MANUEL BELGRANO Y MANUEL ADORNI
Resulta un tanto insalubre en esta fecha patria asociar el nombre de nuestro prócer con el de quien hoy representa su opuesto, el emblema de la corrupción nacional. Pero tan eficaz nos parece el contraste que bien vale el sacrificio.
Emociona pensar esa mañana de febrero de 1812 en los pagos del Rosario, aún se deja oír el estruendo de las baterías Independencia y Libertad al flamear por primera vez la celeste y blanca a orillas del Paraná.
Es imposible, al menos para nosotros, sustraernos de esa imagen. Representa junto al himno nacional el símbolo más noble de nuestra patria, es una celebración que desde chicos nos acompaña y llevamos inscripta en nuestros corazones. Ahí nos vemos formados en el patio de la escuela con nuestros guardapolvos blancos cantándole a la enseña nacional. Es un rito cívico que el país revive cada año en toda su geografía y nos recuerda de dónde venimos. Se supone que la conmemoración debería llenarnos de orgullo al igualarnos en un mismo sentimiento de gratitud y pertenencia a un mismo lugar, a un mismo pasado y a las mismas raíces.
¿A quién le debemos esa gloria y el fervor patriótico que la efemérides despierta?
A Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, su nombre completo. Cada 20 de Junio le rendimos homenaje al prócer y a su principal legado, la bandera albiceleste que por iniciativa propia sin que el gobierno le diese el visto bueno él decidió crear.
Este medio lo honró ampliamente en la nota del miércoles pasado por lo que nuestro escrito no tiene otra aspiración que la de traer a Belgrano al presente para valorizar su grandeza ante el descalabro moral de nuestros gobernantes. Y cuando digo gobernantes me refiero a los integrantes de los tres poderes del Estado, quienes viven y se comportan como si fuesen parte de una nobleza reciclada.
Venimos de evocar la Semana de Mayo que en 1810 inició el proceso de independencia y en la que tuvo gran actuación como vocal de la Primera Junta. De una sólida formación intelectual, Belgrano fue mucho más que político, fue economista, abogado, periodista y diplomático. Desde 1801 auspició la salida de los dos primeros periódicos que circularon en Buenos Aires: el Telégrafo Mercantil y el Semanario de Agricultura, con los cuales colaboró y expuso sus ideas de libertad, igualdad, educación y crecimiento económico.
Más cerca de la cultura y los cánones que de las guerras y las armas, urgido por las circunstancias debió convertirse en una suerte de Marco Aurelio sudamericano y abrazar la carrera militar. La frase que se le atribuye habla por sí sola: “No deseo nada más que servir a la patria hasta verla constituida; quiero ser el general para unos y el doctor para otros”. Participó en batallas memorables como las de Tucumán y Salta, ésta ocurrida en febrero de 1813, pocos días después de la de San Lorenzo ganada por San Martín y sus granaderos a caballo. Junto a otras gestas memorables como la de Suipacha donde Güemes se destacó, fueron las primeras victorias que lograron detener el avance realista.
Pero lo que más lo distingue hoy a Belgrano es su estatura moral, las enseñanzas y el ejemplo de magnanimidad que nos legó. Aun cuando viniera de una familia acomodada eligió vivir en la pobreza relegando su propio interés al de la patria. Desde el inicio concibió su vocación política como una obligación moral y un acto de sacrificio. Rechazó honores, renunció a recompensas económicas y entregó su propia fortuna para sostener la causa independentista. Después de regresar de España tras haber estudiado idiomas, economía y leyes en las prestigiosas universidades de Valladolid y Salamanca ocupó el cargo de secretario del Real Consulado de Buenos Aires. Como tal pudo haber desarrollado cómodamente una carrera en la administración colonial; sin embargo, optó por lo más difícil: ponerse al servicio de la Revolución de Mayo. Como muchos personajes de su tiempo podría haberse valido de su prestigio y posición para acrecentar su fortuna y ascender en la pacata sociedad virreinal; sin embargo, hizo exactamente lo contrario, puso su patrimonio al servicio de la Revolución.
Desde el comienzo dejó en claro que no le interesaban los privilegios ni los ascensos. Al ser designado vocal de la Primera Junta renunció expresamente al sueldo que le correspondía por entender que no podía beneficiarse económicamente cuando la patria y sus finanzas estaban en crisis. En su opinión, los funcionarios debían predicar con el ejemplo y practicar la austeridad. En 1811 renunció al 50 % de su sueldo como Jefe del Regimiento de Patricios para atender las urgencias de la unidad. La anécdota que mejor lo describe es cuando renuncia al premio de 40.000 pesos fuertes que le había otorgado el gobierno revolucionario por las resonantes victorias obtenidas en Salta y Tucumán. Era para la época una fortuna considerable. Sin embargo, Manuel Belgrano decidió donarla para sostener escuelas en Tucumán, Tarija, Jujuy y Santiago del Estero.
Su pensamiento económico y social era de avanzada: defendía la educación pública y gratuita, el desarrollo industrial junto con la agricultura, la dignidad del trabajo y el reconocimiento a la mujer. Literalmente, Belgrano hizo de la función pública un apostolado. Sacrificó su vida, sus riquezas, su tiempo y hasta su salud en bien de la patria. Murió joven, a los 50 años, el 20 de Junio de 1820, enfermo, pobre y endeudado. El país, sumido en la anarquía, no tuvo tiempo para recordarlo y al morir le adeudaba los sueldos que legítimamente se había ganado. No tenía recursos ni para pagar al médico que lo atendió en sus últimos días y en señal de gratitud le obsequió su reloj de oro. Cuentan que ni siquiera las cobijas del lecho eran de él. Sus últimas palabras: ¡Ay Patria Mía!
