El ciervo de Leduc: una joya francesa entre el bronce y la memoria porteña
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En el corazón palermitano, donde chocan el verde del Parque Tres de Febrero y el asfalto de la ciudad apurada, un ciervo de bronce desafía el paso del tiempo. No es un ciervo cualquiera. Es francés, altivo, testigo de otra Buenos Aires que quiso ser París. Y aunque muchos lo pasan de largo, su historia merece ser contada.
La Plaza Intendente Seeber: portal al pasado
Sobre el cruce de la Avenida del Libertador y Sarmiento, justo frente a una de las entradas del viejo Zoológico, se abre la Plaza Intendente Seeber, llamada así en honor a Francisco Seeber, intendente de Buenos Aires entre 1889 y 1890. Allí se alza el monumento a Juan Manuel de Rosas, con espada de San Martín incluida, una columna dórica, esculturas traídas de Europa y… dos ciervos. Sí, dos.
Uno de ellos, el más imponente, es el Ciervo de Arthur Jacques Le Duc, un escultor francés nacido en 1848 en Normandía, que supo dejar su marca tanto en Europa como en nuestras pampas urbanas.
¿Quién fue Arthur Le Duc?
Un tipo serio, de los que moldeaban el bronce con obsesión. Estudió derecho, pero lo suyo era el arte. Participó como soldado en la guerra franco-prusiana de 1870 y terminó refugiado en la escultura como forma de expiar los horrores vividos. De ahí su sensibilidad animalística, de ahí sus ciervos, leones y bestias mitológicas. En Buenos Aires, su Ciervo llegó como parte de una serie de adquisiciones del Estado porteño que, a comienzos del siglo XX, compraba arte europeo como quien compra adoquines.
El ciervo de la soberbia
La escultura mide poco más de un metro y medio. Está hecha en bronce y representa a un ciervo macho en actitud dominante. Parado con elegancia y cierta arrogancia, el animal parece controlar su territorio desde el pedestal, como si supiera que su linaje no es criollo sino francés. Una obra sobria, poderosa, sin necesidad de grandilocuencias. Y sin embargo, fue vandalizada: en 2014, amaneció con sus cuernos serruchados. Una muestra más de cómo la desidia y la ignorancia pueden mutilar el arte.
Dos ciervos y una plaza museo
Junto al Ciervo de Le Duc, se encuentra el Ciervo de Prosper LeCourtier, también francés, realizado hacia 1900 y fundido por la famosa casa Durenne. Ambas piezas llegaron antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando Buenos Aires se daba el lujo de importar cultura europea con la naturalidad de quien encarga una fuente al centro de una plaza.
Además, la plaza exhibe otras obras como Lucha del tigre de los belgas Louis Samain y Julien Dillens, un templete que perteneció al Palacio Bosch y la ya mencionada estatua de Rosas. No exageramos si decimos que es un museo a cielo abierto, gratuito y casi ignorado por la mayoría.
Turismo porteño con mirada atenta
¿Vas al Ecoparque? ¿Te tentás con una caminata por el Rosedal? Te proponemos un desvío mínimo pero enriquecedor. Cruzá a la Plaza Seeber, frená el paso, y mirá al ciervo. En su postura hay más que un animal. Hay un mensaje que dice: “Buenos Aires no nació ayer”.
La historia no siempre grita. A veces susurra desde el bronce.
Conclusión: un secreto al alcance de todos
El Ciervo de Leduc no está en los folletos. No es parte de los tours en monopatín eléctrico. Pero es nuestro. Y como todo lo que es nuestro, hay que mirarlo, valorarlo, y defenderlo.
¿Vos ya lo conocías? ¿Tenés una foto o una historia con esta plaza? Te invitamos a escribirnos a lectores@palermonline.com.ar y sumar tu mirada. Porque Palermo no es solo un barrio: es un archivo vivo, y vos podés ser parte de su relato.
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias
Redacción: Especial de Turismo Patrimonial
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