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Arqueología del ex Zoológico de Buenos Aires

El antiguo Zoológico de Palermo no fue solamente una colección de animales. Bajo sus senderos sobreviven las huellas de una costa desaparecida, antiguos desagües, vías ferroviarias, cañerías, túneles de servicio, cimientos de tosca, lagos artificiales y pabellones que imitaban castillos, templos, pagodas y ruinas. Documentos de 1893 y 1912 permiten reconstruir cómo se levantó aquella pequeña ciudad científica y monumental.

Hay una Buenos Aires enterrada debajo del antiguo Zoológico. No es una metáfora. Antes de los senderos, los pabellones y las jaulas, aquel terreno había sido playa, bañados y lecho del Río de la Plata. Por debajo de los edificios todavía existe una sucesión de tosca, arena y arcilla que condicionó toda la construcción del parque.

La arqueología del Zoológico de Buenos Aires no consiste únicamente en buscar objetos bajo tierra. También exige leer sus edificios como estratos: debajo de una pagoda puede aparecer una instalación para ciervos; detrás de un falso castillo medieval, una casa de osos; bajo una ruina supuestamente antigua, una caldera y conductos de calefacción; y en una estructura atribuida a Jorge Newbery, los restos reciclados de una iluminación levantada para las fiestas patrias de 1903.

Es, en definitiva, la arqueología de una ciudad dentro de la ciudad.

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Antes del Zoológico: los bañados de Palermo

Durante los primeros siglos posteriores a la fundación de Buenos Aires, la zona era una llanura baja, expuesta a inundaciones y sudestadas. Juan Domínguez Palermo, poblador de origen siciliano, reunió varias chacras dedicadas al cultivo de trigo y árboles frutales. De su apellido provino el nombre con el cual comenzó a conocerse aquel extenso territorio de bañados.

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En el siglo XIX, Juan Manuel de Rosas adquirió numerosas tierras del sector y emprendió una primera transformación del paisaje. Se rellenaron bajíos, se abrieron canales para riego y desagüe y se plantaron árboles frutales, ornamentales y de sombra.

El gran Caserón de Rosas se encontraba en el cruce de las actuales avenidas Sarmiento y Del Libertador, muy cerca del posterior Zoológico. Fue construido hacia 1838 y demolido en 1899.

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Zoológico

Rosas mantenía en San Benito de Palermo una pequeña colección de animales autóctonos recibidos como obsequios. Había yaguaretés, guanacos, ñandúes, yacarés, monos y aves argentinas alojados en jaulas y pajareras. Aquella colección privada no fue el Zoológico porteño, pero constituye su antecedente más lejano. Después de la batalla de Caseros, en 1852, el conjunto quedó abandonado durante aproximadamente dos décadas. La reseña patrimonial del Zoológico reconstruye esta primera ocupación del territorio.

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La ley de 1874 ya imaginaba animales prehistóricos

El 25 de junio de 1874, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, el Congreso sancionó la Ley Nacional Nº 658, que ordenó la creación del Parque Tres de Febrero. El parque fue inaugurado el 11 de noviembre de 1875, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda.

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La norma resulta extraordinaria cuando se la lee en detalle. No proponía solamente un paseo arbolado: establecía que debían representarse la flora y la fauna argentinas, incorporar animales de otros países para ensayar su aclimatación y destinar espacios al estudio y la propagación de especies útiles.

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Pero el artículo más sorprendente es el sexto. Allí se ordenaba que profesores de Geología y Paleontología proporcionaran modelos de las grandes especies extinguidas de la Argentina para reproducirlas en tamaño natural. Es decir, el proyecto fundacional ya imaginaba un parque zoológico, botánico y paleontológico con reconstrucciones de animales prehistóricos. Una especie de museo al aire libre pensado antes de que existieran los grandes parques temáticos científicos. El texto completo de la Ley 658 se conserva en la base normativa nacional.

