Árboles en la ciudad: entre la memoria viva y el olvido programado
¿Qué sería de una ciudad sin árboles? ¿Dónde se refugiarían la sombra, la memoria, el canto de los zorzales y la infancia en bicicleta? En Buenos Aires, el fresno reina en las veredas, pero su corona está hecha de ramas frágiles y hojas que caen.
El fresno, ese señor de copa ancha y sombra hospitalaria, es el árbol más común de las veredas porteñas. Según el último censo fitosanitario de 2011, el 39,3% del arbolado público lineal (APL) de la ciudad está compuesto por fresnos americanos, una especie exótica que se aclimató mejor que muchos vecinos. Su tronco recto, su resistencia a las podas municipales y su bajo costo lo volvieron ideal para un modelo de ciudad que a veces piensa más en el cemento que en la savia.
Pero ¿es eso suficiente? ¿Alcanzan sus ventajas técnicas para recordarnos por qué importan los árboles?
El árbol como prójimo: un vecino que no habla, pero escucha
Fraxinus excelsior, el fresno europeo, llegó desde tierras donde el invierno muerde fuerte. De Noruega a Grecia, resiste fríos, vientos y hasta cierto descuido. En Buenos Aires, se convirtió en refugio de sombras en verano, en poesía en otoño, en estructura para nidos de horneros y en combustible visual para la melancolía urbana.
De hojas imparipinnadas, flores pequeñas y sámaras colgantes que giran como helicópteros, el fresno también es una fábrica de oxígeno y un amortiguador acústico. Pero más que eso: es un testigo.
Testigo de los niños que corren a la escuela, de los perros que marcan su territorio, de las abuelas que barren resignadas sus hojas cada otoño. Testigo de besos adolescentes, de peleas de consorcio, de la vida que pasa. Siempre ahí, silencioso, sosteniendo el cielo.
¿Y si dejamos de barrer las hojas para empezar a pensar?
La escritora Angélica Gorodischer, en un homenaje legislativo, lo dijo con más filo que ternura: “El otoño es algo más que las hojas doradas de lo que sea. ¡Y los pobres árboles! Pelados y negros se van quedando”. Desde su jardín rosarino, miraba con rabia la desnudez estacional de los fresnos, mientras evocaba esas calles-túnel de tilos y jacarandás que maravillaban a turistas españoles.
¿Y sabe qué? Tenía razón. La ciudad verde no es un decorado, es un sistema nervioso. Y los árboles, sus neuronas ramificadas.
Pero, claro… siempre hay quienes odian los árboles
¿Quién puede odiar un árbol? Parece absurdo, pero ocurre. En general, son vecinos de portero eléctrico y alma de tribunal vecinal. Se quejan de las hojas que ensucian, del polen que molesta, de los bichitos, de la sombra “que no deja secar la ropa”. Y consiguen lo impensado: que un concejal cansado diga “má sí, tálenlo”. Y ahí va: otro árbol muerto para comodidad de una señora que no soporta barrer dos veces por semana.
Pero, señora, escuche: los árboles no son limpios porque están vivos. La vida, bendita y salvaje, es sucia. Como el amor, como la historia, como la política. Viva, contradictoria, generosa. ¿Sabe qué es limpio? Un baldío de cemento.
¿Por qué importa un fresno, aunque sea “exótico”?
Algunos puristas botánicos levantan la ceja: el fresno no es nativo. Viene de afuera, como el tango, como Borges, como el panettone. Pero en Buenos Aires se volvió nuestro. Aguanta las podas criminales del Gobierno de la Ciudad, se banca el calor húmedo, crece rápido y no quiebra fácil en las tormentas. Es un resiliente.
Y su madera, además, es noble. Se usa en ebanistería, palas, muebles curvos, mangos de herramientas. Es flexible, resistente y cálida. Como el carácter porteño cuando no está mirando Crónica TV.
¿Y la salud? También, claro
El fresno es medicina: antiinflamatorio, diurético, laxante. En infusión o en cataplasma, se usó para combatir fiebres, gota y artritis. Su corteza y folíolos están llenos de historia popular. No será un ibuprofeno, pero es más antiguo que cualquier marca farmacéutica.
Peligros actuales: la muerte súbita del fresno
Pero no todo es sombra amable. En los últimos años, una enfermedad fúngica conocida como “muerte súbita del fresno” (Hymenoscyphus fraxineus) ha puesto en jaque a estos árboles. Muchos ejemplares de Buenos Aires muestran ramas secas, copas peladas, troncos agrietados. El riesgo no es menor: el fresno podría desaparecer si no se hace algo.
Y no se está haciendo mucho. Apenas un murmullo de poda preventiva, sin planes concretos de reemplazo ni educación ciudadana. ¿Qué pasará cuando ya no queden fresnos?
¿Quién habla por los árboles?
La ciudad sigue creciendo. Más cemento, más edificios sin balcón, más terrazas que no se usan, más veredas sin verde. El fresno fue una solución, pero ahora es una víctima. Y si no plantamos nuevos árboles, si no cuidamos los que tenemos, si no entendemos que un árbol en la vereda es aire, historia, afecto y protección, no solo morirá el fresno: morirá una parte nuestra.
Plantar, cuidar, contar
Plantar un árbol no es un gesto hippie ni una postal para Instagram. Es un acto político. Es construir futuro. Cuidar los árboles de nuestras veredas es tan importante como cuidar el agua o la educación. Los fresnos que hoy crujen bajo el viento otoñal son los mismos que vieron crecer a generaciones de porteños. Y si seguimos talando por comodidad, vamos a quedarnos sin sombra. Literal y metafóricamente.
¿Y vos? ¿Cuántos árboles ves por tu cuadra? ¿Qué harías si desaparecieran?
