Buenos Aires — En una época donde todo compite por atención, incluso lo insignificante ha logrado escalar posiciones hasta convertirse en protagonista. Lo que antes era una anécdota menor, hoy se transforma en fenómeno, y lo que era una pavada de esquina ahora se viraliza con velocidad de vértigo. Así nace, casi sin querer, la gran industria de la boludez.
El caso reciente de una simple foto en Palermo —una cantante comiendo un helado contra una pared cualquiera— terminó en una especie de peregrinación urbana, con adolescentes sacándose fotos frente a una mancha en la pared rebautizada con humor dudoso. Lo que podría haber sido olvidado en minutos se convirtió en punto turístico improvisado, memes, videos y debates digitales.
El fenómeno no es aislado. Se repite, se multiplica y se perfecciona. Un gesto mínimo, una frase mal dicha, un video irrelevante: todo puede crecer si encuentra el combustible adecuado. Y ese combustible, hoy, es la mirada constante, la necesidad de participar, de opinar, de no quedarse afuera de la conversación.
La lógica parece simple pero es profundamente inquietante: no importa qué pasa, importa que pase algo. Y si no pasa, se inventa. Así, la boludez deja de ser un accidente y se convierte en sistema.
En este escenario, los protagonistas no son solo quienes generan el contenido, sino también quienes lo consumen, lo replican y lo inflan. Porque toda gran boludez necesita una comunidad que la legitime. Sin público, no hay fenómeno. Sin repetición, no hay impacto.
La paradoja es brutal: cuanto más vacío es el contenido, más fácil se vuelve masivo. Lo complejo exige esfuerzo; lo banal, en cambio, se desliza como agua. Y en ese deslizamiento constante, la conversación pública se llena de ruido, de ecos sin profundidad, de temas que duran lo que tarda en aparecer la próxima distracción.
Sin embargo, hay algo casi poético en todo esto. Una especie de espejo deformado de la sociedad. Porque, al final del día, la gran boludez no es más que un reflejo amplificado de lo que somos cuando nadie está mirando… salvo que ahora todos están mirando todo el tiempo.
La pregunta, incómoda pero inevitable, queda flotando en el aire:
¿la boludez crece porque la gente es boluda… o porque el sistema premia que lo sea?