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La sección zoológica original funcionó dentro del inmenso Parque Tres de Febrero. En febrero de 1888 el parque fue transferido a la Municipalidad y el intendente Antonio Crespo impulsó la separación de aquella colección para crear una institución independiente.

El Jardín Zoológico de Buenos Aires fue inaugurado oficialmente el 30 de octubre de 1888 y su primer director fue el médico, naturalista, explorador y escritor Eduardo Ladislao Holmberg.

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El plano de Holmberg: 18,5 hectáreas atravesadas por un tren

Holmberg estudió el terreno y pidió que el Zoológico fuera trasladado al espacio comprendido entre las actuales avenidas Las Heras, Sarmiento y Del Libertador y la calle República de la India, entonces denominada Acevedo.

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En 1889, durante la intendencia de Francisco Seeber, presentó su plano ante una comisión integrada por naturalistas de enorme prestigio: Carlos Berg, Florentino Ameghino y Enrique Lynch Arribálzaga. El proyecto fue aprobado “en sus grandes líneas”.

La ejecución fue iniciada por el arquitecto municipal Pablo Ludwig y continuada, desde 1892, por Pierre Boucher. La dirección artística de la ornamentación quedó en manos del escultor Lucio Correa Morales, responsable de relieves, figuras y numerosos detalles escultóricos.

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En su informe de 1893, Holmberg calculó la superficie en unas 18 hectáreas y media. El terreno estaba dividido en dos grandes sectores por las vías del Ferrocarril al Rosario, que atravesaban el parque. El Zoológico no nació, por lo tanto, como un recinto continuo: nació partido por un tren.

La eliminación o desvío de aquellas vías fue una de las grandes operaciones necesarias para consolidar el paseo. También debieron rellenarse zonas bajas, profundizarse los lagos y corregirse numerosos desagües.

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Holmberg diseñó los caminos para producir lo que llamaba un “tránsito inconsciente de las masas”: avenidas curvas que conducían al visitante de un paisaje a otro sin que advirtiera claramente el cambio. El parque no debía verse de una sola vez. Tenía que ser descubierto gradualmente, como una escenografía.

Una caminata de seis kilómetros y 93 estaciones

En la Revista del Jardín Zoológico de 1893, Holmberg invitó al lector a imaginar el parque completamente terminado. Para recorrerlo entero había que caminar más de 6.000 metros y seguir una ruta compuesta por 93 puntos numerados.

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El público era orientado mediante manos pintadas sobre carteles. El itinerario pasaba por camellos, dromedarios, pajareras, loros, buitres, canguros, tapires, ciervos, cebras, osos, reptiles, hipopótamos, elefantes, focas, monos, avestruces, invernaderos, talleres y depósitos.

Había una avenida principal de diez metros de ancho, una isla mayor con invernáculo y cultivos de plantas ornamentales, un prado para pícnics rodeado de ombúes, una quinta donde se producían verduras para los animales, un tambo, un museo y distintos puntos de provisión de agua.

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El primer toque de campana suspendía el servicio diurno, cerraba la boletería e invitaba al público a retirarse. Media hora más tarde sonaba una segunda campana: entonces todos debían dirigirse a la salida.

El plano también registraba sectores subterráneos. La instalación de grandes serpientes incluía una torre de servicio que comunicaba con espacios bajo tierra donde se guardaban materiales. En otros edificios existían sótanos, calderas y conductos para calefaccionar los recintos.

El Zoológico visible era apenas la planta alta de otro Zoológico técnico y silencioso. El recorrido completo de 1893, con sus 93 estaciones, puede leerse en la publicación de Holmberg.

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Debajo del parque: tosca, arena, arcilla y agua

La descripción más cercana a una excavación arqueológica fue escrita por el propio Holmberg en su informe anual de 1893.

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Según sus observaciones, el terreno del nuevo Zoológico había formado parte del antiguo lecho del Río de la Plata. A menos de dos metros de profundidad aparecía una base de tosca, casi siempre húmeda. Sobre ella descansaba una capa de arena cuyo espesor superaba el metro cerca de Las Heras y se afinaba hacia el sector de la entonces avenida Palermo.