Es por todo esto que en la fecha debemos recordar a Manuel Belgrano y rendirle un merecido homenaje a ese verdadero prohombre; debemos contraponer su hidalguía a la vergonzosa cascada de inmoralidades y escándalos que venimos padeciendo de la casta gobernante.
Aunque no sea el único por cierto, Manuel Adorni encarna hoy el emblema de la corrupción, la estafa y la caradurez política. Ni siquiera cumplió el mandato por el cual fue elegido en las elecciones legislativas del año pasado fungiendo de legislador en Jefe de Gabinete, y hoy lo vemos enmarañado en un laberinto de corruptelas y mentiras que ni él mismo cree.
Lastimosamente, tiene en común con el prócer no sólo el nombre de pila, también su carácter de supuesto servidor público y el rol de periodista aunque algunos de sus colegas lo tilden pseudo periodista y él los denigrara maliciosamente cuando fue vocero presidencial.
La inconmensurable distancia ética que separa a Manuel Adorni de Manuel Belgrano es la que nuestra sociedad debe desandar si aspira a ser un país en serio. Es la deuda impaga que los gobernantes tienen con los gobernados. Reitero, de los tres poderes. El Poder Judicial está igual o más desprestigiado y sospechado de corrupción que los otros dos. Pareciera que en ese partido moral se juega hoy la suerte de nuestra democracia y de nuestro futuro. Vale la pena entonces poner blanco sobre negro y resaltar una y otra vez las cualidades de Manuel Belgrano, uno de nuestros mejores jugadores.
pobreza relegando su propio interés al de la patria. Desde el inicio concibió su vocación política
como una obligación moral y un acto de sacrificio. Rechazó honores, renunció a recompensas
económicas y entregó su propia fortuna para sostener la causa independentista. Después de
regresar de España tras haber estudiado idiomas, economía y leyes en las prestigiosas
universidades de Valladolid y Salamanca ocupó el cargo de secretario del Real Consulado de
Buenos Aires. Como tal pudo haber desarrollado cómodamente una carrera en la
administración colonial; sin embargo, optó por lo más difícil: ponerse al servicio de la
Revolución de Mayo. Como muchos personajes de su tiempo podría haberse valido de su
prestigio y posición para acrecentar su fortuna y ascender en la pacata sociedad virreinal; sin
embargo, hizo exactamente lo contrario, puso su patrimonio al servicio de la Revolución.
Desde el comienzo dejó en claro que no le interesaban los privilegios ni los ascensos. Al ser
designado vocal de la Primera Junta renunció expresamente al sueldo que le correspondía por
entender que no podía beneficiarse económicamente cuando la patria y sus finanzas estaban
en crisis. En su opinión, los funcionarios debían predicar con el ejemplo y practicar la
austeridad. En 1811 renunció al 50 % de su sueldo como Jefe del Regimiento de Patricios para
atender las urgencias de la unidad. La anécdota que mejor lo describe es cuando renuncia al
premio de 40.000 pesos fuertes que le había otorgado el gobierno revolucionario por las
resonantes victorias obtenidas en Salta y Tucumán. Era para la época una fortuna
considerable. Sin embargo, Manuel Belgrano decidió donarla para sostener escuelas en
Tucumán, Tarija, Jujuy y Santiago del Estero.
Su pensamiento económico y social era de avanzada: defendía la educación pública y gratuita,
el desarrollo industrial junto con la agricultura, la dignidad del trabajo y el reconocimiento a la
mujer. Literalmente, Belgrano hizo de la función pública un apostolado. Sacrificó su vida, sus
riquezas, su tiempo y hasta su salud en bien de la patria. Murió joven, a los 50 años, el 20 de
Junio de 1820, enfermo, pobre y endeudado. El país, sumido en la anarquía, no tuvo tiempo
para recordarlo y al morir le adeudaba los sueldos que legítimamente se había ganado. No
tenía recursos ni para pagar al médico que lo atendió en sus últimos días y en señal de gratitud
le obsequió su reloj de oro. Cuentan que ni siquiera las cobijas del lecho eran de él. Sus últimas
palabras: ¡Ay Patria Mía!
Es por todo esto que en la fecha debemos recordar a Manuel Belgrano y rendirle un merecido
homenaje a ese verdadero prohombre; debemos contraponer su hidalguía a la vergonzosa
cascada de inmoralidades y escándalos que venimos padeciendo de la casta gobernante.
Aunque no sea el único por cierto, Manuel Adorni encarna hoy el emblema de la corrupción,
la estafa y la caradurez política. Ni siquiera cumplió el mandato por el cual fue elegido en las
elecciones legislativas del año pasado fungiendo de legislador en Jefe de Gabinete, y hoy lo
vemos enmarañado en un laberinto de corruptelas y mentiras que ni él mismo cree.
Lastimosamente, tiene en común con el prócer no sólo el nombre de pila, también su carácter
de supuesto servidor público y el rol de periodista aunque algunos de sus colegas lo tilden
pseudo periodista y él los denigrara maliciosamente cuando fue vocero presidencial.
La inconmensurable distancia ética que separa a Manuel Adorni de Manuel Belgrano es la que
nuestra sociedad debe desandar si aspira a ser un país en serio. Es la deuda impaga que los
gobernantes tienen con los gobernados. Reitero, de los tres poderes. El Poder Judicial está
igual o más desprestigiado y sospechado de corrupción que los otros dos. Pareciera que en ese
partido moral se juega hoy la suerte de nuestra democracia y de nuestro futuro. Vale la pena
entonces poner blanco sobre negro y resaltar una y otra vez las cualidades de Manuel
Belgrano, uno de nuestros mejores jugadores.
