La tragedia del excantante de One Direction resuena fuerte, no solo por el escándalo mediático sino por lo que revela del sistema penal argentino: Paiz y Pereyra, dos jóvenes de clase baja, serán enjuiciados por suministro de estupefacientes, mientras los verdaderos responsables —quienes lucran con la miseria ajena, los que lavan plata a gran escala, los que gerencian la noche porteña— siguen bailando en sus despachos.
Crónica de una caída y una hipocresía judicial
El 16 de octubre de 2024, Liam Payne cayó desde el balcón del Hotel Casa Sur de Palermo, intoxicado con alcohol, cocaína y psicofármacos. Pero más allá de la tragedia personal, lo que sigue llamando la atención es el desenlace judicial: dos imputados, Braian Nahuel Paiz y Ezequiel David Pereyra, irán a juicio oral por haberle vendido cocaína al cantante. ¿Y los narcos de verdad? Bien, gracias. La Fiscalía, en su ya acostumbrado ritual de apuntar hacia abajo, volvió a elegir el camino más corto: castigar a los que no pueden pagar un buen abogado.
Cámaras, chats y cocaína: las pruebas contra dos laburantes
Sí, hay pruebas. Chats, fotos de bolsas con polvo blanco, cámaras de seguridad y testimonios. Nadie niega que hubo entregas, al menos cuatro. Nadie niega tampoco que tanto Paiz como Pereyra, empleados mal pagos del mundo hotelero y gastronómico, actuaron como nexos en esa cadena. Pero el sistema judicial, una vez más, decide cazar al eslabón más débil, sin mirar quién provee, quién distribuye en escala, quién arma las rutas, quién lava el dinero.
Porque en este caso no se investigan estructuras, ni redes narco ni triangulaciones de efectivo. No hay nombres pesados, ni allanamientos en countries. Solo hay dos pibes que cayeron, como caen tantos, en una causa armada para mostrar eficiencia. Justicia de cartón.
El rostro de la moral selectiva
La Fiscalía parece convencida de que el drama de las drogas se resuelve encerrando a mozos y empleados de hotel. Es más fácil armar una causa con dos perejiles a mano, que encarar una investigación real sobre quién maneja el circuito de drogas para turistas en Palermo, quién protege a quién, cómo fluye la cocaína entre hoteles boutique, boliches de moda y clientes VIP. Pero esa historia no se cuenta. Porque incomoda. Porque toca intereses. Porque no es vendible políticamente.
¿Quién era Liam para el sistema?
Para la Justicia, Liam Payne fue un consumidor. Un adicto. Un extranjero que pidió droga y la consiguió. Y su caída, literal y simbólica, es usada ahora como excusa para maquillar una política penal ineficaz: la del castigo simbólico a los pobres. Paiz y Pereyra serán juzgados por “suministro oneroso de estupefacientes”. ¿Y el manager que le daba la plata? ¿Y el hotel que sabía todo lo que ocurría en la habitación? ¿Y el circuito más grande que abastece Palermo todas las noches?
Justicia ciega, pero no inocente
El sistema penal argentino no está roto: funciona exactamente como fue diseñado. Para encubrir y castigar según clase, color de piel y poder adquisitivo. Funciona para proteger al narco de guante blanco y encarcelar al que vive en Balvanera o Lomas. Funciona para calmar a la prensa y fabricar culpables presentables. Funciona para dejar tranquilo al poder.
Reflexión final
Liam Payne murió por una combinación de excesos y abandono. Pero el show judicial no juzgará eso. Juzgará a dos empleados que fueron parte de una cadena mucho más grande. La misma cadena que sigue funcionando hoy, a solo unos metros de la fiscalía.
¿Quién se beneficia realmente de esta causa? ¿Quién es el narco en la Argentina de los blindajes fiscales, los dólares en el colchón y los after en terrazas de lujo?
