quién controla todo esto?
La respuesta, más brutal todavía: nadie.
El delivery sin ley y la calle como selva
El auge del delivery —apps, pedidos ya, envíos “urgentes”— convirtió a la calle en una carrera contra el reloj donde la ley de tránsito parece opcional. El peatón dejó de ser prioridad. El ciclista que circula correctamente también es víctima. Y el automovilista, rehén de maniobras suicidas.
No se trata de criminalizar al repartidor que labura doce horas para sobrevivir. El problema es la ausencia total del Estado: sin reglas claras, sin controles sistemáticos, sin sanciones reales y sin infraestructura pensada para convivir.
Controles con foto y sin resultados
Desde el gobierno porteño se anuncian operativos, campañas, chalecos, conos y gacetillas. Mucha foto. Mucho video. Poco efecto.
Los controles son esporádicos, previsibles y más publicitarios que efectivos. No hay fiscalización sostenida ni coordinación seria con las plataformas de reparto. Nadie exige cursos obligatorios, seguros, identificación visible o cumplimiento estricto de normas básicas.
Mientras tanto, siguen pasando motos con escapes libres que se escuchan a cuadras. Siguen pasando bicis sin luces de noche. Siguen pasando cuerpos a velocidad por veredas donde hay chicos, jubilados y familias.
Una ciudad sucia, ruidosa y cada vez más hostil
Este descontrol no vive solo. Se suma a una ciudad con problemas graves de limpieza, recolección de residuos desbordada y veredas rotas. A paradas de colectivos que no protegen del sol ni de la lluvia, con techos de vidrio inútiles y sin lugares dignos para sentarse. A la ausencia total de baños públicos. A una infraestructura que no se actualiza y a un subte que no se expande.
En lugar de priorizar lo básico, se gastan millones en colectivos eléctricos importados y paradas “de diseño” que no resuelven nada. Lo moderno no es lo caro: lo moderno es lo que funciona.
Una gestión sin calle
La gestión de Jorge Macri parece más preocupada por el marketing que por la vida cotidiana del vecino. No hay una apuesta fuerte a la cultura barrial, al trabajo local, a la movilidad real ni a una convivencia urbana posible. Gobernar una ciudad no es administrar renders ni slogans: es entender cómo se cruza una esquina a las ocho de la mañana.
Buenos Aires no necesita más anuncios. Necesita presencia. Necesita reglas claras. Necesita autoridad democrática en la calle.
¿Y la Legislatura?
Mientras tanto, la Legislatura porteña discute poco y resuelve menos. Abunda la rosca y escasea la vocación de gestión. El nivel del debate cae y la distancia con la realidad del vecino crece. La ciudad se administra de espaldas a quienes la caminan.
La pregunta que queda
¿Quién protege hoy al peatón en Buenos Aires?
¿Quién garantiza que una bicicleta no te lleve puesto en contramano?
¿Quién controla que una moto no convierta la vereda en autopista?
La ciudad no está pidiendo milagros. Está pidiendo orden, presencia y sentido común.
Lo demás —la publicidad, los anuncios, los discursos— no frena motos. No limpia veredas. No salva vidas.