Por encima se encontraba una capa de arcilla de entre 50 centímetros y un metro. En algunos puntos próximos a la actual avenida Del Libertador faltaba la arena y aparecía un manto de arcilla de casi dos metros.

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Esta composición explicaba muchos problemas. En ciertas franjas, el agua se filtraba rápidamente y los árboles se secaban. En otras, la arcilla retenía la humedad y convertía el terreno en un lodazal. Holmberg recordaba que, durante las épocas lluviosas, por la calle Acevedo prácticamente se podía navegar en canoa.

Los edificios debían buscar la tosca firme para apoyar sus cimientos. Holmberg sostenía que, una vez excavados uno o dos metros, lo más razonable era aprovechar el espacio resultante para construir sótanos. No los consideraba un lujo, sino una consecuencia lógica de la cimentación.

Allí podían instalarse depósitos, recintos de invierno, salas de maternidad para animales, calderas y cámaras de alimentos. La arquitectura del Zoológico estaba determinada, desde abajo, por la geología de Palermo.

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Los lagos nacieron con sed

Los tres grandes lagos —Azara, Darwin y Burmeister— no fueron simples estanques ornamentales. Formaban parte del trazado paisajístico y del sistema hidráulico del parque. Tenían islas, desagües, puentes y recintos para aves acuáticas.

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En 1893, sin embargo, Holmberg informó que estaban completamente secos y que en sus fondos crecía pasto como en cualquier terreno de cultivo. La cañería que llegaba desde la torre de toma del Parque Tres de Febrero proporcionaba apenas el agua necesaria para que los animales bebieran.

El director hizo excavar pozos y proyectó instalar una noria para llenar lentamente los lagos. También imaginó elevar el agua hasta unos 16 metros para obtener aproximadamente una atmósfera y media de presión. El futuro sistema debía contar con un caño maestro de hierro de entre 10 y 15 centímetros de diámetro.

Hasta que eso ocurriera, las canillas no producían un chorro verdadero: apenas goteaban.

Las aguas de lluvia que descendían desde Santa Fe y Plaza Italia atravesaban alcantarillas, zanjas y desagües laterales. Parte del caudal entraba directamente al Zoológico. Holmberg se opuso a volcar todo ese líquido en los lagos porque transportaba residuos orgánicos que podían pudrirse y contaminar el aire. Su informe de 1893 describe minuciosamente el suelo, los desagües, los lagos y las primeras cañerías.

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La obra avanzaba con cinco albañiles y ladrillos escasos

El Zoológico monumental no se construyó de una vez ni con recursos ilimitados. Holmberg dejó constancia de demoras, cambios de autoridades, escasez de trabajadores y faltantes de materiales.

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En 1893 señaló que solamente cinco albañiles habían quedado ocupados en colocar correctamente la reja perimetral. Mientras tanto, otras obras permanecían detenidas y el público se burlaba de aquella colección de construcciones inconclusas.

La reja medía aproximadamente dos kilómetros. Cada paño tenía 16 barrotes verticales terminados en lanzas. Algunos soportes desaparecieron porque eran robados y vendidos como hierro viejo. Para custodiar las 18,5 hectáreas había únicamente dos guardianes nocturnos.

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El arquitecto Pierre Boucher necesitaba unos 2.000 ladrillos para terminar la casa de los roedores, pero simultáneamente debía atender la construcción del Palacio Municipal. La casa de los elefantes requería acumular una enorme cantidad de ladrillos, pero los hornos cercanos estaban saturados de pedidos y entregaban cantidades limitadas.

La Casa de los Loros permaneció durante tres años con aspecto de ruina. Holmberg había trazado su planta en octubre de 1890; posteriormente Ludwig y Boucher trabajaron sobre sus croquis.

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Aquella lentitud explica por qué muchos edificios presentan fechas de proyecto, construcción e inauguración diferentes. También explica las sucesivas modificaciones de plantas, cúpulas, techos y recintos.

