news 1212

Tarifas, empleo y bolsillo

En marzo de 2026, un hogar promedio del AMBA sin subsidios necesitó $213.557 para cubrir energía, transporte y agua, con una suba mensual de 11,4% y un salto interanual de 46%. Desde diciembre de 2023, esa canasta trepó 591%, muy por encima del avance del nivel general de precios en el mismo período. Mientras tanto, el mercado laboral no ofrece alivio: la desocupación cerró el cuarto trimestre de 2025 en 7,5%, por encima del 6,4% de un año antes.

En la Argentina del ajuste permanente, marzo volvió a traer una escena ya demasiado conocida: el sueldo entra por la puerta y las tarifas le salen corriendo por la ventana. El nuevo informe del Observatorio de Tarifas y Subsidios del IIEP UBA-Conicet mostró que una familia tipo del Área Metropolitana de Buenos Aires debió destinar $213.557 para sostener los gastos de transporte, luz, gas y agua, sin subsidios. La cifra pegó un salto de 11,4% frente a febrero y quedó 46% por encima de marzo de 2025.

El dato no viene solo ni cae del cielo como granizo de marzo. Según el mismo observatorio, desde diciembre de 2023 la canasta de servicios públicos subió 591%, mientras la inflación general avanzó bastante menos en ese mismo tramo. Ahí aparece el hueso duro del asunto: aun si el Gobierno insiste con mostrar desaceleración inflacionaria, los servicios regulados siguieron comiéndose una porción cada vez más pesada del ingreso familiar.

El transporte, como suele pasar en el AMBA cuando se empieza a sincerar lo que durante años se pateó para adelante, fue el rubro más bravo del mes. El gasto mensual en movilidad llegó a $101.026 y subió 14,8% contra febrero. Después vinieron la electricidad, con una factura media de $49.462 para usuarios de ingresos altos, el gas natural con $28.025 y el agua con $35.045. Traducido al castellano de almacén: moverse, prender la luz, ducharse y cocinar ya forman una pequeña hipoteca mensual.

El propio informe señaló que hoy los hogares del AMBA cubren en promedio el 65% del costo de esos servicios, mientras el Estado financia el 35% restante. Es decir, ni siquiera con este nivel de tarifas el retiro estatal fue total. Se mantuvo en marzo ese nivel de cobertura, luego del salto de 13 puntos porcentuales que se había producido entre enero y febrero por el rediseño del esquema de subsidios.

Lo más delicado no es sólo el monto nominal, sino la relación con el salario. El IIEP ubicó esta canasta en el 12,3% del salario promedio registrado de marzo, calculado en $1.741.460. Pero ese dato, que a primera vista podría parecer manejable, tiene una trampa conocida: no todos cobran salario registrado promedio, y muchísimo menos en una economía donde el empleo informal, el cuentapropismo precario y la changa maquillada de emprendedurismo siguen creciendo en silencio.

Y ahí entra el otro elefante en el living: el empleo no repunta con la fuerza prometida. El INDEC informó que la desocupación fue de 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, contra 6,4% en el mismo período del año anterior, mientras la tasa de empleo se ubicó en 45% y la de actividad en 48,6%, sin cambios significativos. Dicho sin perfume: no hay una recuperación laboral lo bastante sólida como para compensar la presión creciente de tarifas, transporte y servicios sobre el ingreso.

Los datos oficiales sobre trabajo registrado tampoco pintan una primavera. La Secretaría de Trabajo informó para diciembre de 2025 un total de 12,92 millones de trabajadores registrados, con una variación mensual de apenas 0,1%, mientras los asalariados privados quedaron en 6,20 millones y marcaron una caída mensual de 0,2%. En otras palabras, el mercado laboral formal sigue caminando con las rodillas vendadas.

En este contexto, el discurso de la prosperidad inminente empieza a sonar menos a plan económico y más a promesa fiada. Porque una cosa es ordenar precios relativos, otra muy distinta es hacerlo sobre una sociedad con empleo flojo, consumo pinchado y salarios que, en la vida real, llegan con lengua afuera al día 20. Si además la desocupación sube y el costo fijo del hogar se dispara, el famoso “aguante ahora para estar mejor después” empieza a oxidarse como un piano tirado de un piso 15: hace ruido, rompe todo abajo y cuesta cada vez más sostener que eso forma parte de una melodía.

La paradoja del momento argentino es brutal. El oficialismo todavía puede mostrar ciertos indicadores macro que le sirven de escudo político, pero en el mostrador, en la SUBE, en la factura de AySA y en el medidor de gas la paciencia social cotiza a la baja. La economía podrá exhibir orden contable en algunos casilleros, pero en el barrio la cuenta se hace más simple: si todo aumenta y el trabajo no mejora, la calle no compra relato.

Palermo Online seguirá mirando estos números con una pregunta que vale más que cualquier conferencia de prensa: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una estabilización que le pide siempre el mismo esfuerzo al que viaja, paga, labura y llega cada vez más justo?

