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Justicia, justicia: una enseñanza de la Torá para la Buenos Aires de hoy

La parashá Shoftim, leída esta semana en las comunidades judías, trae una frase que atraviesa los siglos y todavía interpela a cualquier ciudad moderna: Tzédek, tzédek tirdof, “justicia, justicia perseguirás”.

La repetición no es un adorno. La tradición rabínica enseña que no alcanza con buscar un resultado justo: también deben ser justos los caminos para alcanzarlo. No hay causa noble que habilite la humillación, la desigualdad ante la ley o la demora interminable. Cada etapa de un proceso importa.

En una Buenos Aires acostumbrada a expedientes que parecen no terminar nunca, audiencias postergadas y vecinos que sienten que reclamar es entrar a un laberinto, la enseñanza adquiere una vigencia brutal. Una justicia que llega demasiado tarde puede dejar de ser justicia. Y cuando una persona permanece durante meses o años bajo sospecha, sin una resolución clara, el daño ya está hecho aunque el expediente finalmente se cierre.

La Torá pensó la justicia como una institución cercana, visible y accesible. Según explica Maimónides, además del Gran Sanedrín de 71 jueces en Jerusalén, debían existir tribunales en las ciudades para que los conflictos pudieran ser atendidos con rapidez. No se trataba solamente de castigar: se trataba de evitar que el conflicto se pudriera, que el más fuerte impusiera su voz y que el vecino común quedara abandonado frente al poder.

También había una regla de enorme sensibilidad humana: las partes debían recibir el mismo trato. Nadie podía hablar más tiempo que el otro, ni permanecer sentado mientras su contraparte estaba de pie. La justicia no empezaba con la sentencia; empezaba en el modo de escuchar.

Esa idea tiene mucho que decir en Palermo y en toda la Ciudad. En los conflictos cotidianos —un alquiler, una sucesión, una obra mal ejecutada, un comercio perjudicado, una denuncia vecinal— la gente no busca discursos solemnes: necesita ser recibida con respeto, comprendida y atendida sin que el tiempo vuelva imposible la reparación.

El antiguo Sanedrín, además, no era una oficina aislada del pueblo. Funcionaba junto al Beit HaMikdash y era también una gran casa de estudio. Quienes llegaban a Jerusalén en Pésaj, Shavuot y Sucot podían presenciar de cerca esa vida pública donde el derecho, la ética y el conocimiento estaban unidos.

Cuando Jerusalén estaba por ser destruida por Roma, Rabí Iojanán ben Zakai pidió preservar la academia de Iavne. Muchos lo cuestionaron entonces. Sin embargo, su decisión dejó una lección profunda: los edificios pueden caer, las instituciones pueden ser atacadas y las ciudades pueden atravesar épocas oscuras, pero una comunidad que conserva su estudio, su memoria y sus valores tiene con qué reconstruirse.

La justicia, enseña Shoftim, no es una consigna para colgar en una pared. Es una tarea diaria. Se persigue en los tribunales, sí, pero también en una ventanilla pública, en la relación entre vecinos, en el respeto por quien reclama y en la decisión de no mirar para otro lado cuando alguien es tratado como menos.