LARRETA MACRI Y PATO1 1

El ocaso amarillo: el PRO se desarma

Mientras la derecha se muda con Milei

La frase de Cristian Ritondo intentando defender al PRO frente a las críticas de Javier Milei sonó menos a liderazgo y más a pedido de auxilio. “Alguien le hace mal el libreto”, dijo el diputado sobre el Presidente. Pero en la calle, en los cafés de Palermo, en las mesas de Belgrano, en los edificios de Recoleta y hasta en los grupos de WhatsApp de comerciantes de Caballito, la sensación ya es otra: la derecha argentina dejó de mirar al PRO como herramienta de poder y empezó a migrar masivamente hacia La Libertad Avanza.

El PRO, que durante años se presentó como la gran maquinaria moderna de la centroderecha argentina, hoy parece un partido atrapado en una crisis existencial. No sabe si ser oposición o socio. No sabe si pelearse con Milei o arrodillarse. No sabe si defender el republicanismo clásico o competir por quién grita más fuerte contra el peronismo. Y en política, cuando un espacio no sabe dónde pararse, la sociedad termina empujándolo al precipicio.

La historia argentina ya mostró esta película. Le pasó a la UCR. Un partido gigantesco que prometía épica democrática terminó transformado en una estructura burocrática, tibia y administradora de derrotas. El radicalismo pasó de ser el partido de Alfonsín a una confederación de dirigentes sobreviviendo con cargos provinciales y alianzas desesperadas. Hoy muchos analistas empiezan a preguntarse si el PRO no está entrando exactamente en el mismo túnel.

Porque la base electoral dura de derecha ya no cree en los amarillos. Los considera lentos, culposos, moderados, blandos y excesivamente preocupados por quedar bien en televisión. El votante duro que antes elegía al macrismo ahora mira a Milei como un vehículo más agresivo, más brutal y más ideológico. La lógica es simple: para gran parte de ese electorado, el PRO administró el país y la Ciudad durante años sin destruir realmente las estructuras que prometía combatir.

Y ahí aparece el gran problema de credibilidad.

El PRO construyó durante décadas un discurso republicano basado en la transparencia institucional, la división de poderes y la lucha contra la corrupción. Sin embargo, cuando aparecen denuncias o sospechas sobre figuras cercanas al oficialismo libertario, la reacción suele ser tibia, calculada y silenciosa. El caso de Manuel Adorni empezó a generar murmullos incluso entre votantes no peronistas. Mucha gente se pregunta cómo un funcionario con ingresos públicos relativamente acotados puede sostener niveles de gasto tan altos sin que exista una discusión política seria alrededor de eso.

Y el problema para el PRO es que tampoco llega limpio a esa discusión.

Cristian Ritondo arrastra desde hace años cuestionamientos públicos sobre patrimonio, propiedades y evolución económica difícil de explicar para una parte importante de la sociedad. Entonces aparece un fenómeno letal: quienes construyeron su identidad política hablando de transparencia hoy son observados con exactamente la misma sospecha que antes denunciaban en otros espacios.

La política argentina tiene memoria selectiva, pero la calle tiene olfato.

Y el olfato social detecta algo que empieza a ser devastador para el macrismo: agotamiento. El PRO ya no representa novedad, ni modernidad, ni eficiencia. Representa gestión desgastada. Representa años de promesas de orden en una Ciudad que cada vez aparece más sucia, más abandonada y más desigual.

Porque mientras los dirigentes discuten alianzas, candidaturas y operaciones mediáticas, Buenos Aires exhibe escenas cada vez más incómodas. Contenedores rebalsados. Veredas detonadas. Olor a basura en zonas gastronómicas. Personas durmiendo en la calle. Ratas debajo de decks gastronómicos. Comerciantes cansados. Vecinos que sienten que pagan impuestos absurdos para vivir en una ciudad que dejó de funcionar con precisión.

El drama del PRO es que gobernó tanto tiempo la Ciudad que ya no puede culpar a nadie más.

La señora de Recoleta que protesta por los homeless sigue votando al PRO por costumbre cultural, casi como quien conserva una vajilla vieja heredada de la familia. Pero incluso ahí empieza a aparecer una incomodidad creciente. Porque la inseguridad aumentó, porque la limpieza empeoró y porque la sensación de deterioro urbano ya es demasiado visible para esconderla atrás de campañas publicitarias con globos amarillos y renders futuristas.

Y encima explotó Juntos por el Cambio.

Lo que alguna vez fue presentado como la gran coalición republicana terminó implosionando entre egos, traiciones y oportunismo electoral. Elisa Carrió disparando contra todos. Patricia Bullrich absorbida por Milei. La UCR convertida en actor secundario. Y Horacio Rodríguez Larreta, probablemente el dirigente que más trabajó para construir el PRO moderno, directamente afuera del esquema central.

Ese dato es demoledor.

Cuando hasta Larreta se va o queda expulsado simbólicamente del corazón del espacio, lo que queda no es renovación. Lo que queda es fragmentación. El PRO empezó a devorar a sus propios arquitectos.

Y Milei aprovecha eso con una lógica brutalmente efectiva: absorber votantes de derecha mientras humilla políticamente a sus aliados. La Libertad Avanza entendió algo antes que nadie: el votante duro argentino ya no quiere dirigentes moderados que negocien permanentemente. Quiere figuras agresivas, extremas y confrontativas.

Por eso el PRO quedó atrapado en una tierra de nadie.

Para el progresismo, el PRO sigue siendo la derecha clásica ligada a empresarios y poder económico. Pero para la nueva derecha libertaria, el PRO es apenas una versión domesticada, cobarde y burocrática del cambio que prometía.

La consecuencia puede ser histórica.

Así como la UCR terminó convertida en un partido satélite después de haber sido uno de los grandes movimientos populares del siglo XX, el PRO corre el riesgo de convertirse en una estructura residual, útil apenas para aportar legisladores, intendentes aislados y operadores parlamentarios.

El problema es cultural además de político. El macrismo perdió mística. Ya no enamora ni emociona. Administra. Sobrevive. Negocia. Y en una época de furia social, la tibieza suele ser condena electoral.

Ritondo intenta mostrar firmeza, pero cada declaración deja flotando otra imagen: dirigentes intentando salvar un barco que ya empezó a hundirse. Mientras tanto, Milei sigue absorbiendo a gran parte del electorado de derecha y empujando al PRO hacia un rincón incómodo donde nadie termina de entender qué representa.

Tal vez el verdadero drama del macrismo sea ese. Después de veinte años de construir poder, ya no sabe explicar para qué existe.

Y cuando un partido pierde el sentido de existencia, la política argentina suele ser despiadada. Lo mastica, lo licúa y lo reemplaza sin nostalgia.