Tarifas, empleo y bolsillo: en el AMBA ya se van más de $213 mil por mes y el relato oficial empieza a crujir

En marzo de 2026, un hogar promedio del AMBA sin subsidios necesitó $213.557 para cubrir energía, transporte y agua, con una suba mensual de 11,4% y un salto interanual de 46%. Desde diciembre de 2023, esa canasta trepó 591%, muy por encima del avance del nivel general de precios en el mismo período. Mientras tanto, el mercado laboral no ofrece alivio: la desocupación cerró el cuarto trimestre de 2025 en 7,5%, por encima del 6,4% de un año antes.

En la Argentina del ajuste permanente, marzo volvió a traer una escena ya demasiado conocida: el sueldo entra por la puerta y las tarifas le salen corriendo por la ventana. El nuevo informe del Observatorio de Tarifas y Subsidios del IIEP UBA-Conicet mostró que una familia tipo del Área Metropolitana de Buenos Aires debió destinar $213.557 para sostener los gastos de transporte, luz, gas y agua, sin subsidios. La cifra pegó un salto de 11,4% frente a febrero y quedó 46% por encima de marzo de 2025.

El dato no viene solo ni cae del cielo como granizo de marzo. Según el mismo observatorio, desde diciembre de 2023 la canasta de servicios públicos subió 591%, mientras la inflación general avanzó bastante menos en ese mismo tramo. Ahí aparece el hueso duro del asunto: aun si el Gobierno insiste con mostrar desaceleración inflacionaria, los servicios regulados siguieron comiéndose una porción cada vez más pesada del ingreso familiar.

El transporte, como suele pasar en el AMBA cuando se empieza a sincerar lo que durante años se pateó para adelante, fue el rubro más bravo del mes. El gasto mensual en movilidad llegó a $101.026 y subió 14,8% contra febrero. Después vinieron la electricidad, con una factura media de $49.462 para usuarios de ingresos altos, el gas natural con $28.025 y el agua con $35.045. Traducido al castellano de almacén: moverse, prender la luz, ducharse y cocinar ya forman una pequeña hipoteca mensual.

El propio informe señaló que hoy los hogares del AMBA cubren en promedio el 65% del costo de esos servicios, mientras el Estado financia el 35% restante. Es decir, ni siquiera con este nivel de tarifas el retiro estatal fue total. Se mantuvo en marzo ese nivel de cobertura, luego del salto de 13 puntos porcentuales que se había producido entre enero y febrero por el rediseño del esquema de subsidios.

Lo más delicado no es sólo el monto nominal, sino la relación con el salario. El IIEP ubicó esta canasta en el 12,3% del salario promedio registrado de marzo, calculado en $1.741.460. Pero ese dato, que a primera vista podría parecer manejable, tiene una trampa conocida: no todos cobran salario registrado promedio, y muchísimo menos en una economía donde el empleo informal, el cuentapropismo precario y la changa maquillada de emprendedurismo siguen creciendo en silencio.

Y ahí entra el otro elefante en el living: el empleo no repunta con la fuerza prometida. El INDEC informó que la desocupación fue de 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, contra 6,4% en el mismo período del año anterior, mientras la tasa de empleo se ubicó en 45% y la de actividad en 48,6%, sin cambios significativos. Dicho sin perfume: no hay una recuperación laboral lo bastante sólida como para compensar la presión creciente de tarifas, transporte y servicios sobre el ingreso.

Los datos oficiales sobre trabajo registrado tampoco pintan una primavera. La Secretaría de Trabajo informó para diciembre de 2025 un total de 12,92 millones de trabajadores registrados, con una variación mensual de apenas 0,1%, mientras los asalariados privados quedaron en 6,20 millones y marcaron una caída mensual de 0,2%. En otras palabras, el mercado laboral formal sigue caminando con las rodillas vendadas.

En este contexto, el discurso de la prosperidad inminente empieza a sonar menos a plan económico y más a promesa fiada. Porque una cosa es ordenar precios relativos, otra muy distinta es hacerlo sobre una sociedad con empleo flojo, consumo pinchado y salarios que, en la vida real, llegan con lengua afuera al día 20. Si además la desocupación sube y el costo fijo del hogar se dispara, el famoso “aguante ahora para estar mejor después” empieza a oxidarse como un piano tirado de un piso 15: hace ruido, rompe todo abajo y cuesta cada vez más sostener que eso forma parte de una melodía.

La paradoja del momento argentino es brutal. El oficialismo todavía puede mostrar ciertos indicadores macro que le sirven de escudo político, pero en el mostrador, en la SUBE, en la factura de AySA y en el medidor de gas la paciencia social cotiza a la baja. La economía podrá exhibir orden contable en algunos casilleros, pero en el barrio la cuenta se hace más simple: si todo aumenta y el trabajo no mejora, la calle no compra relato.

¿Cuánto tiempo puede sostenerse una estabilización que le pide siempre el mismo esfuerzo al que viaja, paga, labura y llega cada vez más justo?