Política en ebullición: ¿con un modelo industrial?
Arranca el capítulo como todo buen culebrón argentino: con el país en terapia intensiva y la política jugando al gran hermano premium.
Mientras Guillermo Moreno se para en el medio del caos a explicar, a su manera, cómo volver a levantar la industria y poner plata en el bolsillo de la gente, del otro lado vuelan denuncias como botellas en boliche.
Lilia Lemoine acusa a Marcela Pagano, Pagano contraataca y salpica a Manuel Adorni con versiones cada vez más picantes.
En el medio, rumores de noches largas, custodios, excesos y un poder que parece más preocupado por sus internas que por la calle.
Y la calle, mientras tanto, sigue esperando algo bastante más simple: que alguien deje de pelearse y empiece a gobernar.
Mientras el oficialismo libertario se trenza en acusaciones públicas que rozan el escándalo, el peronismo reaparece con un discurso económico clásico que pone el foco en el mercado interno, la industria y los salarios como motor de recuperación. El escenario político argentino suma tensión, ruido y señales de fractura.
En las últimas horas, una nueva interna sacudió al universo libertario. La diputada Lilia Lemoine denunció públicamente a su par Marcela Pagano por presunto enriquecimiento ilícito, en un episodio que dejó al descubierto una guerra interna que ya no se disimula ni en formas ni en fondo.
Las declaraciones de Lemoine fueron tan directas como explosivas: calificó de “sospechosos” los cambios de postura de Pagano respecto de su alineamiento con el presidente Javier Milei, insinuando posibles beneficios económicos como contrapartida política. La frase que encendió la mecha fue brutal: “O sos un tarado o te hicieron cambiar de idea con un departamento en la isla y un auto de alta gama”.
La acusación no quedó aislada. Se inscribe en una trama más amplia de tensiones internas, donde la propia Pagano ya había apuntado contra el vocero presidencial Manuel Adorni, en medio de versiones sobre viajes, adquisiciones inmobiliarias y privilegios dentro del círculo de poder.
El resultado es un oficialismo que empieza a parecerse más a un reality político que a un bloque cohesionado de gobierno. Lo que hasta hace meses era una estructura alineada detrás del liderazgo de Milei, hoy muestra fisuras evidentes, reproches cruzados y un desgaste prematuro que no pasa desapercibido para propios ni ajenos.
Pero mientras en el oficialismo se tiran con carpetazos, en la vereda de enfrente se arma otra escena, con otro libreto. El peronismo, lejos de quedarse en la crítica, empieza a reconstruir discurso y propuesta. Y ahí aparece con fuerza la figura de Guillermo Moreno en las redes, que vuelve a instalar una idea vieja, pero nunca muerta: la reindustrialización como eje del desarrollo nacional.
Moreno plantea un diagnóstico directo, sin anestesia: la Argentina perdió miles de puestos de trabajo porque destruyó su mercado interno. Y para reconstruirlo, dice, hay que empezar por lo básico: recuperar el poder adquisitivo de salarios, jubilaciones y pensiones, hoy —según su visión— deteriorados hasta niveles históricos.
El esquema que propone no tiene demasiadas vueltas, pero sí una lógica clara: subir ingresos populares para generar demanda, ordenar precios en función de costos (especialmente en energía), mejorar la rentabilidad industrial y reactivar la producción. Un círculo que, si funciona, se vuelve virtuoso: más consumo, más producción, más empleo.
En ese marco, el ex funcionario también pone el foco en la competencia internacional, particularmente en el rol de China, a quien acusa de distorsionar precios globales a través de subsidios masivos. Según su análisis, sin protección inteligente del mercado interno, la industria local queda expuesta a una competencia imposible de sostener.
Pero el planteo no es solo económico, también es geopolítico. Moreno sugiere que el mundo está cambiando de lógica: el fin de la globalización tal como se conocía y el regreso de modelos más nacionalistas, donde los países priorizan su producción, su empleo y su soberanía económica. En ese tablero, Argentina —dice— podría tener una oportunidad si juega bien sus cartas.
Así, el contraste queda servido. De un lado, un oficialismo envuelto en disputas internas, denuncias y sospechas que erosionan su imagen pública. Del otro, un peronismo que intenta reordenarse alrededor de un modelo económico conocido, con eje en la industria y el mercado interno, buscando capitalizar el descontento social.
La política argentina, fiel a su estilo, no ofrece tregua. Es más bien un escenario donde conviven el escándalo y la doctrina, la pelea chica y las discusiones estructurales. Un país donde, mientras algunos discuten quién compró qué departamento, otros discuten cómo volver a producir.
La pregunta que queda flotando, incómoda y necesaria, es simple: ¿quién está pensando en el largo plazo… y quién está jugando apenas al corto plazo del poder?
