Zoo de Palermo

El ex Zoológico secreto de 1912: 36 datos raros que quedaron escritos en sus libros

Fuegos artificiales que terminaban en fugas, un bacalao para poblar un palomar, un gibón con horario intestinal y 146.098 ladrillos contabilizados: las 86 páginas del número 32 guardan una radiografía insólita del Zoológico porteño.

Este recuadro no repite los datos edilicios ni las cifras generales de la nota principal. Reúne observaciones de animales, ensayos, registros veterinarios, movimientos de colección y gastos internos publicados por la propia dirección del Jardín Zoológico en diciembre de 1912.

Nota editorial. Los diagnósticos, tratamientos y experimentos pertenecen a 1912 y no constituyen prácticas actuales. Los datos de “Vida Social Zoológica” proceden de una sección deliberadamente satírica; por eso se identifican como crónica humorística.

Conductas que sorprendían a los cuidadores

La pólvora podía dejar un tendal. Onelli relacionó los festejos del 25 y 31 de diciembre, 25 de Mayo, 9 de Julio y triunfos electorales con pánico nocturno: describió cachorros muertos, abortos, ciervos enganchados por las astas, huevos de avestruz rotos, contusiones y animales escapados por el barrio.

El tigre que no comía sin afecto. Un cachorro de Bengala criado con mamadera rechazaba la comida de los guardianes. Aceptaba alimentarse solamente cuando la mujer que lo había criado iba a la jaula, lo acariciaba y lo mimaba. El puma que compartía su encierro comía de cualquier mano.

Las maras rendían más en Francia. Las liebres patagónicas se reproducían poco en Palermo aun cuando se las soltaba en los jardines. Parejas enviadas a Francia, en cambio, dieron tanta descendencia que desde allí ofrecían devolver “docenas y docenas” a precios bajos.

La grulla y la “mano santa”. El director dejó asentada una rareza personal: una grulla orinaba apenas él la acariciaba y, a veces, incluso con solo verlo. Lo presentó como una idiosincrasia de ese ejemplar, no de la especie.

El cuidado materno que terminó mal. Las dromedarias comprimían con la boca el hocico del recién nacido para despejar mucosidades. En octubre de 1912, después de cuatro o cinco horas de vigilancia, la madre mordió con tal fuerza que perforó el tabique nasal de la cría y lesionó un lóbulo olfatorio; la camellita murió pocas horas después.

Mil doscientas gallinas corrían con la sombra. En los cinco potreros del criadero de Belgrano, las aves salían juntas de los toldos de arpillera cuando una nube tapaba el sol y regresaban en masa apenas volvía la luz. Al llegar al establecimiento solo reconocían pasto y yerba de mate: hubo que enseñarles a comer maíz, trigo y sopa.

El agua que goteaba era la preferida. Desde primates, leones y elefantes hasta ciervos, ovejas y gallinas intentaban beber de las canillas mal cerradas porque el agua del goteo les resultaba más fresca que la del bebedero.

Las libélulas fallaron como pronóstico. El 23 de diciembre se registraron mangas de libélulas con 32 °C a la sombra, viento norte, barógrafo en descenso hasta 762 y humedad relativa de 70. Al día siguiente llovió, bajó la máxima a 29 °C y cambió el viento, pero los insectos siguieron igual de numerosos. Onelli concluyó que no anunciaban nada.

Experimentos, enfermedades y pequeñas ciencias

Una teoría ordenaba los vuelos por puntos cardinales. La hipótesis francesa citada decía que la paloma viajaba rapidísimo de sur a norte, rápido de oeste a este, algo más lento de norte a sur y lento de este a oeste. Onelli pidió repetir esas pruebas en el hemisferio sur y cuestionó que el magnetismo explicara por sí solo la orientación.

Tres cuartas partes volvieron de noche. Entre los antecedentes discutidos aparecía una suelta a más de 200 kilómetros: tres cuartas partes de las palomas habrían regresado esa misma noche a una velocidad superior a 47 kilómetros por hora.

