Gardel legizamo

Irineo Leguisamo

Irineo Leguisamo no montaba caballos: los convencía

A Irineo Leguisamo no se lo entendía desde la tribuna. Había que mirarlo de cerca, en el silencio previo, cuando ajustaba la fusta con una parsimonia casi religiosa y le hablaba bajito al caballo, como quien le promete algo que piensa cumplir. Los viejos del hipódromo decían que ahí estaba el secreto: Leguisamo no corría contra otros jockeys, corría con el animal.

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Una vez, en Palermo, montando a Botafogo, lo dieron por perdido. El caballo venía encerrado, sin aire, y desde las barandas alguien gritó “¡ya fue!”. Leguisamo esperó. Esperó demasiado. Tanto que los otros jockeys pensaron que se había equivocado. En los últimos metros, cuando parecía tarde, soltó apenas las riendas. Botafogo respondió como si hubiese estado escuchando todo el tiempo. Ganó. Después, en el pesaje, un cuidador le preguntó por qué había tardado tanto. Leguisamo, sin levantar la voz, dijo:
“Todavía no me había pedido correr”.

Así era.

Quienes lo conocieron hablan de un tipo seco, parco, nada marketinero, pero con una sensibilidad fuera de escala. No era de contar hazañas. Las dejaba en la pista. En el bar del hipódromo se sentaba siempre en la misma mesa, lejos del ruido, tomando café corto, escuchando más de lo que hablaba. Cuando algún pibe aprendiz se le acercaba, no daba discursos: corregía una mano, una postura, un error mínimo. “El caballo siente todo”, repetía.

Leguisamo ganó más de 8.000 carreras, pero nunca se creyó más grande que el oficio. Detestaba a los jockeys que se lucían de más o castigaban al animal. Una vez bajó furioso de una monta ajena y le dijo a un colega:
“Si no lo sabés llevar, no lo lastimes”.

Eso también era Leguisamo.

Borges lo admiraba porque veía en él algo que escasea: maestría silenciosa. Discépolo lo nombraba como se nombra a los imprescindibles. Los burreros lo respetaban porque sabían que, si estaba Leguisamo arriba, la carrera era otra cosa. No siempre ganaba, pero siempre competía con inteligencia.

En su vejez, caminaba despacio por Palermo, con el cuerpo chico y la leyenda enorme. Algunos lo reconocían y lo saludaban con un gesto, como se saluda a un prócer sin estatua. Él respondía igual, sin sonrisa exagerada, sin pose.

Hoy su nombre sigue circulando en voz baja entre los que saben. No en los slogans, no en las publicidades. En la memoria real del turf, donde el talento no grita.

Irineo Leguisamo fue eso:
un hombre que entendió que la gloria dura un instante, pero el respeto dura para siempre.

Y en Palermo, todavía dura.