La encuesta de Synopsis que mostró un rechazo del 61,5% al rumbo actual del país dejó otra conclusión todavía más profunda y probablemente más importante para el sistema político argentino: el derrumbe definitivo de los partidos tradicionales que dominaron las últimas dos décadas. El PRO aparece reducido a un modesto 7,8%, mientras que la UCR directamente se diluye dentro de alianzas, fragmentos y estructuras provinciales sin potencia nacional. Lo que antes era la “gran alternativa republicana” hoy parece un shopping político vacío un martes a la mañana.
Durante años el PRO construyó una identidad basada en la gestión, la modernización y el supuesto orden administrativo. Pero después de gobernar la Ciudad de Buenos Aires durante casi dos décadas, el desgaste es inocultable. La inseguridad sigue creciendo, la mugre urbana se volvió parte del paisaje cotidiano, los alquileres expulsaron a miles de familias y el transporte se deterioró mientras aumentaban impuestos, tasas y negocios inmobiliarios. El partido que prometía eficiencia terminó siendo visto por muchos como una estructura agotada, burocrática y desconectada de la realidad social.
La UCR, por su parte, atraviesa una crisis todavía más dramática: perdió identidad. El radicalismo ya no representa un proyecto nacional reconocible. Sobrevive administrando intendencias, gobernaciones aisladas y acuerdos parlamentarios, pero sin liderazgo emocional ni figuras capaces de enamorar políticamente a las nuevas generaciones. El partido de Alfonsín quedó atrapado entre la nostalgia y la irrelevancia.
En ese vacío empieza a crecer Axel Kicillof. El gobernador bonaerense aparece cada vez más consolidado como el dirigente opositor con mayor volumen político real. Mientras gran parte de la oposición se fragmenta entre declaraciones televisivas y peleas internas, Kicillof sostiene una estrategia de construcción lenta, territorial y relativamente ordenada. Y en política argentina, cuando todos gritan, el que mantiene cierta calma empieza a parecer presidenciable.
El dato interesante de la encuesta es que el peronismo, incluso después de años de desgaste feroz, mantiene un piso competitivo de 32,9%. Eso demuestra que conserva algo que el resto perdió: estructura territorial, sindicatos, intendentes, gobernadores y capacidad de movilización. En Argentina el peronismo podrá dividirse, pelearse o autodestruirse parcialmente, pero siempre encuentra una forma de reorganizarse cuando siente cerca el olor del poder.
Dentro de ese escenario también aparece otro fenómeno llamativo: el crecimiento de la izquierda. Que un espacio como el Frente de Izquierda alcance un 9,6% refleja un cansancio social transversal. Miriam Bregman y otros referentes logran captar sectores jóvenes, trabajadores precarizados y votantes desencantados tanto del peronismo tradicional como del experimento libertario. No se trata todavía de una mayoría, pero sí de una señal política relevante: hay una parte de la sociedad que siente que ninguno de los grandes espacios le resolvió la vida.
La gran preocupación para el oficialismo es que el fenómeno Milei empieza a perder parte de su carácter épico. Gobernar obliga a administrar contradicciones. Y cuando aparecen ajuste, desempleo, caída del consumo y enojo social, la lógica antisistema empieza a desgastarse rápidamente. Ya no alcanza con pelearse en Twitter o insultar periodistas para sostener el clima de esperanza permanente.
Además, La Libertad Avanza enfrenta otro problema estructural: la falta de cuadros políticos sólidos. Durante el ascenso libertario ingresaron al Congreso figuras mediáticas, influencers, panelistas y dirigentes improvisados que funcionaban bien como espectáculo televisivo pero que muestran enormes dificultades en la gestión política cotidiana. Cuando el clima económico acompaña, esos errores pasan desapercibidos. Cuando la sociedad empieza a sufrir, cada improvisación se vuelve un boomerang.
Por eso muchos analistas ya imaginan un escenario donde Milei termine dependiendo cada vez más de alianzas con sectores del PRO para sostener gobernabilidad parlamentaria y estructura electoral. El problema es que el PRO también llega golpeado, envejecido y sin capacidad de arrastre masivo. Es como intentar salvar un barco agujereado subiéndose a otro barco que también hace agua.
En paralelo, el círculo de poder libertario comienza a quedar bajo observación pública permanente. Los cuestionamientos sobre gastos, financiamiento, estilos de vida y contradicciones discursivas empiezan a multiplicarse en redes sociales, medios y conversaciones políticas. Y en Argentina existe una vieja regla no escrita: cuando un gobierno pierde el control del relato moral sobre sí mismo, el deterioro político suele acelerarse.
La encuesta de Synopsis entonces no muestra solamente números electorales. Muestra algo más profundo: una transición política. El viejo bipartidismo no termina de morir y el nuevo modelo libertario todavía no logra consolidarse como hegemonía durable. En el medio aparece una sociedad agotada, desconfiada y económicamente golpeada que empieza a mirar otra vez hacia figuras capaces de transmitir cierta estabilidad.
Por ahora Axel Kicillof parece ser quien mejor interpreta ese momento histórico. No porque genere unanimidad ni entusiasmo absoluto, sino porque en tiempos de caos permanente muchos argentinos empiezan a valorar algo que parecía aburrido hasta hace poco: la sensación de normalidad.
Y en Argentina, cuando la gente empieza a extrañar la normalidad, los ciclos políticos cambian más rápido de lo que cualquier consultor imagina.