El gran edificio que nunca llegó a construirse

Uno de los proyectos perdidos más extraordinarios fue la gran Casa de Fieras concebida por Holmberg en 1889.

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Debía tener forma circular, con unos 150 metros de circunferencia, 20 recintos de verano, 20 de invierno y otros 20 espacios en los sótanos. En el centro se levantaría una enorme cúpula de vidrio, semejante a un invernadero, bajo la cual crecerían bananos y otras plantas tropicales.

Cuatro pabellones sobresaldrían del anillo principal para alojar leones, tigres de Bengala, jaguares y otros grandes felinos. El proyecto incluía cascadas, relieves grutescos, ventilación permanente, calefacción, depósitos de carne, una fábrica de hielo y habitaciones para los guardianes.

La entrada estaría orientada al sur y tendría un pórtico corintio. Holmberg estimaba que, al contemplar un león, el visitante debía pensar en Roma, África, Persia y los relatos de Hércules. La arquitectura debía acompañar el origen y la carga simbólica de cada animal.

El arquitecto Ludwig calculó que el proyecto costaría unos 500.000 pesos y lo consideró impracticable. La gran cúpula tropical nunca se levantó. Quedó como una ciudad zoológica posible, dibujada sobre papel y sepultada por el presupuesto.

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Un atlas de arquitectura construido en Palermo

Holmberg estableció una regla: los edificios debían sugerir el país, la región o la cultura de origen de sus habitantes.

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La arquitectura egipcia correspondía a los hipopótamos y acuarios; la hindú, a los elefantes y cebúes; la árabe, a las gacelas; la gótica, a los osos y ciervos. Así surgió un paisaje compuesto por castillos, templos, chozas, casas rurales, pagodas y pabellones orientales.

No se trataba de reproducciones arqueológicas exactas. Eran interpretaciones escenográficas realizadas con ladrillo, revoque, hierro, chapa, vidrio, madera, piedra artificial y cemento Portland.

El visitante podía dar la vuelta al mundo caminando por Palermo.

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La Casa de los Osos, el edificio más antiguo

La Casa de los Osos fue concluida en 1897 y es considerada el pabellón histórico más antiguo del predio. Fue diseñada como un castillo gótico de planta cuadrada, con cuatro torres poligonales, almenas, grandes ventanas ojivales y capiteles con motivos vegetales.

Alojaba osos polares, negros y del Tíbet. Las jaulas orientadas hacia el sur eran las más frescas y estaban reservadas para los ejemplares polares.

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La construcción respondió también a una necesidad urgente. Holmberg había advertido que las instalaciones anteriores eran peligrosas. Los osos arañaban pisos y paredes y podían destruir mezclas de mala calidad. Por eso ordenó revestir sectores con cemento casi puro.

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El Barrio de los Monos y sus cuatro arquitecturas

En 1899 se consolidó uno de los conjuntos más singulares: el sector conocido posteriormente como Barrio de los Monos.

El monario principal era octogonal, con dos volúmenes superpuestos y recintos exteriores delimitados por herrería. Sus puertas combinaban arcos aplanados y ojivales.

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El Pabellón Árabe tenía un cuerpo de mampostería de ladrillos y otro formado por una jaula de hierro. Presentaba guardas geométricas, arcos conopiales y una cubierta semejante a una carpa coronada por un pináculo.

La Casa Egipcia fue levantada sobre una plataforma escalonada. Poseía columnas con capiteles en forma de loto y papiro, esfinges y pinturas decorativas.

El Monario Largo tenía una planta alargada con extremos curvos. En torno a un patio central iluminado mediante una cubierta vidriada se distribuían 24 recintos. La fachada combinaba ladrillo colocado con junta inglesa, símil piedra, pilastras, cartelas, cresterías y copones.

El conjunto no pretendía copiar el hábitat natural de los monos. Su intención era trasladar al visitante a un paisaje imaginario, exótico y teatral.