Medio kilo de bacalao fundó un palomar. Para atraer aves a una instalación nueva del Parque Saavedra, Onelli dejó medio kilo de bacalao salado trozado en el umbral. Cinco días después, dos parejas se habían instalado y nidificaban allí. El cebo permaneció cerca de dos meses bajo lluvias y sol.

La mosca azul obligó a operar grandes animales. Las larvas fueron extraídas de tejidos profundos en dos osos polares, dos leones, un jaguar, un canguro y numerosos caballos destinados al sacrificio.

Once atardeceres para contar golondrinas. Durante once días, el director vigiló el cielo al caer la tarde. Solo vio tres bandadas: dos de 19 aves y una de 25. Llegaban desde el sudoeste, giraban menos de quince minutos entre 50 y 100 metros de altura y se retiraban por el mismo rumbo.

Los lagos del Zoo no mostraron peces muertos. La revista aseguró que aquel verano no apareció ninguno flotando en los lagos, quizá por la renovación del agua, incluso durante septiembre, cuando la crónica afirmaba que en el Río de la Plata habían muerto peces por millones.

Cuatro o cinco mil caracoles comenzaron a fosilizarse. Al drenar un canal del Parque Saavedra, entre 4.000 y 5.000 moluscos se concentraron junto a una filtración, murieron por el calor y luego fueron cubiertos por sedimentos cuando una tormenta volvió a llenar el cauce. Onelli cavó días después para observar lo que llamó el inicio de su fosilización.

La mortalidad declarada cayó del 25 al 3 por ciento. El artículo veterinario reconstruyó la secuencia: 25%, luego 16% en 1906 y, tras análisis de materia fecal, cambios de dieta y tratamientos preventivos, 7%, 5%, 4% y 3% en años sucesivos.

La estadística de 1912 separaba las muertes de viaje. Sin contar los animales fallecidos dentro de las primeras 48 horas de su llegada, el informe mencionó un mono del Chaco muerto de tuberculosis, otro animal por tétanos y atribuyó los demás decesos a golpes y heridas entre los propios animales.

El tigrecito que terminó robando una pierna de carnero. Abandonado por su madre a los tres días, llegó débil, semiparalizado, con el cuello torcido y fuerte estrabismo. Fue criado con leche de cabra y luego puré de pescado; a los seis meses estaba vigoroso. Tras un tratamiento antiparasitario histórico, rompió la puerta de la cocina, robó una pierna de carnero y recibió el alta.

El gibón evacuaba entre las 11 y las 11.30. El ejemplar llevaba más de tres años en Palermo, cuando la revista sostenía que estos monos rara vez vivían más de dos o tres meses en zoológicos. Su rutina intestinal diaria quedó anotada con una precisión de media hora.

Los animales alimentaban investigaciones médicas. El Zoo proporcionaba sangre fresca de caballos para fabricar sueros; alojaba ratones blancos para estudios sobre cáncer; cedía tumores para colección y análisis, y material de embriones de grandes aves para trabajos de embriología. Es un registro histórico de prácticas hoy sometidas a otros marcos éticos.

Un criadero municipal produjo 130.000 huevos en siete meses. El establecimiento avícola de Belgrano distribuyó más de 30.000 huevos de raza y alrededor de 100.000 para consumo. Al 31 de diciembre ya había enviado otros 30.000 a cámaras frigoríficas antes de que cumplieran 24 horas de postura.

El primer homenaje oficial a Ameghino quedó en el Zoo. El busto inaugurado el 26 de octubre de 1912, obra de Alejandro Pereckrest, fue presentado por Onelli como la primera consagración pública y oficial al naturalista. En el discurso recordó que Ameghino había vendido cuadernos, plumas y barriletes a escolares para sostener su vida y sus investigaciones.

La crónica animal: datos reales con tono de sátira

Ocho serpientes llegaron desde Butantan. El envío incluía seis especies venenosas y dos no venenosas. Viajaron desde Santos en cajones de cedro descriptos como fuertes y lujosos. La musurana quedó afuera a último momento, y la colección fue exhibida en un recinto separado que atrajo gran concurrencia.

Una cascabel mudó la piel ante el público. La crónica social contó que una de las serpientes brasileñas se desprendió lentamente de la muda frente a una multitud. Un espectador pidió la piel abandonada y logró llevársela como recuerdo.

