La jubilación que votó ajuste: bronca, remedios caros y mesas vacías en los bares porteños
En los cafés de Palermo, Colegiales y Villa Crespo empezó a aparecer una escena repetida, casi dolorosa. Jubilados mirando el ticket de la farmacia como si fuese una sentencia judicial. Señoras que antes llenaban changuitos y hoy preguntan el precio de medio kilo de pan. Hombres que trabajaron cuarenta años y ahora hacen cuentas para decidir si pagan las expensas o compran los remedios para la presión. La Argentina del ajuste llegó primero al cuerpo de los viejos.
Y lo más paradójico de todo es que una parte importante de esos jubilados votó a Javier Milei con esperanza, con bronca o directamente con sed de castigo contra la política tradicional. Pero el experimento libertario terminó convirtiendo la vida cotidiana en una carrera de obstáculos para quienes ya no tienen resto físico ni económico para aguantar otro golpe.
Según un informe reciente sobre el costo de vida en la Ciudad de Buenos Aires, una pareja de jubilados necesita más de $1.500.000 por mes para vivir de manera básica, sin lujos ni vacaciones, solamente para cubrir alimentos, transporte, salud y servicios. Y si alquilan o pagan prepaga, directamente el número se vuelve delirante para cualquier ingreso jubilatorio normal.
En las farmacias barriales ya conocen las escenas de memoria. Jubilados que llevan menos medicamentos de los que les recetó el médico. Personas que parten pastillas al medio. Otros directamente abandonan tratamientos porque no llegan. Mientras tanto, desde los sectores más fanáticos del oficialismo se sigue hablando de “sacrificio”, como si un jubilado de 78 años tuviera que inmolarse económicamente para ordenar el déficit fiscal.
La situación se volvió particularmente visible en los barrios porteños de clase media. En Palermo, muchos administradores de consorcios reconocen atrasos crecientes en expensas. En Colegiales, comerciantes cuentan que los jubilados dejaron de consumir incluso cosas básicas. Ya ni se sientan a desayunar afuera como antes. Piden un café y lo estiran dos horas mirando pasar colectivos y deliverys.
Hay algo profundamente triste en ver a personas mayores defendiendo un modelo que les destruyó el poder adquisitivo mientras los mercados celebran “el ajuste exitoso”. Porque la macroeconomía podrá sonreír en las planillas de Excel, pero en los barrios lo que se ve son heladeras más vacías, menos consumo y una angustia silenciosa que se mete en las conversaciones familiares.
Muchos jubilados votaron a Milei creyendo que castigaban a la “casta”. Sin embargo, el golpe terminó cayendo sobre ellos mismos. La política argentina tiene esas ironías brutales: los poderosos casi siempre encuentran cómo acomodarse; el jubilado no. El jubilado ajusta comida, salud y calefacción. Ajusta vida.
La inflación podrá desacelerarse según los indicadores oficiales, pero el costo de envejecer en Buenos Aires se volvió salvaje. Transporte, expensas y medicamentos aumentan por encima de cualquier jubilación mínima. Y en ese contexto aparece una pregunta incómoda que recorre los barrios: ¿hasta cuándo puede sostenerse un modelo económico que exige sacrificios permanentes a quienes ya trabajaron toda su vida?
Porque detrás de cada jubilado hay décadas de aportes, de madrugadas, de colectivos llenos, de fábricas, oficinas, talleres y escuelas. Convertir a los adultos mayores en variable de ajuste no parece modernidad económica. Parece, más bien, una sociedad que perdió el respeto por su propia memoria.
Mientras tanto, en algún café porteño, un jubilado vuelve a mirar la cuenta. Suspira. Guarda lentamente los anteojos. Y quizá por primera vez empieza a preguntarse si la motosierra no terminó entrando por la puerta de su propia casa.
