Adorni un funcionario pobre que ahora es millonario
La imagen de Javier Milei quedó atada a la de Manuel Adorni como dos barcos amarrados en plena tormenta. Según una encuesta de Casa Tres, el 85% de los consultados evalúa a ambos dirigentes en el mismo sentido: un 54% los ve negativamente y un 31% positivamente. El dato político es brutal: Adorni ya no aparece como un vocero, ni como un jefe de Gabinete más, sino como parte central del rostro público del Gobierno.
El estudio, realizado entre el 26 de marzo y el 5 de abril sobre 2.184 casos, también mostró que la imagen negativa de Milei trepó al 56%, mientras que la positiva quedó en 44%. La lectura es clara: el desgaste ya no se explica por un episodio aislado, sino por una sensación cotidiana que baja del Excel oficial a la billetera real. La economía no arranca en la vida común, en el mostrador, en el changuito, en el alquiler, en la tarjeta y en el humor de la calle.
Adorni, que durante meses funcionó como traductor amable del ajuste, empieza a convertirse en un problema político de primera línea. Su situación patrimonial, las deudas señaladas públicamente y las investigaciones que lo rodean dejaron de ser un asunto personal para transformarse en un costo para Milei. En política, cuando un funcionario se vuelve símbolo, ya no se hunde solo: arrastra al que lo sostiene.
La Casa Rosada parece haber elegido defenderlo como si en esa defensa se jugara algo más que un cargo. Y quizá sea así. Porque Adorni no es apenas Adorni. Es el método, la voz, la pedagogía del desprecio, la sonrisa seca del ajuste, el relato de que todo sacrificio era necesario mientras millones de argentinos descubren que el sacrificio siempre cae del mismo lado del mostrador.
El círculo rojo, que hasta ayer miraba a Milei como un experimento útil, empieza a sacar cuentas con menos entusiasmo. Ya no alcanza con viajar a Miami, brindar por las reformas y repetir que “el mercado acomoda”. El mercado acomoda, sí, pero también rompe persianas, vacía restaurantes, enfría inmobiliarias, seca comercios y deja al cuentapropista mirando el techo a las tres de la mañana.
En ese clima, Axel Kicillof aparece como el nombre que el poder económico no quería mirar, pero que empieza a entrar por la ventana de la realidad. No porque todos lo amen de golpe, sino porque la política argentina suele castigar a quien le promete libertad y le entrega angustia.
Milei quiso hacer de Adorni una pieza irremplazable. El riesgo es que termine siendo su ancla. Y cuando el mar se pone bravo, hasta los capitanes más gritones descubren que no se gobierna contra la vida cotidiana de la gente.
