La vicepresidenta afirmó que tiene una “genuina preocupación” por el estado del Presidente y denunció que reproduce “persecuciones imaginarias”. El mensaje fue publicado antes de la cadena nacional sobre la reforma del Banco Central y convirtió una pelea en redes sociales en un asunto institucional. No existe un diagnóstico médico sobre Javier Milei, pero sus conductas públicas, su lenguaje agresivo y la construcción permanente de enemigos vuelven legítimo preguntarse por la estabilidad con la que ejerce el poder.
Para ingresar a numerosos empleos, conducir profesionalmente, portar armas o cumplir determinadas funciones, cualquier ciudadano debe atravesar evaluaciones médicas y psicotécnicas. Para ejercer la Presidencia de la Nación, en cambio, la Constitución establece requisitos de nacionalidad, ciudadanía y edad, pero no exige ningún examen psicológico, psiquiátrico o psicofísico.
La comparación puede parecer brutal, pero quedó flotando después de que Victoria Villarruel, vicepresidenta y primera persona en la línea sucesoria, afirmara públicamente que está preocupada por el “estado” de Javier Milei.
“Me preocupa profundamente que el presidente de la Nación replique insensateces e inventos. Tengo genuina preocupación por su estado y por las persecuciones imaginarias que replica en Argentina y el exterior”, escribió Villarruel en su cuenta oficial de X. La publicación fue realizada este jueves, pocas horas antes de la cadena nacional en la que Milei presentaría la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. El mensaje todavía puede consultarse en la cuenta de la vicepresidenta.
Una acusación que no vino de la oposición
La gravedad política de la frase no reside únicamente en las palabras utilizadas. No fue pronunciada por un dirigente opositor, un periodista o un manifestante en la calle. La escribió la vicepresidenta elegida en la misma boleta que Milei, titular del Senado y eventual reemplazante constitucional del jefe de Estado.
Villarruel no presentó pruebas médicas ni formuló un diagnóstico profesional. Sin embargo, habló de “persecuciones imaginarias”, “delirio”, “locura galopante”, “insensateces” e “inventos”. Es decir, utilizó deliberadamente un vocabulario asociado con la pérdida de contacto con la realidad para describir el comportamiento político del Presidente.
El cruce comenzó después de que Milei compartiera una publicación de la diputada libertaria Lilia Lemoine. Allí se vinculaba a Villarruel con Marcela Pagano, el peronismo, Claudio “Chiqui” Tapia y un presunto intento de impulsar un juicio político contra el mandatario.
Lemoine comparó esa supuesta relación con la existente entre Rusia e Irán y afirmó que ambas dirigentes fingían estar enfrentadas mientras conspiraban contra Milei. Villarruel respondió preguntándose si el Presidente realmente había compartido semejante acusación: “Parece contagioso el delirio”.
La pelea continuó alrededor de las dietas legislativas. Lemoine acusó a la vicepresidenta de permitir que los senadores cobraran alrededor de 12 millones de pesos, el doble que los diputados. Villarruel replicó calificándola como “señora cerebro de microbio”, mientras que la diputada la llamó “Kukacruel”.
Detrás del intercambio casi adolescente existe una ruptura política profunda. La vicepresidenta ya no disimula su enfrentamiento con el núcleo integrado por Javier y Karina Milei, los Menem y los legisladores más cercanos al Presidente. La relación entre los antiguos compañeros de fórmula se encuentra quebrada y la disputa comenzó a girar alrededor de una cuestión extremadamente delicada: las condiciones personales del mandatario para ejercer el poder.
¿Puede realizarse un análisis psicológico de Milei?
Desde una perspectiva profesional, no corresponde diagnosticar a una persona sin una entrevista clínica, una evaluación directa, antecedentes médicos y pruebas administradas por especialistas. Un tuit, una entrevista o un discurso no permiten determinar seriamente si alguien tiene una enfermedad mental.
Tampoco existe evidencia pública que permita vincular el comportamiento presidencial con barbitúricos, drogas ilegales o una medicación determinada. Afirmarlo como un hecho sería una especulación sin pruebas.
Pero esa limitación no impide analizar sus conductas políticas visibles. Milei muestra una tendencia sostenida a presentar las críticas como conspiraciones, dividir el escenario entre leales y traidores, personalizar los conflictos y atribuir los cuestionamientos internos a operaciones organizadas por enemigos nacionales o extranjeros.
En los últimos días acusó, sin exhibir evidencias concluyentes, a los gobiernos de Brasil y México y al Partido Demócrata de Estados Unidos de financiar una campaña contra la Argentina. También protagonizó un incidente diplomático al insultar al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y al juez Alexandre de Moraes. La controversia motivó cuestionamientos internacionales y profundizó el aislamiento político del Gobierno.
Ese comportamiento puede describirse como una narrativa persecutoria o conspirativa en términos políticos. No equivale a un diagnóstico de paranoia clínica, pero sí constituye un problema institucional cuando condiciona decisiones de Estado, relaciones diplomáticas y la manera en que el Gobierno interpreta cualquier disidencia.
El psicotécnico que la Constitución no exige
La Constitución Nacional no establece un examen de aptitud psicológica para los candidatos presidenciales. Tampoco existe una junta médica que evalúe periódicamente las condiciones del jefe de Estado.
El artículo 88 contempla que el vicepresidente asuma en caso de enfermedad, ausencia, muerte, renuncia o destitución del Presidente. Sin embargo, no determina un procedimiento específico para establecer una incapacidad psicológica cuando el mandatario se niega a reconocerla.
Por otro lado, el artículo 53 permite que la Cámara de Diputados acuse al Presidente ante el Senado por mal desempeño, delitos cometidos durante el ejercicio de sus funciones o crímenes comunes. Se trata de una decisión política e institucional, no de un examen médico improvisado desde una red social.
Un psicotécnico tampoco resolvería por sí solo el problema. Esas evaluaciones se diseñan para tareas determinadas y no pueden predecir automáticamente cómo gobernará una persona. La verdadera prueba presidencial es pública: respeto por las instituciones, capacidad para escuchar opiniones contrarias, prudencia diplomática, responsabilidad en las decisiones y contacto con la realidad económica y social del país.
Una advertencia desde el corazón del poder
Villarruel no demostró que Milei padezca una enfermedad. Lo que hizo fue algo políticamente más explosivo: puso en duda su estado delante de toda la sociedad.
Cuando la vicepresidenta habla de “persecuciones imaginarias”, la discusión deja de ser una simple batalla de egos en X. La pregunta pasa a ser si el Presidente construye sus decisiones sobre datos verificables o sobre enemigos que solamente existen dentro del relato libertario.
La Argentina no necesita diagnósticos lanzados como insultos ni especulaciones sobre drogas sin pruebas. Necesita transparencia, controles institucionales y funcionarios capaces de distinguir una crítica de una conspiración.
Si la preocupación de Villarruel es realmente genuina, debería explicar qué hechos concretos la llevaron a formular una advertencia de semejante gravedad. Y si solamente utilizó la salud mental como munición en una interna, también deberá hacerse responsable.
Porque cuando quienes llegaron juntos al Gobierno comienzan a acusarse mutuamente de golpistas, delirantes y desequilibrados, el problema ya no pertenece solamente a La Libertad Avanza. El problema lo tiene todo el país.
