La historia real de la entrenadora más temida (y querida) del barrio y su perro, el centinela de la vereda.
El Dóberman y la Profesora: mala onda, barrio y fidelidad en Palermo
Mala fama, mejor corazón
En la esquina de Nicaragua y Malabia, donde el sol cae en diagonal y los jacarandás empolvan de violeta los autos mal estacionados, vive la leyenda de “la profe y su bestia”. No hay vecino de Palermo que no haya oído hablar —con respeto, miedo o cariño mal disimulado— de Elsa la Mala, profesora de educación física, y su dóberman, Manucho. Dos almas gemelas: flacas, tensas, disciplinadas y, según muchos, imposibles de querer… salvo por quienes las conocen bien.
Elsa tiene unos 52 años, piernas de mármol y el ceño fruncido como si el mundo le debiera una explicación. Manucho, su perro, es un dóberman negro con el pecho cobrizo y ojos como cuchillos. Sale a la vereda con un aire de policía retirado y camina como si midiera cada centímetro del territorio. Nadie corre ni hace el ridículo frente a ellos, y los chicos del barrio, esos que la creen mala onda porque les grita “¡dejen de comerse el universo en harinas!”, la respetan como a un samurái.
Pero detrás del ceño fruncido, hay barrio. Hay historia. Hay risas contenidas y ternura a su manera. Y esta es su historia.
Una vecina de temer… y admirar
Elsa llegó al barrio en los noventa, cuando Palermo todavía era Palermo a secas —sin “Soho” ni “Hollywood”—. Venía de dar clases en clubes deportivos de la zona oeste, cansada de las promesas de pago y las madres que le decían “mi hija no hace abdominales porque es de constitución floja”.
Se instaló en un PH de tres ambientes con patio lleno de plantas de aloe y una barra de dominadas hecha con un caño de gas. No usaba maquillaje, ni sonreía gratis, y tenía un estilo que oscilaba entre comando de elite y madre estricta de colegio inglés. La leyenda barrial dice que una vez le gritó a una clienta: “¡Querés panqueques pero no abdominales, nena, elegí qué querés ser en la vida!”.
El nombre del perro y los fantasmas literarios
El dóberman no se llama Sparta. Se llama Manucho. Así, sin vueltas. “Como Mujica Láinez, papito”, dice Elsa, y se cruza de brazos mientras el perro la mira como si entendiera.
Porque si algo tiene esta profesora, además de glúteos de acero y carácter de sargento, es una biblioteca que desborda por las paredes. Lee cada noche, entre series de abdominales y mates de cedrón. Lejos de lo que muchos creen, Elsa es una devoradora de literatura. No de moda, no de autoayuda: de la buena, la de siempre.
Entre sus autores predilectos están:
- Manuel Mujica Láinez, a quien cita de memoria: «El laberinto es más nuestro que la salida»
- Ernesto Sabato, su compañero de oscuridades.
- Clarice Lispector, que le enseñó a no pedir permiso para sentir.
- Marguerite Duras, por su furia elegante.
- Borges, aunque solo en dosis cortas: “Demasiado cerebral si estás contracturada”.
- Raymond Carver, su favorito en cuentos.
- Sylvia Plath, que le parte el alma pero igual relee cada julio.
- Carlos Fuentes, porque la historia también puede doler.
- Selva Almada, por la violencia criolla de los pueblos chicos.
- John Cheever, por el suburbio que nunca vivió pero le resuena.
“Si vas a entrenar el cuerpo, entrená también el alma”, dice Elsa. Y Manucho, a sus pies, parece asentir.
Todo sobre los dóberman: verdades y mitos
Los dóberman fueron creados a fines del siglo XIX por un cobrador de impuestos alemán que buscaba un perro fuerte, leal e intimidante. El resultado: un animal elegante, poderoso, y sobre todo, ultra inteligente.
Pero como todo perro, depende de quién lo críe. Elsa lo sabe: la clave está en la coherencia. Con amor, con reglas, con firmeza. Nunca le pegó. Nunca lo sobornó con galletitas. Solo le dio lo que todo ser vivo necesita: estructura y respeto.
Cortar o no cortar: orejas y cola
Tema picante. Mucha gente aún le corta la cola y las orejas al dóberman para que se vea «más fiero». Elsa no. “Los nacés así, vivís así. Que ladre con orejas caídas si quiere”.
Y Manucho las tiene largas, como alas negras. Su cola se mueve poco, pero cuando lo hace, es porque algo muy bueno está pasando.
Alimentación de un atleta
Manucho come como deportista:
- Carne magra cocida con arroz integral.
- Zanahoria rallada.
- Alimento balanceado de gama alta.
- Huevo crudo cada tanto.
“Ni pan ni medialunas ni restos de pizza”, aclara. “El lunes lloran por la panza pero el domingo comieron brownies. Así no hay milagro que valga”.
Veterinaria, chequeos y salud
Elsa lo lleva cada 45 días al veterinaria, desparasitación, control de peso, revisión de cadera. Todo. Una vez le dijeron: “Este perro va a vivir 15 años si vos no aflojás”. Y ella respondió: “Yo tampoco”.
En casa: el mimo y la siesta
Manucho duerme en un rincón con manta térmica. Tiene sus juguetes, su rutina. No ladra sin motivo. No rompe cosas. No deja pelos. Es limpio, silencioso, elegante. Como ella.
El grupo de entrenamiento y los berrinches harinosos
Las alumnas entrenan en Plaza Güemes tres veces por semana. Llegar tarde es pecado. Llorar por zancadas, peor. Elsa no perdona: el cuerpo es honesto, vos no. Y Manucho está ahí, firme al lado, como sargento canino.
“Querés tener cola firme pero no querés dejar el pan? Eso no es cuerpo positivo, es autoengaño»… dice y sigue la ronda de burpees.
Epílogo de la mala onda que hace bien
Elsa y Manucho no son una postal de ternura. Son otra cosa: son lealtad sin chantajes. Son el barrio que aún respira, que te enseña sin halagos vacíos.
En tiempos de azúcar y filtros, ella es vinagre y verdad. Y su perro, el centinela de Palermo, es testigo.
¿Y vos? ¡Te animarías a entrenar con Elsa y caminar junto a Manucho?
Escribinos a lectores@palermonline.com.ar con tu historia de barrio o tu perro inolvidable.
Fuente: Palermo Online Noticias — Sección Barrio
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