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El Pabellón de los Felinos: un palacio de 1.300 metros cuadrados

Construido en 1900, el Pabellón de los Felinos alcanzó aproximadamente 1.300 metros cuadrados entre planta baja y subsuelo. Estaba compuesto por un cuerpo alargado y tres volúmenes más altos: dos coronados por cúpulas y uno por un techo tipo mansarda.

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Las jaulas interiores recibían luz cenital a través de claraboyas. Los recintos exteriores se cerraban con herrerías ornamentales.

El edificio fue inspirado en el pabellón del Zoológico de Breslavia —actual Breslavia o Wrocław, en Polonia—, aunque la versión porteña fue construida en una escala algo mayor.

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La pagoda que imitaba cañas, esterillas y madera

La Pagoda, levantada alrededor de 1900 para alojar ciervos japoneses, reproducía la silueta escalonada de los edificios religiosos orientales.

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Su fachada imitaba minuciosamente cañas, esterillas y paneles de madera, aunque buena parte de esos efectos había sido ejecutada con materiales industriales. La cubierta terminaba en un remate con forma de serpiente que también funcionaba como pararrayos.

Era una arquitectura de la ilusión: material moderno vestido como construcción tradicional.

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Cemento Portland para fabricar árboles falsos

Uno de los lenguajes más curiosos fue el estilo grutesco. Artesanos y constructores utilizaban cemento Portland, hierro y otros materiales industriales para imitar troncos, ramas, tablas, rocas, grutas y cascadas.

Los puentes parecían construidos con madera rústica, pero sus nudos, clavos y cortezas habían sido modelados artificialmente. También existieron columnas que simulaban árboles y techos que aparentaban estar hechos con ramas.

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La Choza, diseñada por el ingeniero Domingo Selva en 1901, es un ejemplo extremo. Su volumen cilíndrico de dos plantas recreaba una vivienda primitiva de madera y paja. Las columnas, balcones y cubiertas reproducían ramas y troncos hasta en sus detalles más pequeños.

En el estanque destinado originalmente a los tapires, construido en 1899, el edificio central y parte de su ornamentación también imitaban formas vegetales. El conjunto tenía un gran espejo de agua y un puente decorado con molduras, volutas y guirnaldas.

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El reptilario que fue construido como una ruina

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Otro hallazgo notable es el antiguo edificio destinado a pumas, víboras y reptiles, levantado en 1899.

Su fachada fue diseñada deliberadamente como una construcción arruinada. Presentaba falsos bloques de piedra, dinteles agrietados, muros cortados y cornisas rotas. No era una ruina producida por el paso del tiempo: había nacido ruiniforme.

Los recintos se calefaccionaban mediante conductos subterráneos conectados con una caldera situada en otro edificio. Debajo de aquella escenografía manierista funcionaba una instalación térmica moderna para su época.

La arqueología del Zoológico tiene esta pequeña trampa: algunas ruinas son antiguas y otras fueron fabricadas para parecerlo.

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El Pabellón de los Loros y su patio morisco

El Pabellón de los Loros fue donado por el Gobierno español en 1899 y terminado en 1901. Holmberg ya había anticipado en su plano de 1893 una casa morisca con nueve departamentos de verano y nueve de invierno.

El edificio definitivo organizó nueve recintos alrededor de un patio central. Tenía cúpula acebollada, fuente, paredes revestidas con mayólicas de motivos florales y geométricos, iluminación cenital y una elaborada herrería artística.

Las tejas de pizarra y las chapas de su cubierta completaban una construcción concebida para producir la ilusión de un patio andaluz trasladado a Buenos Aires.

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Cestari y Correa Morales: arquitectura y escultura

El arquitecto italiano Virgilio Cestari llegó a la Argentina en 1900 y fue designado arquitecto municipal. Junto con Lucio Correa Morales dejó algunas de las obras más valiosas del Zoológico.

