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Antártida argentina: a 75 años del Instituto Antártico Argentino

Entre el rigor científico pionero y el desafío de sostener soberanía con conocimiento

Este 17 de abril se cumplen 75 años de la creación del Instituto Antártico Argentino, fundado en 1951 por decisión política del entonces presidente Juan Domingo Perón, en un contexto internacional donde la Antártida comenzaba a consolidarse como un territorio estratégico no solo por su valor geopolítico sino también por su potencial científico, en una época en la que muy pocos países habían logrado establecer estructuras institucionales permanentes dedicadas a la investigación en el continente blanco, lo que posicionó a la Argentina como uno de los actores pioneros en la producción de conocimiento sistemático en condiciones extremas.

Lejos de los discursos vacíos, la evidencia concreta de ese desarrollo temprano se encuentra en publicaciones científicas como la que hoy vuelve a circular, correspondiente a una edición histórica donde se compilan contribuciones realizadas en el marco del Instituto, y en la que se detallan investigaciones específicas, con metodología, campo de estudio y resultados, que permiten dimensionar el nivel técnico alcanzado por la ciencia argentina en la Antártida ya en sus primeras décadas de funcionamiento.

En esa misma página se registran trabajos como el “Segundo aporte al conocimiento del microplancton del mar de Bellingshausen”, donde se analizan más de 20 muestras recolectadas en una región considerada clave dentro del ecosistema antártico, describiendo la composición del plancton y destacando la predominancia de diatomeas como Biddulphia, junto con la presencia de zooplancton —copépodos y larvas de Euphausiacea— cuya biomasa, según el estudio, alcanzaba niveles comparables o incluso superiores a la del fitoplancton, un dato central para entender la dinámica trófica de los mares australes y su impacto en cadenas alimentarias que hoy siguen siendo objeto de estudio global.

En paralelo, se documenta una “Distribución vertical de la fauna bentónica en tres localidades antárticas”, con relevamientos en Bahía Esperanza, Isla Petermann y Archipiélago Melchior, donde se analizan patrones de profundidad, densidad y composición de especies, detectándose concentraciones elevadas de invertebrados en determinadas zonas, incluyendo nemertinos de gran tamaño en la Isla Petermann, lo que permitió inferir relaciones ecológicas complejas y comportamientos depredadores específicos en ambientes de extrema presión y baja temperatura, aportando datos que en ese momento eran prácticamente inexistentes en la literatura científica internacional.

La misma edición incluye estudios de carácter geofísico y atmosférico, como la “Medición de la absorción ionosférica en la zona auroral”, realizada mediante el trazado de la denominada “curva del día quieto” para la Base General Belgrano, donde se observa cómo la intensidad de la señal disminuye a medida que aumenta el ángulo solar, permitiendo interpretar variaciones en la ionosfera vinculadas a la radiación electromagnética y a la precipitación de partículas, un tipo de análisis que hoy resulta fundamental para comprender fenómenos como las tormentas solares y su impacto en las comunicaciones globales.

En esa misma línea, el estudio sobre “La absorción ionosférica a través de un ciclo solar” evidencia diferencias marcadas entre períodos de ascenso y descenso de la actividad solar, con registros obtenidos en la Base General Belgrano que permitieron detectar variaciones estacionales y nocturnas en la absorción, concluyendo que una parte sustancial de estos procesos se origina en la región F de la ionosfera durante fases perturbadas, mientras que en condiciones calmas la región D mantiene niveles de absorción constantes incluso durante la noche polar, lo que demuestra un nivel de precisión técnica y continuidad en las mediciones que consolidaron a la Argentina como referente en estudios aurorales.

A su vez, investigaciones como “Interpretación de las pulsaciones aurorales en términos de fenómenos ondulatorios” avanzan sobre el análisis de ondas en el plasma auroral, describiendo patrones de modulación y frecuencia que permiten entender la dinámica de las auroras más allá de su manifestación visual, integrando física, meteorología y astronomía en un mismo campo de estudio, en una época donde este tipo de abordajes interdisciplinarios recién comenzaban a desarrollarse a nivel global.

Incluso se incluyen trabajos de corte biológico y fisiológico, como el análisis de biosíntesis de esteroides en la glándula suprarrenal de la foca de Weddell (Leptonychotes weddellii), donde se incubaron tejidos a distintas temperaturas (1,2 °C) y tiempos (15, 30, 60 y 120 minutos), evaluando la conversión de cortisol y corticosterona mediante marcadores radiactivos, detectando la presencia de vías metabólicas alternativas en comparación con otros mamíferos, lo que aporta evidencia sobre mecanismos de adaptación endocrina en ambientes extremos, un campo que hoy tiene aplicaciones en medicina, biotecnología y fisiología comparada.

Estos datos no son anécdota, son estructura.

Porque lo que construyó el Instituto Antártico Argentino no fue solo presencia territorial, sino una base científica sólida, con producción continua, mediciones sistemáticas y aportes concretos en biología marina, geofísica, meteorología, fisiología y oceanografía, en un momento histórico donde el acceso a tecnología, financiamiento y logística era mucho más limitado que en la actualidad.

Hoy, a 75 años de su creación, el Instituto sigue siendo un pilar dentro del sistema científico nacional y un actor relevante en el Tratado Antártico, participando en redes de cooperación internacional y sosteniendo campañas científicas en un contexto donde la Antártida se convirtió en un laboratorio natural clave para estudiar el cambio climático, la acidificación de los océanos y la evolución de ecosistemas bajo estrés ambiental.

Pero el contraste también es evidente.

Mientras aquellos trabajos históricos muestran un nivel de detalle, rigurosidad y ambición científica que posicionaron a la Argentina en la primera línea de la investigación antártica, el presente obliga a preguntarse si existe una política sostenida capaz de mantener ese legado en el tiempo, en un escenario global donde las grandes potencias incrementan su inversión en ciencia polar y donde el conocimiento vuelve a ser, como en 1951, una herramienta central de soberanía.

Porque en la Antártida no alcanza con haber llegado primero.

Hay que seguir investigando, midiendo, produciendo datos, ocupando espacio científico real, porque en ese territorio el que no genera conocimiento, desaparece del mapa.

Y esa es la discusión de fondo, 75 años después.