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Fantasmas en Paraná 440: la última noche del Chantecler

Fantasmas en Paraná 440: la última noche del Chantecler

Del Chantecler a Ca7riel y Paco Amoroso, la Buenos Aires nocturna cambió el piano de cola por el sintetizador, pero no perdió su hambre de espectáculo. En Paraná 440, las coperas hacían girar el whisky mientras el Príncipe Cubano oficiaba de maestro de ceremonia. Hoy, los beats retumban en Niceto, las gorras se mezclan con el perfume caro y el pogo reemplazó al tango. Aquellos varietés de lentejuela y champán mutaron en rituales electrónicos con ritmos frenéticos, pero la sed es la misma: brillar en la oscuridad porteña. Lo que antes eran cortinados de pana roja, ahora son luces estroboscópicas; lo que fue D’Arienzo, hoy es «Baño María». Y aunque la ciudad haya cambiado de ropa, sigue bailando. Porque el alma de Buenos Aires, entre tango y trap, siempre supo hacer de la noche su religión.

Un tango sin compás, un lamento entre escombros y champagne. Buenos Aires llora a su cabaré más glorioso: el Chantecler.

El 5 de marzo de 2025 se cumplen 65 años desde que el cabaré Chantecler cerró sus puertas para siempre. Pero esta no es una nota nostálgica. Es un conjuro. Un grito de tango con ecos de compadritos que se niegan al olvido. En la esquina de Paraná 440, donde ahora se apilan oficinas grises y burocracias anónimas, todavía resuenan los tacones de las coperas, el bandoneón de D’Arienzo y las risas maquilladas de René. ¿Quién puede borrar el alma de un cabaré con una piqueta?

Paraná entre luces rojas y pan de oro

Corría diciembre de 1924 cuando Buenos Aires estrenó uno de sus templos más osados: el cabaré Chantecler. No era solo un local nocturno, era un manifiesto de la ciudad en su esplendor. La orquesta de Julio de Caro, con su “Buen Amigo” dedicado al doctor Enrique Finochietto, inauguró un escenario que vería desfilar al linaje sonoro del tango.

El edificio fue levantado con ambición francesa, como si Buenos Aires quisiera competirle el alma a Montmartre. Su dueño, Charles Seguin, no escatimó ni en mármol ni en deseo. Pistas múltiples, cortinados de pana roja, teléfonos en cada palco y una pileta climatizada donde nadaban diosas vestidas de sirena. En el fondo, todo estaba pensado para la ilusión. Buenos Aires no dormía, flotaba en el vaivén del dos por cuatro y el tintinear de copas con whisky que, en verdad, eran tés con azúcar.

Las noches del Príncipe

Ángel Sánchez Carreño, alias el Príncipe Cubano, fue su rostro más visible. Maestro de ceremonias, director de almas nocturnas, fue quien bautizó a D’Arienzo como “El Rey del Compás” mientras acariciaba su bastón de mando invisible. Entre bastidores, Giovanna Ritana y Amadeo Garesio tejían los hilos del poder prostibulario, ese que sostenía no solo el cabaré, sino un mundo paralelo con sus propias reglas, sus propios reyes y una única reina: la noche.

¿Quién fue madama Ritana? Una esfinge entre joyas, copa en mano, con perfume a Chanel N°5 y pasado trapecista. Se la vio llorar champagne por René, la milonguita que nunca bailó de espaldas al amor. Murió de cáncer y fue reemplazada por otra Ritana, la joven Nélida Comba. Pero ya no era lo mismo. El cabaré había empezado a deshacerse como una lágrima mal delineada.

“Adiós Chantecler”: el tango que lloró escombros

Enrique Cadícamo lo sabía. Lo escribió con rabia contenida y melancolía de esquina mojada:

“Te redujo a escombros la fría piqueta…
Príncipe Cubano te veo muy triste
pasar silencioso frente al Chantecler.”

Era 1960. Buenos Aires se deshacía de su piel más cruda. El ingeniero Alsogaray hablaba de sacrificios con suéteres ingleses mientras los cafés cerraban y los tangos dejaban de escribirse. Nadie supo entonces que con el cierre del Chantecler se iba también una forma de vivir la ciudad.

Un país entre dos tangos

Mientras caía el Chantecler, la Argentina bailaba otro compás: el de la represión. El Plan Conintes tomaba las calles con bayonetas, Tanguito escribía poesía sin saber que sería leyenda y Alfredo Alcón se consagraba como el Guapo del 900. Aquel 1960 fue bisagra: se moría el poeta Scalabrini Ortiz, y nacía la paranoia estatal. El tango ya no sonaba en la radio, sino en el recuerdo.

El varieté como resurrección

Varieté: palabra francesa, sí, pero también criolla. Fue ley en los cines durante décadas. Entre película y película, alguien recitaba, otro cantaba, otro volaba en telas. El varieté fue el ADN del Chantecler. Allí lo mismo podías ver a un acróbata que a una orquesta típica, a un poeta ebrio o a un ministro anónimo buscando olvido. Era un resumen de la vida. O de la muerte.

Por eso no extraña que en 2015 Mora Godoy haya intentado, con “Chantecler Tango”, devolverle el alma a ese cabaré en forma de espectáculo. Tampoco que las ruinas del edificio hayan servido de set para la película El cantor del pueblo. El Chantecler no aceptó el olvido. Simplemente mutó.

El alma que sobrevive en Palermo

Hoy que Palermo es barismo, sushi y marketing digital, conviene recordar que todo esto empezó con un deseo brutal: bailar. Chantecler no estaba en Palermo, pero su espíritu se pasea por Honduras, Gurruchaga y Fitz Roy. ¿No es acaso el boliche de moda una réplica sin alma de aquel cabaré? ¿No es la influencer una versión posmoderna de la milonguita René?

Los fantasmas del Chantecler no descansan. Ni quieren. Siguen ahí, cuando alguien cita a Cadícamo o cuando el último borracho pide “La cumparsita” como si fuera la primera vez. Siguen cuando alguien tira manteca al techo, aunque no sepa lo que significa.

¿Y ahora qué?

La historia no termina. En los sótanos de la ciudad aún hay restos de mármol francés, de cortinas rojas olvidadas y telones que no se bajaron nunca. El tango sigue sonando en auriculares baratos, en playlists que mezclan Gardel con Bad Bunny. El alma del Chantecler no pide justicia, pide oído. Escuchar es resistir.

Y si alguna noche caminás por Paraná 440 y sentís que alguien te observa desde un palco invisible, no te asustes. Quizás sea madama Ritana. Quizás René. O el mismísimo Príncipe Cubano, con un bastón y una copa en mano, buscándote para ofrecerte el último tango de la noche.

¿Qué fue el Chantecler para vos, lector? ¿Qué rincón porteño te resiste como él a ser demolido?

Escribinos a lectores@palermonline.com.ar y contanos. Que el tango no se cante solo.
Fuente: Palermo Online Noticias | www.palermonline.com.ar