El Templo Hindú de Cebúes, de 1901, tenía dos plantas, terrazas, escaleras con balaustradas zoomorfas, frisos de animales, mascarones y esculturas de leones mitológicos. Parte de su ornamentación parece inspirada en el Pabellón de las Indias Holandesas presentado en la Exposición de París de 1900.

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El arco principal de Plaza Italia fue inaugurado en 1902. Inspirado en los arcos de triunfo romanos, posee sillares almohadillados, cabezas de leones, serpientes, relieves y un escudo de la Ciudad realizado en hierro fundido. La ornamentación se atribuye a Correa Morales.

El Templo Hindú de Elefantes, inaugurado en 1904, fue el último gran edificio de la gestión de Holmberg. Cestari proyectó una planta octogonal con cuatro torres y una superficie interior de 232 metros cuadrados. El corral alcanzaba aproximadamente 1.932 metros cuadrados.

Las esculturas y relieves, atribuidos a Correa Morales, incluyen cabezas de elefantes utilizadas como mascarones y ménsulas. Los primeros habitantes fueron los elefantes asiáticos Salam y su compañera.

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Onelli: ruinas, música y reutilización de estructuras

Clemente Onelli asumió la dirección en 1904. Su etapa incorporó un lenguaje más clásico, además de fuentes, esculturas, entretenimiento y una intensa vida social.

La Condorera constituye uno de los mejores ejemplos de reutilización arquitectónica. Su estructura metálica reticulada había sido diseñada por el ingeniero Jorge Newbery para sostener guirnaldas de luces durante las fiestas de mayo de 1903 en Plaza de Mayo.

Terminados los festejos, Onelli solicitó la estructura para el Zoológico y la convirtió en recinto de cóndores. El ingeniero Emilio Agrelo construyó en su interior una formación de hormigón y piedras naturales inspirada en Piedra del Águila, Neuquén.

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Una decoración urbana efímera terminó transformada en montaña artificial.

El Pabellón de la Música también llegó desde lejos. Era una pieza de catálogo producida por la fundidora escocesa Macfarlane e importada desde Glasgow. Tenía ocho columnas de hierro fundido, barandas artísticas, escalera revestida en mármol blanco, cielorraso de madera y piso de mosaico calcáreo.

Las ruinas bizantinas: entre la antigüedad y la escenografía

En 1904, Eduardo Schiaffino adquirió en Trieste una serie de elementos presentados como restos de arte bizantino. Onelli hizo montar siete columnas en forma de hemiciclo sobre la isla del lago Darwin.

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El conjunto tiene unos 9,90 metros de largo y 4,15 metros de altura. Seis columnas están realizadas en piedra calcárea que podría proceder de la región de Istria. Sin embargo, su verdadera antigüedad no ha podido ser confirmada.

La séptima columna, el basamento y el entablamento fueron realizados en 1904 para completar la obra. Las llamadas Ruinas Bizantinas mezclan así piezas posiblemente antiguas con elementos porteños modernos fabricados en ladrillo y símil piedra.

Son, literalmente, una construcción arqueológica inventada.

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Un templo romano utilizado como sala de lactancia

El llamado Templo de Vesta fue construido en 1909 y donado por la comunidad italiana de Roma.

En realidad, reproduce en menor escala el Templo de Hércules Víctor del Foro Boario, durante mucho tiempo identificado erróneamente como templo de Vesta. Tiene planta circular, basamento escalonado y 16 columnas de orden corintio.

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Onelli no lo destinó a una divinidad ni a un animal: funcionó como sala de lactancia para las madres que visitaban el Zoológico con sus bebés.

En aquel parque, una réplica de un templo romano podía cumplir una función social absolutamente cotidiana.

La Confitería del Águila y la alta sociedad porteña

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Virgilio Cestari también proyectó la Confitería del Águila, inaugurada en 1905 por Santiago Canale como sucursal del establecimiento ubicado en Callao y Santa Fe.