La antílope sable murió a los 30 años. Había pasado 24 años en Buenos Aires y falleció el 31 de diciembre. La revista la describió como viuda y retirada desde hacía tiempo.

Una gata inválida fue madre de 47 crías. Según la sección humorística, un cinocéfalo le destrozó las patas delanteras en 1908 cuando tenía ocho cachorros. Sobrevivió con discapacidad, crio aquella camada y, durante los cinco años siguientes, tuvo 47 hijos más.

El viaje a Hamburgo tuvo fuga, desmayo y naufragio. En el carguero Sevilla, una mona del Chaco abrió la jaula y llegó al puente, una “peluda” sufrió un síncope y fue abanicada por oficiales, y un pecarí cayó al mar sin poder ser rescatado. El episodio fue narrado como crónica social satírica.

Dos docenas de huevos en tres días. Las faisanas entregaron 24 huevos frescos en apenas tres jornadas, dato que la revista convirtió en un “obsequio” al avicultor.

Doscientos mirasoles pasaron el verano en Palermo. La nota situó a las aves en la laguna y los juncales del establecimiento. Su llegada se vinculaba con una captura masiva de juveniles en lagunas bonaerenses, práctica que el propio texto describió como destructiva.

Diez parejas de cisnes negros cambiaron de lago. La crónica anotó el traslado de veinte cisnes desde el lago del Golf hasta el lago Burmeister. En el mismo registro, un chivo negro viajó en carro municipal hacia Parque Patricios acompañado por 18 cabras.

Mimí alcanzaba golosinas a 5,20 metros. La jirafa era la única capaz de sostener, según la revista, la tradición del árbol de Navidad: retiraba ramas y alimentos colgados a cinco metros veinte del suelo.

Un matrimonio de cóndores llevaba 24 años en jaula. La pareja más antigua puso un huevo antes de sus “bodas de plata”. El huevo resultó huero, detalle contado como si fuera una noticia de sociedad.

Lo que revelan las planillas internas

La colección creció sobre todo por compras y donaciones. Las tablas de 1912 registraron 279 ingresos y 180 salidas de mamíferos; 1.102 ingresos y 455 salidas de aves; 51 ingresos y 14 salidas de reptiles. Los nacimientos fueron 32 mamíferos, 207 aves y ningún reptil.

GrupoIngresosNacidosSalidasMuertos / consumo
Mamíferos2793218086
Aves1.102207455185
Reptiles5101413

La fuente agrupó en mamíferos y aves una columna titulada “muertos y consumo(s)”; se conserva esa categoría sin inferir el destino de cada ejemplar.

Septiembre duplicó a abril en entradas pagas. La planilla mensual marcó 163.576 boletos vendidos en septiembre, el máximo del año, frente a 81.439 en abril, el mínimo. Para colegios, octubre fue el mes récord: 5.067 alumnos, 2.601 varones y 2.466 mujeres.

El tranvía interno y las diversiones movieron 101.500 pasajeros. La cuenta separó 56.132 niños y 45.368 adultos; septiembre volvió a ser el pico con 12.577 usuarios. La Tesorería registró $16.112,65 por esos servicios y $145.484,45 al sumar entradas y diversiones.

Hasta las canillas quedaron inventariadas. La lista de materiales consignó 146.098 ladrillos de cal, 26.509 kilos de cal de Córdoba y 1.402 metros de caño galvanizado de distintos diámetros; también 44 carretillas, 57 baldes, 48 canillas de bronce, 270 metros de manguera, 12 regaderas, 84 trajes y 30 capotes para el personal. La planilla cerró en $25.268,03.

Fuente primaria y localización

Revista del Jardín Zoológico de Buenos Aires, época II, año VIII, núm. 32, diciembre de 1912, 86 páginas. Conductas: pp. 289-301. Palomas: pp. 309-315. Verano y ambiente: pp. 317-319. Ameghino: pp. 321-325. Mortalidad: pp. 327-330. Serpientes y crónica social: pp. 331-342. Informe anual: pp. 351-356. Cuadros estadísticos: pp. 361-378.