El edificio tenía dos niveles, terrazas, guirnaldas, mascarones, barandas de hierro y esculturas de águilas. La alta sociedad llegaba desde Plaza Italia, atravesaba los desaparecidos Portones de Palermo y recorría la Avenida de las Palmeras —actual Sarmiento— antes de detenerse a tomar el té.

En diciembre de 1912, un aviso publicado en la revista del Zoológico anunciaba que la confitería abría de 7 a 17 y poseía una entrada especial sobre la avenida Sarmiento, frente a la Sociedad Rural.

La perforación que encontró fósiles

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En 1911 se practicaron perforaciones para buscar una napa capaz de abastecer las necesidades del parque. Una de ellas estuvo vinculada con la denominada Fuente Anchorena.

Los trabajos no solamente encontraron agua. Durante las excavaciones aparecieron restos fósiles que fueron enviados al Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Es uno de los pocos episodios en los que la arqueología y la paleontología surgieron literalmente desde el subsuelo del Zoológico. El guion histórico oficial del Centro de Interpretación documenta el hallazgo.

El Zoológico de 1912 contado por Clemente Onelli

La Revista del Jardín Zoológico de diciembre de 1912 permite observar el resultado de aquellas primeras décadas de obras.

Onelli afirmaba que, hasta 1903, el establecimiento recibía apenas 240.000 visitantes anuales. Desde 1904 se arreglaron caminos, se amplió la sombra, se incorporaron nuevos animales y se mejoró el sistema de aguas. Desde 1906, la concurrencia superó regularmente el millón de personas.

Durante 1912 se vendieron 1.293.718 entradas. A ellas se sumaron 24.733 alumnos que ingresaron con escuelas y colegios y unos 160.000 soldados y menores con acceso gratuito. En total, el parque recibió aproximadamente 1.478.451 visitantes.

En algunos feriados podían entrar más de 30.000 personas en una sola jornada. El problema ya no era atraer al público, sino conseguir que semejante multitud circulara por un terreno que Onelli consideraba demasiado pequeño.

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El Lago Burmeister aparecía rodeado de prados y pabellones. Desde sus orillas podían observarse el Templo Hindú, el chalet de los ciervos, la glorieta y la pagoda. Los senderos, los puentes, las islas y las construcciones habían creado un paisaje completamente artificial que, después de varias décadas, parecía natural.

El ejemplar histórico puede consultarse en la Revista del Jardín Zoológico de Buenos Aires de diciembre de 1912.

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Una ciudad construida por capas

La verdadera arqueología del Zoológico porteño puede leerse en siete grandes estratos:

El primero es natural: el antiguo lecho del Río de la Plata, la tosca, la arena, la arcilla y los bañados.

El segundo pertenece a las chacras, los cultivos, los canales y las plantaciones anteriores al parque.

El tercero corresponde a San Benito de Palermo, el Caserón de Rosas y su pequeña colección de animales autóctonos.

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El cuarto nació con el Parque Tres de Febrero y el proyecto científico, botánico, zoológico y paleontológico de Sarmiento.

El quinto fue trazado por Holmberg: lagos, avenidas curvas, ferrocarril, puentes, pabellones y edificios organizados como un atlas de culturas.

El sexto pertenece a Onelli: monumentos, ruinas, fuentes, música, confiterías, espectáculos y una extraordinaria popularización del paseo.

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El séptimo quedó bajo tierra o escondido detrás de las fachadas: cañerías, pozos, sótanos, túneles, calefacción, calderas, cámaras de carne, desagües y cimientos apoyados sobre la vieja tosca del río.

Por su valor arquitectónico, paisajístico e histórico, el conjunto fue declarado Monumento Histórico Nacional mediante el Decreto 437 de 1997.

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Pero su valor más profundo no depende de una declaración. El antiguo Zoológico es un documento construido con ladrillos, hierro, agua, árboles y memoria. Cada pabellón conserva una idea del mundo; cada lago oculta una obra de ingeniería; cada falsa ruina cuenta una verdad sobre la Buenos Aires que quiso convertirse, a fines del siglo XIX, en una gran capital científica.

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